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Olga Lagleyze Participante en el I Premio Cabral de Literatura

 
Autor: Olga Lagleyze
16/02/2011
Relato a concurso en el I Premio Cabral de Literatura
DERECHO DE AMBICIÓN

L

a revista femenina, aunque cara, era una de las mejores. No siempre la podía comprar, pero valía la pena. Con ella la vida se hacía muy fácil. Resumía cómo vestirse, peinarse, maquillarse y las últimas técnicas de cómo hacer el amor. Mostraba mediante fotografías decoraciones ideales de hogares perfectos. Explicaba cómo eran las personas según el horóscopo chino y por ende cómo conducirse con cada quién.

Nuevas técnicas para conquistar a los “mejores”, nuevas técnicas eróticas, nuevas técnicas para tener pechos turgentes y glúteos perfectos. Técnicas .. para vivir. Nancy cada vez que podía compraba la revista, porque era muy exclusiva, cara y difícil de conseguir. A ella le gustaba leerla en  lugares “exclusivos”. Jamás la guardaba en el bolso, porque en la mano, siempre se veía.

Ese número traía una nueva dieta y soñaba con bajar otro kilo más, sin importarle los reproches médicos.

El sueldo de Nancy era modesto. Algo odioso y sumamente traumático para ella. Pero de alguna manera se las arreglaba para “pertenecer”, aunque no tuviera la tarjeta dorada.

Se fijó nuevamente la dirección ... amaba ir a esos lugares, cerró la revista y emprendió la marcha. Estaba ansiosa y apurada, tanto que no prestó atención al semáforo, si no la hubiese frenado la mendiga la habría atropellado un automóvil. Shockeada por la impresión se apartó de la anciana sin darle las gracias. A ella no le gustaban los ancianos, ni los gordos ni los pobres. Luego de algunas cuadras su pensamiento regresó al mismo lugar, los negocios a los que se dirigía.

Faltaban muy pocas cuadras y estaba contenta.

Las luces del shopping eran como estrellas de una galaxia sintética.

Gente cargaba cajas y bolsos corriendo de negocio en negocio, buscando llevar más cosas por menos dinero.  La música sonaba por los altoparlantes, queriendo tapar cualquier tipo de pensamiento o sentimiento que no tuviera que ver con el consumo.

Nancy no siempre tenía dinero para comprar, así que llevaba bolsas con logotipos del lugar para ser como los demás... como los demás que compraban, naturalmente.

Se paraba en la vidriera de la juguetería y miraba que ropa tenía esta vez la muñeca flaca y rubia del auto rosa. Ella aunque era muy delgada, había bajado otro kilo  y su cabello era del mismo tono que el de la muñeca. Las reglas del juego así lo requerían. Ella trataba de cumplir siempre ese tipo de reglas.

Aquel día llevaba dinero en su cartera. Estaba dispuesta a gastárselo. Había hecho muchas horas extras en su empleo y soportado esos insoportables abrazos de oso de su jefe. El dinero era todo para ella. Apretaba su bolso pensando en que ese día disponía de dinero para sus compras.

Recordaba a su jefe  tan generoso. A veces no tenían espacio físico suficiente y hacían el amor de parados .  Todo estaba ocupado. Más de una vez sentía que los observaban. Nunca se había acostumbrado a trabajar en la funeraria. Había estudiado maquillaje y soñaba con maquillar a artistas de Hollywood.  Cuando terminaba su horario, se sacaba los guantes, guardaba la caja de maquillaje y salía casi corriendo del lugar.

El shopping estaba repleto, de gente, de marcas, de luces, de dinero, de famosos, repleto de todo. Como a ella le gustaba.

De pronto todos comenzaron correrse, dejando un camino libre que terminaba en la mujer harapienta. Todos murmuraron algo sobre el derecho de admisión ...

Nancy quedó paralizada cuando su mirada chocó de frente con la de la anciana, quien no se detuvo hasta estar lo suficientemente cerca, para en voz muy baja sonreírle y pedirle una limosna.

La mujer del pelo de muñeca no podía entender como un par de ojos podían opacar tantas luces, pero tuvo pánico que pensaran que la conocía y llamó al personal de seguridad diciendo que la harapienta estaba armada.

Un asalto, la dejaría como víctima de la mendiga, nunca como conocida.

Cuando ésta quiso acomodarse sus andrajos, fue acribillada. Los allí presentes esbozaron una mirada de alivio, la intrusa había sido eliminada.

Cada gota de sangre de la anciana se convirtió en un rubí.

Cientos de ojos destellaron al unísono mirando los rubíes esparcidos por el inmaculado piso del iluminado lugar. Muchas manos sudaron. Ellos parecían tener la misma mueca en sus rostros.
Todos, absolutamente todos los que allí estaban se abalanzaron a las piedras.

Fue un torbellino de crueldad.

Pronto comenzaron a pelearse entre sí, luego se fueron matando entre ellos por el botín.
Al cabo de minutos de masacre, solo quedaron dos, Nancy y una anciana de ojos crueles y ropa adolescente.

Se miraron, pensaron que con las gemas podrían comprar todo... todo.

Una sobre otra hicieron una masa violenta que rodó por las escaleras mecánicas.

Nancy se desnucó.

La otra desesperada comenzó a recoger los rubíes que caían hacia la planta baja. Pero la escalera mecánica tomó su bufanda y la estranguló.

La policía, tropezó con el cuerpo ensangrentado de la anciana en medio de lo que había sido un campo de batalla.

Adelante, en la escalera mecánica, dos cuerpos más...y diminutas gotas de sangre que brillaban como rubíes. 

 
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