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Diego Hernán Sandro Participante en el I Premio Cabral de Literatura

 
Autor: Diego Hernán Sandro
25/03/2011
Relato a concurso en el I Premio Cabral de Literatura
INFANCIA

A

llá lejos, ese espacio de los astros. Todavía no es otoño y el verano no deja de entregar su calor entre las sombras y luces de las alturas. Hay pocas nubes, entonces allá me gusta perder la mirada. Busco un punto. A veces me cuesta un poco más, pero siempre lo encuentro. Sé reconocerlo porque hay una estrella particular en el lugar que me sirve de guía. Mi padre me la señalaba desde pequeño y me ayudaba para seguirle la dirección del dedo, esa mano grande apuntaba hacia donde brillaba un punto pequeñito, pero reconocible. Duraba un rato y después contemplábamos en silencio al punto, como queriendo encontrar algo en él. En la superficie, el único paisaje, además de los arbustos y matas de pasto, era  el hermoso edificio de la Universidad. Las luces lo mantenían encendido y refulgente, como símbolo del faro cultural que luego comprendí que era. 

Cuando no estaba ausente por los largos meses de cosecha, compartíamos esa rutina  todos los sábados, cuando nos podíamos permitir alargar las noches y conmovernos. A veces había que esperar un largo rato que se deshilacharan las grises nubes con su paso veloz y ahí volvía a aparecer nuestro estandarte en lo alto del firmamento. Fue uno de los mejores recuerdos que tengo de  él. Pasábamos poco tiempo juntos y cuando lo hacíamos, hablábamos y reíamos de cualquier cosa y le costaba demostrar el cariño. Pero ese cielo lo conmovía, le hacía callar y observar.   

Cuando crecí y ya no lo tuve a mi lado, un día intuí que ese edificio, allá en el horizonte, representaba para él la culpa, porque sabía que nunca me podría mandar a estudiar a la Universidad. Tal vez por eso miraba a ese punto y callaba. Poco después,  las desconfianzas de adulto desencantado me hicieron dudar hasta de la existencia de ese punto exacto y me olvidé de él.

La vida y yo quisimos que me convirtiera en un hombre con menos aciertos que errores, y una noche, volviendo del bar al que había ido por refugio tras otra discusión con mi señora, caí de espaldas al piso y no quise  moverme. Con mi cabeza descansando en la tierra encontré ese cielo maravilloso, pleno de luces y sombras. No me costó reconocer el lugar de siempre y nuestra estrella. Un curioso sentimiento me cerró el pecho y respiré profundamente. Me sentía como un niño. Era hermoso verme, solo, pequeño, siguiendo con mi mano el punto, soñando con los misterios, imaginando cuentos de terror, escuchando los sonidos de la noche. La fascinación cuando vi, por primera vez, las luces de un avión en el aire. No quise decir nada. Para qué hablar. Comprendí que acababa de develar el misterio luego de tantos años. Yo, al igual que mi padre podíamos sentirnos chicos cada vez que mirábamos esa estrella porque en esa fracción de segundo no nos dolían los huesos, sentíamos ganas de recorrer el campo en bicicleta, no nos afectaba el catarro y hasta imaginábamos que algún mayor nos vendría a acercar un suéter para abrigarnos. Contemplo por unos minutos mi infancia desde entonces, como esta noche, con mi estrella como guía, en un cielo inundado de  vida.                                                                        

 

 
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  Autor: Diana 10/04/2011
  algo me dice que tu estrella esta guiandote aun y por siempre.