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Autor: Miguel Jiménez Amaro
10/02/2016
DE NINETTE Y LISETTE

E

l Charro iba cantando en el furgón de Las Cosas Buenas de Miguel: “Que lejos estoy del suelo donde he nacido. Inmensa nostalgia invade mi pensamiento. Al verme tan solo y triste cual hoja al viento, quisiera llorar, quisiera morir de sentimiento”.  Esta canción me salió del alma cuando, con Carlos Castañeda, conocí a don Juan Matus. Reflejaba el estado anímico en el que me encontraba después de la muerte de mis padres en el accidente aéreo.

Me sentía así, como una hoja al viento, a merced de la soledad y la tristeza, y recordaba el sufrimiento de mis padres republicanos por no haber podido regresar a España. El Charro se quedó pensativo, tanto como no lo había visto nunca. Miró a Ninette y a Lissette, y siguió hablando. Estoy seguro de que ustedes van a tener que ver mucho en mi vida. He venido a hablar y estar con Miguel, y me encuentro con vuestra mágica presencia. Don Juan, hace tiempo, me recompuso una vez, hizo que no me volviese a sentir como una hoja a merced del viento, y ahora estoy seguro de que me ayudaréis a salir de donde me encuentro.

Estuve visitando a don Juan durante seis años. La última prueba que me puso fue la de convertirme durante unas horas al día en un mendigo a la entrada del restaurante madre; me disfrazaba, no se me reconocía, y me ponía delante de la puerta del restaurante a pedir limosna en las horas de mayor afluencia. Entraban y salían los empleados, los clientes, no me reconocían, y yo les ofrecía mi mano en postura de limosna. Estuve haciendo esta práctica durante seis meses. Durante este tiempo se me derrumbó el mundo, tal como lo conocía, y el mundo pasó a ser algo muy diferente, algo apasionante, intrigante, lleno de misterio.

No me esperaba que en  mi último día de mendigo viniese Facundo Cabral al restaurante para darme una sorpresa y comer conmigo. Facundo, con la poca vista de sus ojos, fue la única persona que me reconoció bajo mi apariencia de mendigo (¡Seguro que me olió!)

Lo interrumpí un momento y le pregunté: “¿Aquel accidente de avión en el que murieron tus padres, y la esposa y la hija de Facundo fue en Argentina?”. Me respondió que no, que en Chicago. Y siguió hablándonos. Aquel día entré con Facundo al restaurante, me saqué los harapos y me puse a comer con él. Durante esa semana teníamos la cocina de Laura Esquivel, las recetas de ‘Como agua para el chocolate’  A mí, lo que en realidad más me gusta es el restaurante.

Mi hermano León se hace cada vez más cargo de los negocios, y yo de los restaurantes. Siento en la llegada de los comensales un flujo de vida que no para, que reboza. Tenemos clientes de todas las partes del mundo. Cuando mis padres empezaron con el negocio, nuestra clientela era sobre todo el exilio intelectual, político, y artístico de la República española, y lo que la rodeaba. Hoy día, están todos muertos, solo queda de ellos sus fotos amarillas polvorientas  en las paredes de los restaurantes. La clientela es actualmente  mucho más joven e internacional.

Me conmovió mucho cuando vi entrar al Dalai Lama en el restaurante, la estela que traía. Cuando iba a salir le pedí una enseñanza, me dijo que estuviera siempre en lo que estuviese haciendo, solo en ello, en el instante; si era fregando un caldero, pues fregando un caldero; si era atendiendo un cliente, pues atendiendo a ese cliente; que no estuviese en ningún otro sitio, o lugar mental. ¿Sabéis?, yo creo  que toda la sabiduría destila de donde mismo, de la misma fuente, del yoga, no entendido solo como meras posturas, o ashanas. He estado en la India varias veces. Estuve con la Madre Teresa, por consejo de Facundo. Lavé también leprosos.

Con Facundo estuve en distintos sitios del mundo. Estuve con él en el último recital que dio en Guatemala. Cuando iba saliendo del hotel con Facundo y el empresario del Teatro en el que dio el recital, para el aeropuerto, recibo una llamada de mi hermano León, que me dice que no regrese, que lo espere, que anule el vuelo, que él viene a dar conmigo porque teníamos que resolver un asunto en Managua. Me despido de ellos dos, diciéndoles lo que me había ocurrido, y me voy a la cafetería del hotel. Al poco rato salta en los televisores la noticia de la muerte de Facundo con las imágenes del cuerpo yacente en los garajes del parque de bomberos de Managua.

Llamé un taxi y me personé. ¡Qué ironía! Facundo que tanto cantaba aquello de “Bombero, bombero, quiero ser bombero”, muerto por unas balas equivocadas, que no llevaban su nombre, en frente de un parque de bomberos, a donde fue a dar su cuerpo sin vida.Estábamos en frente de la verja de la casa cuando El Charro nos había trasladado mentalmente al dolor de El Parque de Bomberos de Managua. El Charro calló. Estábamos los cuatro con ganas de llorar. Yo rompí el silencio,  le dije: “Charro, tu hermano León te salvó la vida, como tú lo salvaste a él de la vergüenza de la pobreza”.

Me respondió: “Sí Miguel, pero no supe salvar la de Facundo, no se me ocurrió decirle que se quedase conmigo a esperar a León y después regresar juntos”. Te entiendo Charro, pero creo que no te debas  culpabilizar.Pusimos el camarón en la nevera para guisarlo después de descansar alguito. El Charro iba abriendo tres botellas de Leopardi de Cava Llompart, mientras Ninette y Lissette fueron a buscar al huerto limones y laurel. El sueño nos venció justo en la tercera botella, justo cuando escuchábamos a Facundo cantar la canción de aquel niño que les decía a sus padres que de mayor no quería ser abogado, fiscal, arquitecto ni militar, que  quería ser bombero. ¡Qué distinto sería el mundo si realizáramos nuestros propios sueños infantiles!

Me despertó el susurro de las  voces de Ninette y Lissette a cada lado de mí, yo gozo del  placer de tener  voces en estéreo conmigo, hablando  sobre el problema al que se refería El Charro cuando les dijo que estaba seguro de que lo iban a ayudar  a recomponerse, a salir de donde estaba. Tenían ellas la certeza de que así lo harían y de que el problema era sexual, y que El Charro iba a ser el  primer paciente de ellas. Nos levantamos y fuimos a la cocina a preparar el camarón a la manera bambutina (¡La mejor manera de preparar el camarón!), con poca sal, laurel y limón. Calentamos el horno para cocinar un sama roquero que también habíamos traído del Puertito Gracias Milagros, y esperamos, con tres botellas de Leopardi abiertas,  a que El Charro se despertase. No se prolongó en hacerlo. Pusimos el camarón y el Leopardi en la mesa en frente del televisor, la sama en el horno, a muy lenta cocción, y los animé a ver ‘El último tango en París’ en versión original con subtítulos.

En esta película, con música de Gato Barbieri, Bertolucci, el director, y Marlon Brando, protagonista masculino, le hacen una faena a la protagonista femenina, María Schneider, en la escena de la penetración anal; cuentan que la escena fue real, y que las lágrimas de la Schneider eran auténticas, y que más tarde Bertolucci le pidió perdón por ello ¡Cuentan! Al llegar a esta escena Ninette y Lissette se quedaron impactadas, dieron por hecho que las lágrimas y el dolor eran reales.

La película acabó cuando sonó la campana del horno. Fuimos al comedor,  nos servimos la sama roquera, viendo que Juan Capote, Giorgio y El Apóstol del Jazz no venían. El Charro, como uso y costumbre, abrió tres botellas de Leopardi. Ninette y Lissette quisieron  seguir escuchando la banda sonora de la película (¡Gato Barbieri ¡), mientras cenábamos, y ellas hablaban    de que el dolor de aquella escena era real y que ellas como sacerdotisas sexuales no consentían de ninguna manera el sexo como imposición o con dolor, que no es saludable ni ético. El Charro callaba, con cara pensativa, con los ojos desconcertados callaba, pero era un silencio que hablaba, que aullaba, como un lobo aúlla a las sombras que produce en la noche la Luna.

 
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