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Autor: Claudio Kleiman
07/11/2008
LA HISTORIA DE UN ÉXITO

L

as canciones de Facundo Cabral y En vivo en el Teatro Embassy sirven para explicar al personaje, pero ante todo como carta de presentación de esa cruza entre lo cantado y lo dicho, palabras de un hombre que funde historia y mito.

De él podría decirse, como rezaba la portada del primer disco publicado en la Argentina de Bob Dylan, ¿Poeta o Profeta? Y la discusión probablemente se prolongaría hasta el presente, cada vez que asome la controvertida figura de Facundo Cabral. A su alrededor se ha edificado una compleja mitología (que él mismo ayudó a construir y alimentar), que lo pinta como un sabio, filósofo, trotamundos, poeta, o como un charlatán cercano a la mitomanía. Muchos no pueden creer su bagaje de experiencias, la fantástica enumeración de países recorridos, de encuentros con hombres notables, la colección de frases, aforismos y verdades propias y ajenas. Tantas, que alguno llegó a definirlo como “la versión divertida de la Enciclopedia Británica”. Lo que sí se puede dar por seguro es que un artista tan inclasificable y polémico como Facundo, que encierra una incalculable cantidad de referencias culturales, poéticas, musicales, literarias y filosóficas, es un producto de ese caldo de cultivo que fueron los ‘60. 

Nació como Rodolfo Enrique Cabral en 1937, y su infancia es materia de leyenda. En un reportaje de Pipo Lernoud, Cabral relató: “Nací en La Plata y me crié en Berisso. Mi padre era un tipo pintón, de familia rica, con bastante cultura. Mi madre era pobre e inculta, y no podía creer que alguien como mi viejo la amara. Después de tres hijos, mi viejo se piantó con otra mujer. Fue una maldición. Vivimos dos años y pico en la calle. Allí fue que conocí a Perón, en un desfile. Me acerqué a mangarle trabajo y me mandó a un laburo en Tandil. Y ésa fue una bendición, porque me alejó de mi familia, me obligó a despertarme y rebuscármelas solo. En realidad, desde chico anduve en la calle. Y ya sospechaba que si mi padre se había ido, había otro padre, intangible, que no me abandonaba nunca, el mismo padre de los cereales y las ratas. Esa idea inocente fue como un faro en la oscuridad. Todo el tiempo anduve tratando de detectar por dónde andaba mi Gran Viejo. Eso me llevó a leer a Whitman, a Rimbaud, a Krishnamurti, a los orientales, a los budistas, la Biblia”.

En Tandil se acercó a la literatura a través de su amistad con el escritor y periodista Jorge Di Paola, quien a su vez era amigo de Witold Gombrowicz –el escritor polaco residía en esa ciudad por entonces–, a quien el adolescente Cabral escuchaba extasiado. En Balcarce, donde había ido a trabajar en la cosecha de la papa, Cabral tuvo una revelación cuando escuchó en un club a Atahualpa Yupanqui, su máxima influencia: “Me rompió la cabeza. Pensé, la puta que lo parió, éste es mi oficio”. 

Su primer trabajo como cantor también origina una de esas historias increíbles. Debutó en el Hotel Hermitage de Mar Del Plata el 31 de diciembre de 1959. Fue a pedir trabajo: esa noche tocaba la orquesta del brasileño Ary Barroso, pero un dúo que debía tocar como soporte faltó, y un tal Parisier, dueño del hotel, le dio una oportunidad. Facundo se presentó con la actitud que iba a marcar a fuego la primera etapa de su carrera. De entrada dijo, “al entrar a este hotel aprendí algo, ya sé dónde está la guiíta que nosotros no tenemos”. Y continuó: “Yo no soy artista, nunca estuve en un lugar como éste. No sé qué hago aquí arriba, pero seguramente ustedes tampoco saben qué hacen aquí, entonces vamos a ver si hacemos algo juntos”. La reacción del público fue dividida, pero a Luís Sandrini, que estaba presente, le gustó, y también a Parisier, que lo contrató por toda la temporada. 

Los comienzos de Cabral en Buenos Aires, en el inicio de los ‘60, incluyen su paso por El Club Del Clan como El Indio Gasparino, una etapa de la cual raramente habla. Pero sus canciones no eran muy diferentes de las que haría en su primer repertorio, como Juana vente pa’l corral y Vuele bajo. Buenos Aires se transformaba aceleradamente, y pasada la mitad de la década, Cabral ingresó en la bohemia artística del Instituto Di Tella y la Galería Del Este. Su marco era el café concert, que convivía con los albores del rock nacional, junto a artistas como Nacha Guevara, Poni Micharvegas, Pedro y Pablo, Moris. Allí fue forjando su personalidad, mezcla de bagualas y vidalas, la milonga sureña de Yupanqui, el folk de protesta de Dylan, y la chanson francesa que tanto influyó a los cantantes de café concert, con el humor irónico y refinado de exponentes como Georges Brassens, Jacques Brel, Boris Vian. 

En su libro Agarrate (Testimonios de la música joven en Argentina), Juan Carlos Kreimer incluye el retrato de un joven Cabral que sirve para comprender su perfil: “Facundo entra al escenario solo, con lentitud, casi con humildad. En el aire flota un insistente barullo, quizá por la tardanza de los plomos en retirar los equipos del conjunto que tocó antes. Facundo saluda, pero nada. Otra vez, menos. Ya lo tiene estudiado. Se hace el respetuoso, levanta la mano hacia el súper pullman y dice: Dedico mi actuación a la alta sociedad. Hay risas, gritos ingeniosos y de los otros, pero después, silencio. Lo escuchan. Facundo relata historias de Marías que fueron a ver al cura por dos problemas (el primero ya camina, el segundo es una nena). Facundo pregunta quiénes son más ladrones, los que roban un banco o quienes lo fundaron. Rasguea epigramas: Amaos los unos sobre los otros, no hay bien que con Mao venga, una golondrina no hace un carajo. Y este barbudo simpático, comprador, demagógico hasta el extremo de que se le perdona su demagogia, vuelve a cantar. Excita tanto como el más excitante conjunto beat, aunque sea la contrafigura: ‘Se lo debo a ustedes, que pagan para no subir a un escenario’”.

Cabral consigue un contrato con el sello EMI, y obtiene su primer éxito con Dale, dale, Federico. “Hice lo que hoy sería un rap”, explicaba. “Contaba la historia de un oficinista, rimado y a un ritmo frenético.” Después llegarían Vuele bajo y su canción más conocida, No soy de aquí. Este tema adquiriría vida propia, con traducciones en varios idiomas (entre ellas una que realizó su ídolo, Brassens, para que la interpretara Juliette Greco), hasta el punto de provocarle la siguiente reflexión: “Siento que yo, por lo menos, ya le dejé una canción al mundo. Hay una felicidad que uno agregó. Se canta en Japón, India, Bélgica, y no importa si lo que queda es la canción y no el nombre del autor”. 

Al despuntar la nueva década, Facundo firma para RCA, donde desarrolla la parte más importante de su obra solista, que es la que se edita a partir de mañana con Página/12. Facundo Cabral (1970) lo presenta en su madurez como compositor, despojado de la impronta comercial de las primeras canciones. Si bien luego el público –especialmente durante sus etapas de masividad en los ‘80, con Ferrocabral, Pateando tachos y Cabralgando, y a mediados de los ‘90, en su colaboración con Alberto Cortéz–, lo conocería más como “decidor”, el Facundo de 1970 utilizaba al máximo sus limitados recursos musicales para una serie de canciones inolvidables, muchas de ellas incluidas en este álbum. 

Ella no dice nada es una cálida evocación de su madre, envuelta en una melodía de arrebatadora ternura: “Ella no dice nada solo cocina, vaya a saber la causa de su alegría/ ella no dice nada solo sonríe, cuando en lugar de sopa sirve jazmines”. Por otro lado, Que sí, que no... Lo mismo me da, presenta al Facundo que bucea en sus raíces folklóricas para cantar una bella vida, cuya letra ejemplifica el idealismo de su generación: “No me importa tu dinero, prefiero mi independencia/ Si pa’ tener un sombrero hay que alquilar la cabeza/ Ni el oro de tu bolsillo ni la seda del pañuelo, ni tu plata ni tus latas son el camino del cielo/ tenés demasiado peso para poder alzar vuelo”.

Lo mismo sucede en Con una flor en la mano y Pobrecito mi patrón, otra de sus canciones clásicas, entonada a la manera de las milongas camperas de José Larralde, uno de sus ídolos. El amor y las palomas es representativa de la canción de café concert. El álbum también incluye una nueva grabación de No soy de aquí..., donde Facundo la despoja del acompañamiento orquestal de la primera versión y restituye la canción a su formato de milonga. Una perla del disco, quizás una de sus canciones más atípicas, es Muchacha siempre desnuda caminando entre los grillos, extenso tema con bajo, guitarra, armónica, percusión y efectos, que muestra un Cabral casi psicodélico.

Grabado el 20 de marzo de 1972, En vivo en el Teatro Embassy lo presenta en su salsa, para un público atento y receptivo, justo antes de dejar el país para emprender uno de sus viajes. El formato elegido para varios temas es la narración por milonga, donde alterna canto con recitado. Años más tarde explicaría: “A mí me gusta la narración, la charla. La mayor parte de las cosas que quiero decir no caben en el formato de canción. Es difícil poner ritmo y límites a algunas cosas que tengo para contar”. 

Para este desarrollo, Cabral cuenta en el Embassy con el acompañamiento de un maestro, el ya fallecido guitarrista Osvaldo Avena, que lo acompañaría durante muchos años, capaz de enriquecer simples estructuras de dos o tres acordes con una enorme gama de recursos. Inclusive es el autor de la música de dos de las canciones que interpretan. Una, El diablo es un señor, es otro manifiesto social del cantante: “El diablo tiene cola, mas la esconde en grueso portafolio color negro, donde lleva también los documentos, que lo autorizan a matar al pueblo”. La otra, El oficio de cantor, es una de sus extensas meditaciones: “Ser cantor no es un oficio, es ser espía del viento, pues se canta con su voz, que es Dios repartiendo el verbo

Para cantar compañero, hay que perder todo el miedo”. John Parker Dimitrinsky, dedicada a su perro, retoma la veta satírica; Tengo se estructura sobre un ritmo de malambo, mientras Mula, mulita descubre otra de sus influencias, la antigua canción española, con aires de flamenco y habanera. Pero la pieza central es Vengo de todas las cosas, influida por obras de Yupanqui como las Coplas del payador perseguido, y Larralde, en su Herencia pa’ un hijo gaucho. Allí junta reflexiones sobre el origen del hombre con su historia, metáforas y observaciones cotidianas, más la influencia de la milonga: “La milonga es campo abierto por donde el hombre camina, más que una forma de canto es una forma de vida”. 

Facundo sigue activo hasta hoy, tras atravesar enfermedades, el éxito y fases que lo acercaron a una suerte de predicador religioso. Sale de gira por países en los que residió (como México, España y EE.UU., donde tiene un público devoto), publica libros, y reside en un apart hotel de la calle Esmeralda, aferrado a su libertad y defendiendo con el ejemplo aquello que proclama su canción: “No soy de aquí, ni soy de allá”.

 
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  Autor: Margarita Rojas 01/04/2011
  DESDE QUE CONOCÍ LA MÚSICA Y LUEGO LA TRAYECTORIA DE FACUNDO CABRAL,PARA MI EXISTE SÓLO UN CALIFICATIVO PARA DIRIGIRME A ÉL:ESPECTACULAR. SIMPLEMENTE:ÍDOLO