Plumas invitadas
Las fábulas de Pla Ventura
Entre lo Divino y lo Pagano
Frases célebres
Noticias
videos de Facundo Cabral
 

Premio Cabral de Literatura

Presentación Premios
Bases de concurso Envianos tu relato
 

Gabriela Ortega Participante en el I Premio Cabral de Literatura

 
Autor: Gabriela Ortega
18/12/2010
Relato a concurso en el I Premio Cabral de Literatura
LA RUEDA MÁGICA

E

ra verano, un verano cualquiera, pero sin duda, totalmente diferente a todos los veranos de sus cortas existencias.

Un pequeño pueblo semi-abandonado, una carretera estrecha llena de baches, un autobús destartalado, se acerca.

El autobús se detiene y de él, baja una mujer alta, delgada, con ella una niña muy pequeña y por toda pertenencia, una pequeña y bastante raída maleta.

La mujer, por su vestimenta y sobriedad tal pareciera ser extranjera, su pelo era rubio, media melena, ojos claros, paso firme, era muy bella, creo que tendría alrededor de los treinta.

La niña, por cierto muy pequeña, tenía el pelo rizado, rubia, ojos muy grandes y expectantes, carita redonda, era realmente bella, su edad unos cuatro años, pienso que eran.

Allí en aquel lugar, donde ellas llegaban, nadie la recibía, nadie acudía a recogerlas. (1)

Quizás volvieran a un lugar de sus antepasados, desde luego, pareciera que nadie las conociera, eso al menos, es lo que pareciera.

Quizás  era su único cobijo, lo digo por las poquitas pertenencias, quizás solamente fuera un lugar a donde ir, puede que así fuera.

Caminaban despacio, pero muy seguras, ellas dos y su pequeña maleta.

Tomaron un abrupto camino, que las conducía hacia unas casitas blancas que se veían a lo lejos.

Allí, en aquel lugar, el tiempo pareciera estar dormido, al menos a ellas, a medida que avanzaban, así les pareciera.

No se veía gente

¡Quizás durmieran!

¡Quizás el tiempo  allí se detuviera!

¡Quizás, quizás, así fuera!

La mujer se llamaba Mary y Jessy la pequeña.

Mirando aquí y allá, no se percataron que la casa estaba delante de ellas.

La observaron desde afuera, parecía estar bien conservada, bueno a simple vista, así lo pareciera.

No les importaba ni el cómo ni él porqué, tan solo importaba que ellas, allí estuvieran, eso y nada más, lo demás eran solo quimeras.

La casita estaba pintada de blanco, la puerta en el centro y dos ventanas a los lados con unas bonitas rejas.

Abrieron la puerta y se encontraron que estaba sucia, un poquito destartalada, una telaraña aquí otra allí, y bastante, bastante polvorienta.

Los muebles eran muy escasos, unas sillas, una mesa y otras pertenencias.

Aquellos enseres parecían dormidos y pensó Mary, estos muebles solo necesitan agua limpia, jabón y mucho amor.

En una esquina abandonada había una escoba que pareciera estar esperando a que alguien la cogiera con  mucho entusiasmo.

Mary y Jessy contemplaron sus posesiones y por primera vez en muchísimo tiempo, se sintieron seguras y libres.

Abrieron ventanas, puertas, y de golpe y sin avisar el hermoso sol del exterior se coló en sus estancias, inundándolas de luz, vida y resplandor. Todo ello pareciera ser el adelanto del sol, que se colaría también en sus existencias.

Ensimismadas en su contemplación, no se percataron de que en el umbral de su puerta había dos siluetas, parecían ser niños por su estatura, era realmente bello, verlos, parecían hechos de pura luz.

Eso les pareció a madre e hija, pues el sol, estando a sus espaldas, y, al verlos ellas desde el interior, esa luz, los bañaba por completo.

Mary les sonrió abiertamente y la niña que estaba en el umbral, se adentró ordenando a su acompañante que hiera lo mismo.

La niña dijo: ¡Hola! Soy  Ana y el es Gil.

La mujer respondió, yo me llamo Mary y mi hija, Jessy.

Jessy, pensó: ¡Hay niños! ¡Aquí hay niños ¡

Jessy se acercó poquito a poco, entre avergonzada e ilusionada ante aquel hallazgo tan importante que acababa de hacer.

Ya no estaba sola, la vida, le parecía más bella y menos triste.

Ana, le preguntó a Mary si quería que su hija jugara con ellos.

Mary asintió y Jessy brincó de susto y a la vez de emoción.

Los pequeños salieron por la puerta de la casa y Mary emocionada observó como la luz del sol y el resplandor, bañaba ahora a los tres niños al mismo tiempo.

¡Era tan bello!, ¡era tan hermosa aquella visión!, que Mary permaneció en el mismo lugar, sin moverse, para no deshacer la magia de aquel momento.

Esta visión la acompañaría durante toda su vida, grabada e impresa en su retina hasta el fin de su existencia.

Ana, que por cierto, era la capitana del trío y Gil, cogió a Jessy de la mano en el medio de los dos y se perdieron por sus tierras.

Ana, le contó a su nueva amiga que ella y Gil eran novios y que estaban muy contentos de que Jessy fuera su nueva compañera de juegos.

Al ser Ana la capitana y Gil su novio, el, era su más fiel servidor, y, a la vez Gil y Jessy, sus admiradores más profundos.

Ana, era alta, delgada, pelo largo y rubio, muy bonita, de unos ocho años de edad.

Gil, era como ella de alto y su misma edad, mas relleno, ojos verdes, guapo, de talante tímido, bueno y cariñoso.

Con Jessy de la mano comenzaron a mostrarle aquellos rincones que tan bien conocían Ana y Gil, y de cuyo lugar habían extraído sus más recónditos secretos.

Le enseñaron su árbol preferido, su escondite secreto, allí donde guardaban sus piedras, conchas y todos sus tesoros acumulados en sus correrías y que debidamente habían ido camuflando entre unas piedras.

Le hicieron jurar no contárselo a nadie, y Jessy asentía con la cabeza a todos los mandatos de sus amigos, siempre obediente y complacida de que ellos, le hicieran participe de sus grandes tesoros.
En todo momento la cogían cuidadosamente de la mano, temiendo que Jessy, siendo como era un poquito “PATO”, se les cayera en algún agujero o se les perdiera entre aquellos arbustos. La niña se sentía tan feliz y tan contenta, pues era la primera vez que sentía algo así y deseaba retenerlo todo en su pequeño corazón.

Aquel dúo se había convertido en un trío y ¡aquello funcionaba!, pensó Jessy, y, ¡cada vez mejor!
Jessy se sentía “felicísima”, se daba cuenta que alguien más que su mamá, la quería, la cuidaba, la protegía, y eso le daba una sensación de felicidad, desconocida antes por la niña.

De pronto, Ana, dijo: Jessy, vamos a llevarte a un lugar ¡MAGICO! Y ahora más que nunca tienes que prometernos que jamás se lo vas a decir a nadie.

Ana, esta vez dijo con voz importante y respetuosa:

Tienes que jurarlo: por DIOS Y POR JESUCRISTO.

Jessy, percibió toda la seriedad e importancia del juramento.

Pensó para sus adentros: ¡debe de ser magiquísimo!

Entonces, Jessy poniendo la mano en su corazón, dijo:

Lo juro por ¡DIOS Y POR JESUCRISTO!

El pacto quedó sellado y cogidos de la mano ascendieron hacia el lugar que estaba en un alto.
Allí, había un gran redondel hecho de piedras.

Ana, se tumbó en el suelo con los brazos y piernas abiertas, muy abiertas y mandó a Gil y a Jessy que hicieran lo mismo.

Con toda la ceremonia que requería el momento los dos niños obedecieron y allí mismo formaron una rueda juntando sus pies y sus brazos.

Mientras se tumbaban en el suelo, Ana, les iba diciendo que de esa forma recibirían mucha fuerza del aire, del sol y de la tierra.

Así estuvieron mucho tiempo y así hubieran deseado seguir a no ser que los mayores que no entendían de esas cosas, les irían a buscar, rompiendo así la magia del momento.

Se levantaron del suelo sintiéndose flotar y con una vitalidad antes desconocida por la pequeña Jessy.

Aquella Jessy “PATO “ahora saltaba como un pequeño “GAMO”.

Y, el sol, la tierra, el aire y la vida, cuidó de los niños para siempre con amor, guardando en sus corazones el recuerdo de aquello hermoso verano en que experimentaron el poder del “CIRCULO MAGICO”

 
  Nombre
  Email
 
  Comentario
 
INSERTE EL CÓDIGO para activar su opinión
CAPTCHA Image
código:     ((Pincha si no puedes leer el código))

 
consulta y respeta las normas de uso