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Autor: Pla Ventura
13/06/2017
RELACIÓN TEMPESTUOSA

N

unca marcharon bien las cosas para aquel padre e hijo. Sus relaciones siempre fueron tempestuosas, hasta el punto de que, el chico, desde muy jovencito, abandonó el hogar familiar, con el desgarro familiar que ello conlleva. Un hijo que se veía incomprendido por el padre y, una madre destrozada impotente ante la situación y, lo que es peor, sin poder arreglarla como en verdad quería y deseaba.

El padre, como todo el mundo sabía, era –lo sigue siendo- un auténtico señor, un hombre respetado por todos; educado, correcto, a veces hasta soñador y bohemio; pero ante todo, un hombre de bien que, a no dudar llevaba dentro de sus entrañas el estigma maldito de no comprender a su hijo; como seguramente vivía el hijo que no encontraba el rumbo para congraciarse con su padre, algo que seguramente deseaba con todas sus fuerzas.


El libro que pudo haber sido un motivo de concordia

Pasaban los años y, tanto el padre como el hijo, motivados por una causa común, han decidido reiniciar las relaciones que jamás deberían de haber dejado. Entre ambos, ¿les faltaba comprensión mutua, respeto entre ambos, amor al fin y al cabo? Nadie lo sabe y, lo que es peor, nunca lo sabremos, pero si nos cabe el gozo de pensar que dichas personas han vuelto a la normalidad con la que puedan vivir un padre y un hijo.

Hablaba yo de que les unió una “causa común” y, es muy cierto. Ambos, padre e hijo, por separado, fueron capaces de leer un libro en el que su autor les hablaba de amor, de ternura, de las bellezas de la vida, de que el dinero es algo superfluo y que el amor es el único asidero para lograr la felicidad.

Y, cosas del destino, un padre con 82 años y un hijo con poco más de 50, tras dicha lectura, encontraron el bello motivo para reencontrarse, lo que viene a certificar que, las palabras, en este caso las letras, el autor que fuere, jamás caen en saco roto; siempre hay una consecuencia, una catarsis que, sin que el autor lo sepa puede derivar en situaciones tan bellas como la descrita.

Me cupo el honor de conocer al padre, de respetarle y amarle; pero otro tanto de lo mismo me ocurrió con el hijo que, con lágrimas en los ojos me confesaba del encuentro con su padre. Suerte la mía que, como dijera la mamá de Gabo, me cabe el honor de narrar muchas cosas porque la gente que me ama es capaz de contármelas. Claro que, como ahora, cuando algo tiene la trascendencia de lo épico en el alma, me fascina contarle dichas historias al mundo. 

Es bello, yo diría que hermosísimo que, un sencillo libro, escrito por un autor anónimo, haya tenido el peso y la fuerza para que dos personas por el mundo, un padre y un hijo, gracias a dichas letras, que ambos hayan comprendido que nada vale tanto como la vida, muy orgulloso debe estar el autor de dicho libro que, regalando amor por todas las páginas de su narración, ha conquistado a dos personas por el mundo, hasta el punto de que ambos han enterrado el “hacha de guerra” para seguir creyendo en el amor, por tanto, en la bellísima relación que un padre y un hijo puedan tener.

A diario nos quedamos con lo banal, con la basura que nos venden desde los grandes medios de comunicación y, la gran verdad de la vida, como así se ha demostrado, nos la puede dar un ser anónimo con un libro sin pretensión alguna, pero repleto de amor desde la primera página hasta la última y, como efecto causa, entre otros logros, que un padre y un hijo con una relación tempestuosa durante toda la vida, por fin, hayan encontrado el sendero para amarse, algo que ambos me han certificado y por lo que me siento honrado y orgulloso.

Historias como la aquí narrada, no suceden todos los días, por tanto, démosle el valor que en verdad merece. Saber que una misma sangre se ha unido por el mismo canal, la dicha no puede ser mayor.

 
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