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Néstor Pozzoli Participante en el I Premio Cabral de Literatura

 
Autor: Néstor Pozzoli
03/01/2011
Relato a concurso en el I Premio Cabral de Literatura
LÁZARO

F

inalmente, el fin.

Mi vida ha completado su círculo. Estoy inmóvil. Tubos transparentes entran en mi cuerpo para ejercer un extraño comercio de fluidos que ingresan y egresan según las órdenes de una voluntad remota. Cables pegados a mi piel dan testimonio de los detalles de mi proceso de extinción. La sala me acuna con los rítmicos bip de los aparatos de monitoreo. Mi cuerpo gira hacia la derecha. Sin darme cuenta, mis rodillas suben hasta tocar mi mentón.

Al ingresar a la sala me atormentaba la sed de aire y mi cabeza parecía girar vertiginosamente. En esos momentos  recordé haber leído alguna vez que en el parto, el feto pasa por sufrimientos parecidos mientras atraviesa la pelvis de su madre para salir al exterior. El nacimiento del bebé es precedido por la muerte del feto. Me pregunté entonces: —”Este morir de ahora ¿será el nacimiento hacia dónde? —  Ahora, en cambio, mi destino me importa poco. La vida no es más que un fugaz instante entre dos eternidades.

El temor se ha ido; mi destino ya no está en mis manos. Personas competentes se ocupan de mí; han asumido mi miedo y el de mis vecinos. Para combatir su propia angustia, reducen el problema de mi supervivencia a una serie de metas numéricas. Sólo se trata entonces de subir mi presión, bajar mi potasio, estabilizar mi glucosa.

Me visitan familiares y amigos; se detienen a tres pasos de mi cama, con evidentes deseos de escapar. No saben qué hacer con sus manos; algunos arriesgan una caricia  forzada y breve. Los compadezco; aquí se les hace muy difícil conservar la ilusión de inmortalidad e ignorar la inevitable aniquilación que los espera más  tarde o más temprano.

Un cura consigue asustarme prometiéndome que seguiré siendo yo mismo durante toda la eternidad.

Veo a mi mujer llorar por primera vez en muchos años. No puedo sentir pena por ella; estoy ocupado en seguir de cerca el ocaso de mi vida. Voy soltando amarras; mis vínculos con el mundo se van desvaneciendo. Abandono sin pesar todo lo que me perteneció. Ahora comprendo que este nefasto apego a la vida fue el origen del terror que estuvo siempre latente en mi interior, desde el primer llanto fuera del vientre de mi madre Hizo falta toda la fuerza del instinto para hacerme afrontar las angustias y dolores de la existencia.

Repaso mi biografía y veo que pasé casi todo mi tiempo abrumado por compromisos y obligaciones que ahora  se me antojan insignificantes. Mi mayor error fue tomar todo con tanta seriedad. Las vidas humanas tienen la frivolidad de un parque de diversiones, y  la mía en particular se asemeja a un viaje en el tren fantasma. La comencé esperando aventuras extraordinarias, pero todo se redujo a unos cuantos sacudones y sobresaltos, y ahora estoy abandonando el juego con la impresión de haber sido estafado.

La realidad de la sala es un devenir constante en el que no se advierte el paso del tiempo,  y me va aclimatando a la atemporalidad que se aproxima. Mi cama es un bote a la deriva.

Lo que pasa a mi alrededor ya no me concierne. Se aproximan y se alejan siluetas vagas que no me molesto en identificar. Mi atención está cautivada por mi respiración, que se va haciendo más y más leve. La paz está en la quietud total, y ése es mi objetivo.

Alguien me introduce un tubo por la garganta; me debato en un violento acceso de náuseas y toses, pero mis manos están sujetas. Intento protestar de alguna forma, pero es inútil. Mi conciencia se nubla, y mi último pensamiento es que no estoy muriendo con dignidad.

Después la oscuridad total, interrumpida a veces por breves visiones crepusculares de personas trabajando sobre mí, mientras el aire fuerza una y otra vez su paso hacia mis pulmones a través del tubo.

La percepción del mundo retorna lenta, dolorosamente. Siento una molestia en mi garganta, pero el tubo ya no está. Tan sólo debo soportar una mascarilla sobre mi cara y una aguja insertada en mi brazo. La horrorosa sed de aire que me atormentaba el día de mi internación ha retornado. . Mis músculos se debaten para producir una respiración gorgoteante.

Mi corazón estropeado golpetea en mi pecho en forma irregular. El médico de la sala se acerca para  decirme que ya ha pasado lo peor y que pronto seré trasladado a una habitación común. Por algún motivo parece satisfecho.

Y allí está nuevamente, implacable, la antigua ansiedad intentando anticipar un futuro que vuelve a ser incierto. Ha retornado el miedo a la muerte y la porfiada lucha por sobrevivir. Trato de adaptarme a la crueldad de esta  postergación, y busco en mi interior la fuerza que necesitaré para volver a recorrer el camino.

Poco después salgo de la sala en una camilla. Al pasar frente a la cocina me llegan olores que ya había empezado a olvidar. Una ventana me reconcilia con la luz del sol. Me pregunto si alguien se habrá acordado de cubrir mis canteros por las noches para protegerlos de las heladas.

 
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  Autor: Ruben Martino 13/08/2012
  Carente absoluto de sentimiento,solo la descripcion tecnica de alguien en esa situacion,me parecio malo,sobre todo cuando el homenajeado hablaba desde el amor.Esto no tiene nada que ver  
  Autor: Hector Basualdo 16/08/2011
  Sinceramente no me gusto para nada. Es una mezcla de tecnicismos mas similiares a un libro de medicina que a un relato sensible. Falto de sensaciones, carente de lo atrapante ded un cuento. No llega siquiera a inquietar a quien lo lee. Flojo