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Luís Carlos Garro Participante en el I Premio Cabral de Literatura

 
Autor: Luís Carlos Garro
19/03/2011
Relato a concurso en el I Premio Cabral de Literatura
AHORA, ¿QUIÉN SE VA?

E

l tren, que había salido de Retiro la noche anterior, llevaba   un par de horas    parado en medio de la nada. En el infinito las estrellas titilaban y era lo único que parecía moverse en el exterior de los coches. Mirando por los cristales empañados, el recuerdo que vivía en aquel solitario pasajero, parecía golpear  las ventanillas por las que se filtraban las heladas luces latientes. La oscuridad del ambiente permitía que la visión externa fuera casi nítida. La lechosa nocturnidad esfumaba las figuras que podían divisarse. Más allá de los alambrados algunos vacunos se arrimaban con curiosidad al ver detenido el extraño ser metálico. Desde el interior el hombre miraba las vacas paradas en hileras expeliendo vapor por sus enormes narices  y de tanto en tanto topándose mutuamente en un interminable juego.

Todas las imágenes que ahora veía   traían a su memoria los recuerdos que creía que ya no tendría, y sin embargo allí estaban, parados frente a su vida como aquellos vacunos, mirándolo con enormes ojos, jugueteando entre ellos y golpeando con sus patas en el reseco suelo, levantando polvareda en la añoranza.

Sentía la amarga desazón de pensar que llegaría demasiado tarde, no por el retraso del tren, si por el atraso en decidirse a regresar. Esta decisión llevaba años de  postergaciones. Por el mismo camino que eligió para alejarse de su ciudad quería regresar. La noche, que le devolvía imágenes pasadas, lo tenía atrapado en sus redes misteriosas. Por su limitada ventanilla veía el paisaje que se abría ante sus ojos: en lo inmediato una hilera de postes de telégrafo, después una pequeña barranca medanosa, cribada de agujeros de cuises,  sobre ella el alambrado que limitaba la libertad de los vacunos retenidos tras él, y la treintena de animales que evaporaban alientos nerviosos. También eso le recordó el vapor y el humo de la locomotora que tiraba del convoy que lo alejó del andén de su lejana juventud. 

En aquel andén se quedó parada ella, apretando su pecho con sus manos blancas, arrugadas por el agua helada y el jabón ordinario,  gastadas por la tabla de fregar. Manos a las que nunca les faltó calor para acariciar cabellos y mejillas. El nocturno viento sur le helaba la carne desabrigada, el adiós le helaba el alma desgarrada.

Con mucho cuidado elevó un tanto el cristal de la ventanilla, necesitaba sentir si el aire era tan frío como se lo imaginaba. Asomó la cabeza por el hueco de la abertura y bebió   la helada brisa de la madrugada. Al igual que lo  hiciera al marcharse volvió su mirada hacía atrás. Sin proponérselo revivía el momento de su despedida e increíblemente veía a un lado del tren el andén tenuemente iluminado desde donde diera el adiós lejano, y paradita allí, la imagen de una doliente mujer apretando un pecho herido.

Con un largo quejido de hierros arrastrando, el tren comenzó a moverse nuevamente. El estrepitoso ruido asustó a los animales que volvieron grupas y emprendieron veloz retirada, envueltos en una espesa nube de polvo, entre saltos y coses nerviosas.

La lenta marcha del tren lo ponía en un estado de nerviosismo tal, que no podía evitar fumar insistentemente. El humo del tabaco lo envolvía y entre sus volutas lo acompañaban imágenes pretéritas, las que le reclamaban por sus olvidos premeditados.

El camino en reversa, no era solamente de distancia; los kilómetros que recorría también lo acercaban en sus lejanos tiempos, aquellos que abandonara sin contemplaciones, cantando alegremente, marchando en busca de “su” destino, el que no conocía, el que anhelaba, y que se proponía conquistar.

Y lo conquistó, le dio trabajo pero lo logró. No tuvo que volver al pueblo vencido y fracasado, tal cual les sucediera a “Lucho” o al “bombilla”. Él lo había  logrado. Sus amigos regresaron con el amargo sabor de la derrota, no habían soportado la ausencia, el recuerdo los atormentaba, la añoranza los hizo volver corriendo a las polleras de sus madres, a las veredas queridas y a los amigos, que se habían quedado cobardemente, aferrados al suelo que los vio nacer, acurrucados en el fondo del nido maternal.

Él había conseguido evitar aquellos sentimientos superfluos, inhabilitantes. Sin la carga extra de los recuerdos le resultó más cómodo subir la cuesta que se había propuesto conquistar.
Treinta años, tres vidas nuevas, sólo por él conocidas, de tanto en tanto alguna carta aislada, con frases de disculpas nunca sinceras;  cuando las recibía impregnadas de cariño, de deseos,  descubría alguna arruguita circular, acusando una fugitiva lagrima que regara el listado papel.
Le contaba de los vecinos, de los amigos y parientes y la lechera que había parido mellizas, o del viejo zaino, preferido suyo, que había muerto silenciosamente bajo las añosas moreras de la represa y que el padre necesitaba lentes o que el médico le recomendó no andar más a caballo; al final del gran papel escrito con letra temblorosa la firma que no tenía un nombre, sólo “mamá”.
El mundo pasó por momentos terribles, el país por otros peores, su vida siempre en ascenso. La imagen de mamá la llenó la de su mujer,  luego sus hijos y ahora un  nieto.

Ya ni siquiera recordaba de cuando era el “cabecita negra”, o  el esfuerzo  que hizo para cambiar esa imagen del negrito de tierra adentro. Lo que pudo lo tapó con ropa nueva, como la de sus  nuevos conciudadanos y arremetió por su nueva vida sin furgón de cola. El impulso debía llevarlo lejos, más lejos.

El tren comenzó a incrementar la velocidad hasta lograr una marcha pareja y que se le antojaba  bastante rápida. El golpeteó de las ruedas de acero sobre los rieles lo obligó a mirar nuevamente por la ventanilla. El paisaje viajaba tan rápido en dirección contraria, que se le antojaba el tiempo viajando hacia atrás; y por sus laberintos habitados de fantasmas vivos creía regresar al mañana.
Dudando el levantarse del asiento, buscar la puerta y arrojarse al nocturno paisaje, buscó en sus bolsillos el atado de cigarrillos; lo sacó junto con un arrugado papel, escrito con letra temblorosa. Encender un cigarrillo lo calmó y apretando la espalda contra el respaldo, comenzó a releer la esquela. Las frases breves, mal construidas, de letras desiguales le transmitían implícitamente una urgencia que las palabras no delataban.

La carta luego de los cariñosos saludos,  solamente le decía que tratará de volver un día de estos, lo antes que pudiera, que el tiempo se terminaba y le decía de la última vez que tal vez la vería; al final, sin un nombre, sólo decía “mamá”.

Esta  fue la última carta que recibiera. Con los años se habían espaciado más y más, después de todo él raramente las contestaba. Para qué se iban a tomar el trabajo de escribirle a alguien que  deseaba olvidar su pasado de pueblito interior; de largas calles de tierra bordadas de árboles; de plazas que sólo tenían perros para dar la vuelta y estación de trenes que sólo partían. Allá lejos de donde viera el cielo por primera vez, estaba lo que merecía ser vivido ¿Para qué se iba a quedar? Si aquí nada lo detenía por que nada tenía.

Por eso se fue a buscar el gran mundo que estaba más allá de la última curva de las vías bordeadas de cañas.

Cuando salió de su casa para dirigirse a la estación, la perra negra -que él trajera de la estación una noche que fue a ver pasar el tren- se paró delante de él y lamió sus manos lastimeramente, desde sus ojos le perdonó que nuevamente la abandonaran, después de todo, los perros le perdonan todo a su amo; como las madres a los hijos.

Algo quemaba sus pupilas, cerró los ojos con fuerza y un fuego líquido corrió mejillas abajo, royendo la carne. ¿Quién era ahora?, ya no se conocía, ¿cómo haría para volver el tiempo atrás? ¿En que se había convertido lejos de su madre?

La noche azul cantaba en su infinito eterno. Todos los tiempos pueden cobijarse en su esencia y las distancias van y vienen, se estiran y se encogen continuamente; dentro de ellas sólo somos un breve aliento.

La marcha del tren comenzó a mermar y en pocos minutos  fue un paso lento. La monotonía de la marcha adormeció al hombre y con la inspirada realidad de los sueños revivía momentos felices de su niñez y juventud. Y  repentinamente allí estaba su madre y su padre y detrás de ellos todas las cosas que hasta ayer amara entrañablemente. En sus manos sintió la tibieza húmeda de la lengua  de su perra negra.

El tren avanzaba lentamente como trepando trabajosamente la interminable escalera que la vía dibuja hacía la distancia. En el helado frío de la noche los vapores de la locomotora neblinaba el andén. Saltó del tren,  corrió a abrazar a la doliente mujer – que apretaba su pecho entre las manos- y entre besos le gritó -¡me quedo mamá...!-  

 
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  Autor: Cristina 29/03/2011
  ¡ Hola Luis C. !

¡ Qué extraordinario me resultó tu relato ! ... Viajé en ese tren ... observando a ese hombre ... y al paisaje ... sintiendo lo que al tipo se le cruzaba por la cabeza ... viendo a su par ... pasar rápidamente su vida ...

Vi a su madre despedirlo en el andén de la estación de tren del pueblo ...

Vi en letra manuscrita esas cartas .... llenas de ansiedad ...

Supe como se fue sintiendo ese hombre que quiso “ ser alguien “ y para eso tuvo que “ cortar raíces “ ... con lo más fuerte del amor verdadero ... como es el amor de una madre ...

Y ... ¡ lástima ! ... que la última parada del tren de la vida haya sido para encontrarse con su madre en el andén del Cielo ... pero bueno, de ahí ... ¡ nadie se va ! ... y todos los que se quieren re-encontrar se re-encuentran para siempre ... ¿ Verdad ? ...

¡ Exquisita manera de relatar todos esto Amigo ! ... ¡ GRACIAS por tan grata forma de ordenar las letras para contar una situación real del interior de nuestro país ! ...

¡ Felicitaciones !.

Un abrazo.

Cris