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Autor: Mari Carmen Sánchez Vilella
24/12/2014
ANATOMÍA DE UNA MIRADA

E

s curioso lo que puede llegar a recordar una persona. Algunas veces no nos acordamos ni de lo que comimos el día anterior. Y otras, evocamos un recuerdo con todo lujo de detalles.

Según leí hace poco y estoy parafraseando, “la intensidad de un recuerdo, es proporcional a la emoción vivida en aquel momento”.

La verdad es que aquel día, y en concreto aquel momento, lo viví con mucha emoción. Me refiero al momento en que su mirada se cruzó con la mía. 

A penas duró un minuto. Qué digo un minuto. Creo que no fueron más de diez segundos. Sin embargo, pareciera que el tiempo se detuvo. 

Durante ese breve pero intenso instante, no existía nada, absolutamente nada más que sus ojos. Al menos, para mí.

Estábamos a escasos metros. Yo acababa de levantar la vista de mi ordenador portátil. Él se acababa de sentar con un libro en la mano, justo en frente de mí.

Se me ha olvidado mencionar que esto sucedió en una biblioteca. Por aquel entonces, yo tenía que preparar un trabajo, del que la verdad, no recuerdo nada. Sin embargo de su mirada… ay, su mirada.

Recuerdo que pensé que tenía los ojos muy bonitos. Si no hubiera sido así, no me hubiera quedado mirándole como una tonta.

Tenía el iris de un color pardo rasgado. Una mezcla entre marrones y grises. Algo, que no había visto hasta ese momento. Si bien es cierto, que no soy de las que va observando los ojos de la gente. Más bien me gusta mirar por dónde piso.

La pupila le ocupaba gran parte del ojo. Negra azabache. Sí, como todas las pupilas del mundo. Pero éstas en concreto tenían un brillo especial. Como si hubiesen sido bañadas en barniz.

Las pestañas eran largas, al menos, más largas que las mías. Ya sé que cada parte de nuestro cuerpo está diseñado con una finalidad. Y que las pestañas en concreto, tienen la misión de ayudar a proteger el ojo. Pero las suyas, parecían estar creadas para acariciar el aire.

Creo que lo que afea o embellece a un ojo, es todo lo que le rodea. Es decir, los párpados, las bolsas u ojeras, las patas de gallo…

En su caso, los párpados no estaban caídos. Tampoco es que los tuviera tan plegados que diera miedo mirar. No. Eran perfectos.

No tenía bolsas ni patas de gallo. Aunque sí algo de sombra bajo sus ojos, seguramente, fruto de las horas de estudio.

Recuerdo que tenía un pequeño lunar justo al lado de su ojo derecho. No, era el izquierdo. Ay que lío… a ver, si estaba en frente de mí, entonces… vale, era su ojo derecho. Pero era tan mono, que si lo hubiera tenido también en el izquierdo, no hubiera pasado nada.

Sus cejas estaban bastante pobladas, pero bien peinadas.

Ah, qué cejas, qué párpados, qué ojos, qué mirada…

Me estremezco solo de recordarla. 

Ojalá pudiera tenerla en frente de nuevo. Aunque solo volviera a ser un minuto.

Digo… diez segundos.

 
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