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Jerónimo Díaz Participante en el I Premio Cabral de Literatura

 
Autor: Jerónimo Díaz
18/05/2011
Relato a concurso en el I Premio Cabral de Literatura
TU SONRISA

C

on un cigarro que se desgrana entre mis dedos, sin pensarlo siquiera, lo comparo con la vida, como se van cayendo uno a uno los años, como las cenizas de mi cigarro, y como los buenos y malos sentimientos, las malas y buenas acciones y propósitos se diluyen como el humo de mi cigarro.   Lo encendí sin ganas, bien lo sabes, tal vez procurando que estar atento a no quemar nada me saque de esta soledad, soledad que no me duele, lo confieso, pero que a momentos se hace insoportable, y entonces pienso en tus pupilas claras, en tu sonrisa, que nunca he estado seguro si es de alegría o de tristeza, en tu melancólica mirada diciendo siempre adiós,  esa tu mirada que es una constante despedida.  Basta mirar tus ojos para despedirse de todo, hasta de la vida sobre todo cuando duele vivir, o cuando duele la patria, como ahora.

Entonces me doy cuenta de mi taza de café, humeante, oloroso, invitándome inevitablemente a sorberlo y remontarme en el recuerdo a la olla donde mi madre me enseñó a prepararlo hace ya……………………………….bueno, muchos años. Tu no sabes de esa olla, “la ollita” le decíamos, era de peltre (material ya en desuso) azul, con pringas negras, o negra con pringas azules (dependiendo del cristal). Casi hablaba esa ollita, casi nos decía a mis hermanos y a mi, o a quien le tocara preparar ese café hasta donde debía llenarse con agua, y cuantas cucharadas de café había que ponerle, y entonces recuerdo también la cuchara del café, una cuchara gris, casi negra, eternamente sumergida en el bote del café, casi sin mango, no lo tenia porque supongo mi mamá lo había amputado para que entrará en ese bote de café, como tus ojos, como la cuchara de mi madre, amputada  de alegría y en constante despedida.

Hoy me preparo el café en una cafetera “Mrcoffe” impecablemente blanca, con marcas para no ponerle más agua que la que necesita, y para no pasarse de café, usa un filtro para que la bebida se sirva inmediatamente, ese filtro es el colador de mi madre, un colador de alambre y de uso exclusivo del café, esa era la tarea que tenia encomendada, era el encargado de decidir si dejaba pasar un granito molido de café en la taza de mi padre solo para que él lo rechazara de inmediato. El colador lo hacía por joder, pero el filtro no se permite esas libertades, a menos que no lo sepa colocar pero todas esas máquinas modernas están hechas para no equivocarse, porque a la vida moderna le hace falta tiempo, yo mismo he caído últimamente en la vieja trampa de quejarme que me hace falta tiempo, y por eso por poco se me olvida despedirme de tu mirada de despedida, por falta de tiempo. Las cenizas del cigarro siguen cayendo como los años de mi vida, como los años de la vida en general, de la tuya  de la del mundo y del universo.  Universalmente recuerdo tu sonrisa, y sigo sin entender si es sonrisa de alegría o de tristeza, nunca podré conocerte por tu sonrisa, porque puede ser de tristeza como la del día cuando te dije que me iría, o de alegría como la del día cuando me atreví a decir “te quiero”, un te quiero sin ambición y sin tortura, desinteresado que no llevaba mas propósito que liberarme de una carga casi mortal, tal vez ese “te quiero” era el granito de café que el colador de mi corazón necesitaba dejar pasar, para que tú lo rechazaras de inmediato, como el café de mi padre.

Era todo un ritual el café de mi padre, llegaba a casa y con mucha antelación ya nos habíamos designado las tareas con Fabio (mi hermana), quien quitaba sus zapatos y colocaba sus pantuflas y quien iba a la cocina por el café, ese café que casi nunca le llevaba alguno porque lo hacía mi madre, colocaba el café sobre la mesa acompañado de un beso en la frente de mi padre, un beso, un beso que en lo personal me gustaba ver, un beso dado en “el cuartito” pre-terremoto, y en la cocina post-terremoto. El ritual de mi café es un poco distinto, llego de mi trabajo y mi mano derecha se pelea con la izquierda el quitarme los zapatos y ponerme las pantuflas, y entre las dos preparan el café, el beso se lo doy a la taza cuando sorbo el primer trago de esa bebida relajada y aromática, reviviendo los días en la casa del barrio San Antonio, San Antonio calvo como mi padre como Llemo y como yo, y seguramente como Marcos, extrañas las herencias que se heredan sin querer y sin pedir pero que hoy me hacen sentir orgulloso de decir que por lo menos en eso, me parezco a mi padre.
 
Se vuelve extraña la vida cuando se está lejos, y cuando se está cerca, se extraña y se viven los momentos con más lucidez que cuando se vivieron en realidad, entonces el silencio grita y se clama una voz que le ponga silencio al silencio, y comprendo porque nos sobra silencio. La vida circula afuera como ajena a mi, gira a mi alrededor y escucho su voz, voz llena de gritos y alegría, y me lleva inevitablemente, y entonces me tiro a ella como si fuese un huracán, participo de ella, y vivo la vida de la vida, desde afuera la vivo, la siento, porque hace falta tu mirada de despedida.

Las cenizas del cigarro hace rato cayeron todas, es inverosímil lo que  puede inspirar un instrumento de la santa Chabela, (para los que alguna vez participamos de la guerga de Todos los Dolores) pues cada inspiración de humo es un beso mortal con la calaca, ese personaje que veremos cara a cara algún día cuando se termine nuestro cigarro de la vida, cuando hallamos agotado la última gota de café de nuestra taza de tiempo humanamente medible, humanamente erróneo. Y entonces ahora me pregunto: Cuántas cenizas habrán caído ya del cigarro de mi vida???? Cuando descubriré porque tu mirada se despide y se despide???

 
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