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Autor: Antolín Castro Cortés
09/01/2015
EL ANTÍDOTO CABRAL

E

n Madrid, un día de la vida.

He parado un momento en la recogida. Recuerdos, objetos, papeles, reposan antes de ser amontonados en bolsas camino de no se sabe dónde. Al tiempo, sobre mi cabeza se agolpan las vivencias. Treinta años dan mucho de sí. Muchas historias se han producido en este tiempo y con ellas se ha ido fraguando una vida. Una vida llena de alegrías, tristezas, sinsabores, éxitos y, sobre todo, una acumulación de experiencias. Una vida entera dedicada a un trabajo, a una empresa. Yunque sobre el que ha ido golpeando mi ilusión y mi entusiasmo por forjar una trayectoria cuajada de lealtad, y que hoy ve como se cierra la puerta tras mis pasos. Recojo mis cosas. Una carta sin alma me sugiere el camino de la calle y me indica, tras rebuscada redacción, que me abstenga de volver a entrar en el centro de trabajo.

A una velocidad de vértigo se repasa la película. Una vida de trabajo. Ha sido tan intensa que podría optar a un oscar. Pero las multinacionales lo ocupan todo, lo quieren todo y en su constante depredar, ignoran, olvidan que lo que ellos compran está lleno: lleno de vida. Bastaría con pararse unos instantes, hacer un poco de silencio en su constante conteo del dinero y se oirían perfectamente los latidos de los corazones de quienes impulsan el negocio que ellos compran.; también los quejidos de lo que ven como hoy se recortan las manos que modelaron hasta ayer el botín que ahora se llevan.

Decía que he parado un momento en la recogida. Hay que aprovechar el momento en este espacio que me presto. Casi sin darme cuenta, transportado por la fe de quien sabe que sus valores no coinciden con los de quienes le han escrito la carta, me he acordado de ti, permíteme, amigo Cabral. Me hace falta tu recuerdo. Es un momento adecuado para evocar tu memoria, tu forma de ver la vida.

“Cada mañana es una buena noticia,....” Con esta frase, tan tuya, comencé a explicar a mi gente, hace ya unos meses, que los que escriben esas cartas me apartaban de la vida que supone el trabajar. Pero como la máxima expresión del trabajo, es decir; hacer labor para el disfrute y la mejora de los demás. Hoy, en estos instantes duros donde la lágrima dolida inunda la visión de corto y la soledad te puede, pienso en Cabral y abandono al momento mi enfado. Y te evoco y, entonces, percibo que todo cambia y recuerdo cuando dices que el dinero se da a quien lo necesita. Yo, como tú, que necesito más libertad, por eso Dios me hace más libre. La necesito para vivir; para trabajar.

Evocar a Facundo Cabral es encontrarse a si mismo. Es el antídoto que todo lo cura. Sirve para todo, pues se adentra en las raíces del alma, donde no se entiende de egoísmo ni de penas. Y te encuentras, y una vez encontrado todo cambia. Te vuelve la sonrisa y el momento duro ya es bello, y al recoger tus cosas,  tus recuerdos, te reencuentras contigo, con tu vida, con el amor al trabajo, tus obras mejor logradas. Y al tiempo, a llevártelos consigo, despojas a los de la carta por necios, de todo aquello que odian, pues lo ignoran, el amor al trabajo por el trabajo, y no por el beneficio que obtienen. Y descubres que lo tienes todo, pues te esperan aquellos que te aman, tu esposa y tus hijos, tus padres, tus amigos, los animales y las plantas. Y con toda esa fuerza vital empezarás de nuevo, y no habrá nadie que te pare, ya que la fuerza reside en uno mismo, en lo que eres no en lo que te dan o te nombran ligero entonces de tan pesada carga.

El antídoto Cabral ha hecho su efecto. Por última vez quiero mirar la tarjeta de visita que he usado hasta ahora mismo. La mirada borrosa por la lágrima dolida percibe que va desapareciendo el cargo que ostentaba, más arriba el anagrama de la empresa se adivina que se borra lentamente. Hay que cerrar los ojos pues es mucho el daño que se vive. Pero al abrirlos sólo espera una sorpresa, sobre la cartulina ya blanca y pura, indeleble, mi nombre si permanece. Con él y lo que encierra se construirá el futuro. Nadie te despoja de lo que más te vale, tu mismo. El antídoto Cabral ha funcionado.

Ilusionado de nuevo, me apresuro a pensar que debo hacer mañana y pasado mañana y entonces recapacito y recuerdo que como decía la madre de Facundo Cabral, Sara, yo me ocupo del presente, pues el futuro es cosa de Dios. Y también como tan sabia mujer, nunca utilizaré agenda, pues todo lo que hay que hacer me lo recordará el corazón. No está escrito en ninguna parte.

Cierro mis bolsas. Sonrío y sé que me espera una vida fantástica, a pesar de la carta, hoy también ha amanecido. Eso es una gran noticia. El día de hoy es sencillamente la antesala para el día de mañana, es decir, a la espera de  un mundo mejor.

Hagamos caso al maestro Cabral. ¡¡HAY QUE SER FELIZ, DE LO CONTRARIO, AMARGARÁS A TODO EL BARRIO¡¡

La felicidad, un antídoto para todos.

 
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