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Ángel Luís Maciá Díaz Participante en el I Premio Cabral de Literatura

 
Autor: Ángel Luís Maciá Díaz
20/01/2011
Relato a concurso en el I Premio Cabral de Literatura
ABRIENDO LOS OJOS

A

brí los ojos. La noche era oscura, muy oscura. La luna estaba ausente. Cada segundo era un mundo de lucha, de lucha contra mí mismo, contra mis recuerdos, mis pensamientos, el amor y el odio. Las estrellas iban tomando vida, los sentimientos fuerza y el amor nombre. Los pensamientos eran cada vez más intensos. Mi único deseo que me tragara la tierra y mi única paz la claridad.

A lo lejos distinguí una luz, tenue, muy tenue; lejana, muy lejana. No sabía que era, ni siquiera me importaba. Solo caminaba hacia allí. Los pies se movían solos. Yo seguía en mi mundo, en mi guerra particular, entre lo conciente y lo inconsciente, entre el vacío y la nada. La luz cada vez se acercaba mas, mas y mas, lentamente. No había nada que pudiera definir ese momento, ni pánico, ni alegría, nada.

Solo ella estaba en mi mente. Pero la luz se acercaba. Con cada paso el alma me abandonaba, me acercaba a un nuevo mundo. Yo seguía eternamente hacia la luz. ¿Qué era? Más y más cerca. Yo seguía perdido en mi mente. La luz me dañaba los ojos. Los ojos se humedecían, lloraban. No pude seguir mirando. Cerré los ojos. Oscuridad, silencio, vacío… un instante, el tiempo que tardé en volver a abrirlos. Cuando pude ver la luz había desaparecido.

La oscuridad se adueñó de todo un instante más. Pero la luz volvió a aparecer para echarla de su reino. Ella se encontraba mirándome, con esos ojitos tan azules que poseían mi conciencia. Yo seguía en mi guerra particular sin importarme que la causante de la lucha estuviera justo delante. Le miré a los ojos. No solté ni una sonrisa. Fui a cogerle la mano; ni siquiera la toqué: me quedé clavado, con mi guerra interna, con mi deseo de desaparecer…

Me desperté de un sobresalto, fascinado, con miedo y con una cruda visión de la realidad. No sabía decir si era una pesadilla o un sueño. Impactaba en mi mente reproduciendo la escena, que perdía en claridad.

Encendí la luz de la mesita, abrí el cajón y saqué una foto suya: de pelo rubio, largo y liso; delgada, alta… Así era Jenny, que solo existía en mi mente, que se apoderaba de los sentimientos para crearme mas y mas dudas. Pero en realidad, ¿quién era ella? ¿Por qué aparecía en mi mente? Y sobre todo, ¿qué quería?

Ella, que nunca he conocido, que no es como yo. Se alimenta de mi sufrimiento, me causa dolor. Debería odiarla, pero no puedo. El problema no es ella, soy yo. Tal vez debería esperar, intentar seguir con una vida difícil, que el tiempo transcurra y me cure esta herida tan dolorosa que me ha causado intentar querer lo que no se puede.

Me levanté y fui a tomar unas copas. Respiré profundamente el aire de la calle, mi hogar olía fatal. A pesar del angustioso trafico que pasa por el día, esta ciudad coge un aspecto encantador por la noche. Con sus grandes rascacielos, con su puerto, con sus luces envolventes… Caminando por sus calles anchas te das cuenta de que no solo es una ciudad. Me fasciné con la belleza que emitía. Nunca me cansaba de poseerlas, de pasear por allí en aquellas horas nocturnas. Estuve así durante horas, debajo de inmensas farolas iluminando la noche naciente. Dejé a un lado a ella. Saqué de mi mente todo y quedó en blanco. El puerto se alzó ante mí. Me concentré en la suave brisa del mar. Por un momento sentí que la calma me invadía. ¡Por un momento fui feliz! El silencio callo en mis oídos. El agua del mar rompía las rocas y los barcos. Y ya no veía, solo sentía.

Como la noche me envolvía con sus alas de ángel, abrazándome en su tranquilidad, queriendo fundirse con las estrellas, rompiendo la distancia. Si… lo sentía. La noche era un alma gigantesca bañándome en las olas de paz, muriendo ante mis ojos cerrados de placer, sintiendo ante mi piel la brisa del aire olvidada, amando junto a mí el resplandor de la luna contemplada. La ilusión no duró más. Ella volvió a estar en mi mente con sus recuerdos. Todo seguía igual.

Del éxtasis glorioso pasé al caos mental. Por aquellas calles encantadas vi gente caminando. No eran personas normales, eran pobres con ojos observadores. Al principio paseaba sin preocupación, pero mas tarde, al aumentar el número de vagabundos a aquellas horas inusuales, la intriga me estalló. Los pobres me miraban, sus ojos me provocaban miedo. ¿En qué me había convertido? Me miré: llevaba la misma ropa toda la semana y olía fatal. La gente clavaba sus ojos en mí, ojos de miedo, ojos de pena. ¿Qué estaba pasando? ¿Por qué me miraban así? Me iba a estallar la cabeza, no podía más.

Caminé hacía delante, hacía ninguna parte, solo caminaba por caminar: los pies se movían solos. Era, era… como el sueño. La luz me indicaba un camino, un callejón donde había gente pobre mirándome a los ojos y pidiéndome limosna. Solo veía ropas descosidas, pobres pidiéndome… Intenté cerrar los ojos, taparme los oídos, pero no controlaba mis actos: no los podía controlar. De pronto esa luz me indicó algo al fondo. Los vagabundos se apartaron y uno de ellos se abrió paso entre los demás. Miraba al suelo, levantó la vista, sus ojos me miraron. Un escalofrío me traspasó. Aquel zombi era… ¡era yo!

Miré alrededor buscando alivio, ya no había nada. Seguía paseando por la calle, que estaba desierta. ¿Qué estaba pasando? ¿Había sido una alucinación? No había respuesta a ninguna de mis preguntas, solo la duda predominaba en mí, la duda y ella. Siempre pensaba en ella.

Seguí paseando, sumergido en mis dudas, como di la solución estuviese ahí dentro, dentro de la mente que era la causante de todo le sufrimiento.

Cuando llegué a casa lo primero que hice fue pensar en todo lo que me estaba sucediendo. Después me dejé caer en la cama para que dormir calmara aquellas inquietudes mas profundas.

El sol penetraba por las rendijas de la ventana. Un canturreo hacía más dulce la mañana. El calor era intenso, pero el suave viento lo aliviaba por completo. El cielo estaba despejado, libre de nubes. Había botellas de licores tiradas en el suelo. Desde que vivía solo nadie recogía lo que tiraba. Siempre quise vivir solo, pero ahora que lo había conseguido solo tenía soledad. Los ahorros se me gastaban y no podía recurrir a nadie; estaba solo, solo en la soledad, solo yo y mis pensamientos. No tenía trabajo, los amigos me dejaron tirado y mi familia en la calle. Solo tenía esta casa sucia y desordenada para no tener nada. Lo que siempre quise, pero ahora lo odiaba.

Me levanté y di una vuelta por mi casa. Desde luego no era el lugar ideal para vivir. La suciedad avanzaba mientras yo no lo impedía. Durante todo el día solo me dedicaba a pensar, a introducirme en unos pensamientos que lo único que hacían era perjudicarme. Sobre todo pensaba en Jenny, era mi musa perfecta. Jenny, que nunca la he llegado a conocer, que me bastó con ver sus ojos para que el amor me capturara y con oír su voz para entender que era lo más precioso que este mundo podría llegar a hacer. Y solo con eso le bastó para hundirse en mi corazón y nadar en mis sentimientos, grabando su nombre con fuego sobre mi delicada mente.

Desde entonces solo podía sufrir, intentando olvidar algo tan maravilloso que me obligaba a sentirme inferior. Los pensamientos eran tan intensos que me obligaban a creer que ella siempre estaría por encima, que hiciese lo que hiciese no podría volver a ver esa sonrisa que me sugirió un mundo y un paraíso detrás de la pesadilla en la que se había convertido mi vida, amenazando mi existencia a estos límites tan absolutos que solo la pobreza puede vincular.

Me senté en el sofá y saqué un álbum de fotos, lo abrí por el centro. Había una foto mía con mi familia. Aún me acordaba de ellos. Intentaron hacer lo posible para que estudiara, pero yo lo odiaba. Intentaron educarme bien, pero yo… No sabía lo que estaba perdiendo: perdí una familia, unos amigos, perdí una vida. Ya lo había perdido todo, ya no tenía nada. Me abría gustado ser alguien, pero ya era tarde. Estaba dispuesto a retroceder en el tiempo, pero cuando la rueda empieza a girar ya no hay nada que se pueda hacer y todo continúa a peor. Era un efecto que lo envolvía todo e incluso los pensamientos traicionaban. ¿Qué sería de mí? ¿Qué me ocurriría después? ¿Cómo podría cambiarlo?

La fantasía del puerto me decía que podía ser mejor y la alucinación que el tiempo transcurría en contra. Estaba en el camino de la pobreza y debía cambiar cuanto antes. Pero, ¿cómo? Necesitaba eliminar esta soledad, cambiar mi destino: mejorar.

La rueda no podía haber empezado a girar, no podía ser demasiado tarde. Era ahora cuando sabía lo que tenía que hacer y como lo quería. Estaba dispuesto a hacer lo que fuera para conseguirlo y no habría nada que me lo impidiera.

Estaba tocando fondo y eso me sirvió para no hundirme más. Para que con cada nuevo sol las esperanzas de triunfar en la vida ganaran terreno frente a la pobreza. Para que en mi corazón se extinguiera el sentimiento de Jenny y surgiera otro, mucho mas poderoso, que me incitara a ser mejor persona y cambiara mi situación actual.

Sabía que era lo que tenía que hacer, y aun sin encontrar la forma, no habrían barreras que me harían dudar. Desde aquel instante dejé a un lado mi actitud poco ventajosa y me impuse metas con el fin de mejorar cada pequeño detalle.

Cuando ya no podía estar peor. Cuando creía no haber solución y comenzaba a perder las esperanzas. Entonces, solo entonces, renaciendo de mis cenizas, me di cuenta de lo que era, de lo que podría haber sido y de que mejorando cada momento de mi vida, podría cambiar mi destino.

Lo había comprendido todo desde que entendí lo que me quería transmitir mi familia y a donde esta situación me conducía. Y estaba decidido a  no dejarme arrastrar por lo que me había arrastrado hasta ahora. El entenderlo supuso el deseo de mejorar.

En mi mente ya no se encontraba ella, ocupaba su lugar ahora el deseo de cambiar, el deseo de ser alguien en la vida, el deseo de seguir adelante.

Había hecho lo más difícil: había abierto los ojos. Ahora empezaba una larga travesía entre el bien y el mal, entre la pobreza y la prosperidad económica, entre la vida y la muerte.

Estaba seguro: había alguien ahí arriba, que me estaba ayudando a salir de esta. Era él quien me lo había enseñado todo. Miré al cielo por la ventana y dije:
-No te defraudaré.

 
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