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Autor: Paula Zendejas
06/04/2009
SE ACERCAN LOS 38

S

e acercan los 38, y duele. Duele, pero a la vez invita sin remedio a la reflexión; a un recuento de lo que se ha hecho y de lo que no. De los aciertos y los errores, y por supuesto de los amores y desamores. Espero no caer aquí en calificativos o etiquetas de las que después me arrepienta (aunque siendo sincera, de muy poco me he arrepentido desde 1971) porque últimamente esto de los parámetros de lo que está bien o mal me desquicia, de lo que es normal o lo que deja de serlo. Congenio mucho al respecto con Savater cuando le dice a Amador que no hay cosas buenas o malas, sino adecuadas e inadecuadas. (Para quienes no conozcan a Savater, se han perdido de bastante).

Hoy el tema del perdón me ha rondado muy de cerca, por qué? Quizá porque tengo algunos pendientes. Me divorcié un año después de haberme casado con un hombre que nunca amé. Lo sé, fue una locura (y no lo digo en sentido figurado, lo hice en medio de una fase depresiva de mi trastorno, así que en términos objetivos fue algo que hice sin estar en mis cinco sentidos). El final fue terrible, con el inicio de un odio recalcitrante hacia mi persona y, además, bien merecido por razones que ya no vale la pena mencionar –o quizá valgan la pena pero no me da la gana porque también duelen y mucho-. Esto ocurrió hace seis años. En alguna ocasión, pasados no sé si dos o tres años, mi ex marido me citó en un café y con actitud muy elocuente me dijo: “vengo a decirte que ya te perdoné”. Mi respuesta fue inmediata y no menos elocuente que la suya: “pues muchas gracias, pero yo a ti no”.

Y se lo dije pensando en dos cosas: una, que no era cierto lo que me estaba diciendo, porque no se le puede engañar a un mentiroso y yo fui mentirosa muchos, muchos años. Además se necesita ser casi santo para perdonar lo que yo le hice, pero en fin, me estoy desviando. Mi respuesta, la que venía de mi falta de perdón hacia él tenía otras causas, muy distintas a las que había provocado su odio hacia mí, pero finalmente igual de válidas –o al menos eso creí y sigo creyendo-. Cuando comenzó su odio, lamentablemente comenzó también el mío, porque en un primer momento recibí tal paliza física que terminé en el hospital y gracias a ello estoy privada del sentido del oído en un alto porcentaje. Sin embargo, las palizas psicológicas que han venido después han sido mucho más dolorosas. Al principio con el afán de recuperarme, o mejor dicho y en sus propias palabras “recuperar a la familia que él había formado y yo desbaratado”; después, cuando agotó sus recursos de buen samaritano para someterme, comenzó a utilizar el peor, el más asqueroso de los métodos de convencimiento que conozco: la manipulación. Y eso ha hecho hasta hoy, seguir manipulando. El problema es que lo hace siempre poniendo a nuestra hija de por medio (que por cierto sacó mención de honor en semestrales con promedio de diez cerrado, digna hija de Lara). Por eso es que en aquel café no pude decirle: yo también te perdoné ya. Y por eso no podría decírselo ahora, porque Lara jamás dice lo que no siente, quizá por eso está tan sola, pero ésa, para variar, es otra historia.

Lo que hoy quiero y en verdad espero, es que muy pronto Dios me ayude a encontrar ese algo que no conozco, que no sé cómo se llame, que me sirva de herramienta para perdonar, porque mucha oración no me ha servido de mucho y procurar expiar mis culpas con bondades en terceras personas tampoco. El resentimiento es un costal que pesa, pesa mucho y, saben? Lara está exhausta.

 
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