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Autor: Pla Ventura
06/03/2017
OJO POR OJO

A

l respecto de la venganza o el perdón nos encontramos ante la disyuntiva de, como sería lo lógico, vengarnos ante todo aquel que nos ha hecho el mal o, si acaso, de forma benevolente, perdonarle. ¿Cómo nos sentiríamos mejor ante un hecho como el citado? Ahí es dónde viene la reflexión desde nuestro interior.

Físicamente, dolidos como podemos estar por aquello del dolor que nos han hecho, el cerebro nos pide venganza para el que ha sido el malhechor que nos ha dañado por completo, muchas veces, incluso sin la posibilidad de poder restañar dicha herida.

No sé si estoy pensando en voy alta o para el centro de mi ser. Es difícil lo que digo y, lo es mucho más cuando espera, como dría Sócrates, aquello de no hacer nada, pero esperando que llegue la venganza como plato frío puesto que, según el pensador griego, la venganza es un plato que sabe mejor si se sirve frío.

Confieso que, a lo largo de mi vida he sentido deseos de venganza para con todos aquellos que destrozaron mi vida. Confesar lo que digo pienso que ya es una forma de desnudar mi alma para todo el mundo. Pero sí, es una verdad incuestionable; lo pensé yo y creo que todo el mundo porque la carne es débil. Cuando te arrastra el corazón uno es capaz de todo, incluso de enamorarse de la persona no adecuada. Bien es cierto que para algo nos puso Dios el cerebro, para que pensáramos antes de que interviniera el corazón.

Motivos para la venganza creo que los tenemos todos; en mayor o menor medida, pero muy pocos creo que se salvan de dicho pensamiento; sí, porque heridas por restañar las tenemos todos. Ante esta circunstancia uno recuerda a Gandhi y de repente cambias el signo de tu corazón para hacerle caso al cerebro. Dijo Gandhi: OJO POR OJO Y LA HUMANIDAD QUEDARÁ CIEGA.

La frase no puede ser más explícita. Si todo el mundo que ha sido humillado, ultrajado, malherido, engañado, burlado, estafado o menospreciado ante sus valores, si todos optáramos por el ojo por ojo, en el acto le dábamos la razón a Gandhi. La humanidad, sin duda alguna, de la noche a la mañana quedaría ciega para los restos.

Tenemos que discernir ante la venganza. Cualquier persona normal, una vez que se ha vengado, en ese preciso instante seguro que siente como una especie de justicia impartida por él mismo, sentimiento que no dura más allá de los cinco minutos porque más tarde, se reflexiona y comprende uno que ha llegado donde no debía. Esta lección la aprendí hace ya muchos años. Nada de venganza porque existen unas leyes que, para nuestra desdicha, a veces son burladas por los malhechores, pero recordemos que existe la ley divina, justamente, de la que no escapa nadie. Eso es tanto como decir, siéntate a la puerta de tu casa y ve pasar el cadáver de tu enemigo. Y no existe nada más cierto.

En mi caso, batallé contra la vida, contra las gentes, contra los que me hicieron daño a los que consideraba mis enemigos acérrimos, para los que clamaba venganza. Ese era mi sentir pero, un día cambió el curso de mi vida. Decidí quedarme quieto, no hacer nada, salvo observar al destino. Hallé paz, es cierto. Ya no vivía lleno de odio, alejé el rencor de mi vida porque muy pronto comprendí que, ellos, lo que me hicieron el mal son los que viven peor. Ya no tenía yo que batallar contra ellos; eran ellos los que querían esquivar al destino, es decir, al mismo Dios, pero les resultó imposible.

No me alegro del mal de nadie, pero sí respeto las leyes divinas. Unas leyes que, por convicción de mi alma, las acaté como un dogma de fe que, en realidad no es otra cosa, una prueba de fe para todo el que se considera creyente ante Dios. Decidí dejar de batallar porque en cualquier guerra hay heridos en ambos bandos. ¿Solución? Buscarla paz y vivir alerta de las consignas del Universo.

Me sobran pruebas para invitar a todo el mundo a que me siga. No soy el profeta, pero sí uno que ha sufrido en sus propias carnes las ingratitudes y traiciones de la raza humana, hasta el punto de refugiarme en mi interior y a lo sumo, en ese ramillete de seres humanos que adornan mi vida por completo.

Como decía Confucio, antes de batallar por aquello de la venganza, cava dos tumbas que, posiblemente, hagan falta las dos. Como vemos, otro testimonio maravilloso que nos invita a la reflexión. Son ellos, los que ha hecho el daño los que viven en permanente inquietud, llenos de dolor, de resentimientos, de oscuridad en definitiva. ¿Les vamos a regalar nuestra tumba con lo que nos ha costado cavarla? No, por Dios.

De tal modo, conozco seres que andan por el mundo, pero no viven, lo juro ante Dios, de ahí el sentimiento de lástima que nos producen. ¿Queremos añadirles más desdicha con la que viven? Dejémoslos solos, ya tienen bastante con lo que se han granjeado. ¿Venganza, entonces? No, para nada. Es el Universo el que se encarga de tan macabra tarea. ¡Hagamos memoria!

Si analizáramos la vida de todos aquellos que por distintas razones nos han hecho daño, seguro que llegaríamos a la amarga conclusión para pensar y decir, pobrecitos, si ya tienen bastante con lo que tienen, para qué les vamos añadir más miserias a su vida. Ya van bien servidos y, nosotros, los damnificados, no hemos tenido que hacer nada para vengarnos.

Fijémonos que, a lo largo de mi vida he tratado a muchas gentes y, algunos me dañaron hasta el alma, incluso podría escribir un libro memorable para contar dichas historias. Pero no, me quedo con la satisfacción en mi interior puesto que, sin hacer nada, sin mover un solo dedo, Dios hizo el trabajo por mí. 

 
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