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Autor: Mari Carmen Sánchez Vilella
06/12/2014
ANA VOLVIÓ A LA VIDA

A

na se consumió. Se consumió lentamente. Como se consume la cera de una vela. Como se consume el fuego de una hoguera… Así se consumió, silenciosa y dolorosamente, esperando el regreso de Iván.

Le robó el peso a su cuerpo y lo llenó de sufrimiento. Buscó entre las sábanas los trozos de su corazón. Pero no los encontró.

Pasó mil y una noches preguntándose por qué. Aunque, en realidad, no quería saber la respuesta. Solo quería que Iván volviera. Nada más.

Paseó por su mente todo cuanto pudo recoger de su recuerdo. Es decir, todos y cada uno de los segundos que pasó junto a él. Pero también comenzó a inventarse una nueva vida.

Una nueva vida para él. Se inventó amistades nuevas (para él), parejas nuevas (para él), nuevas noches apasionadas (para él y otras mujeres)…

Ana se perdió entre sus lágrimas. Se perdió entre sus delirios e invenciones. Pero además, fingía que no le importaba. ¡Por Dios, ¿cómo no le iba a importar?! ¡Si su mundo llevaba tiempo girando alrededor de Iván!

Se dejó consumir por su ausencia. Una ausencia que se había convertido en el punto de inflexión entre su mente y su corazón.

Poco a poco se dejó atrapar por el lado más sombrío. Porque, al principio lo aceptó. Sí, le dolió. Por supuesto que le dolió, pero lo aceptó. Pero llegó un momento determinado en que el pánico se apoderó de ella.

En muy poco tiempo pasó por multitud de estados de ánimo. Un día se levantaba pensando que lo mejor era guardar la distancia y el siguiente día decidía que no había por qué alejarse.

Un día creía que no hablar con él sería lo mejor y al día siguiente le daba los buenos días.Lejos, cerca. Lejos, cerca. Sí, no. Sí, no…

Se hacía mil y una preguntas: “¿Y si ya no quiere volver a estar conmigo nunca? ¿Y si se enamora de otra? ¿Y si ha dejado de quererme? ¿Y si…? ¿Y si…? ¿Y si…?

Se volvió loca de celos. Nunca antes había experimentado esa sensación. Creía que se moría con cada palpitar. Pensaba que ya no valía la pena vivir, ahora que ya no estaba Iván a su lado. Se consumió, sí. Como jamás había pensado que podría llegar a pasarle.

Pero una tarde, una de tantas en las que lo único que le apetecía era pasar las horas, o los minutos, o incluso un segundo con Iván; algo cambió en su interior.

Empezó a hablar consigo misma, reprendiéndose por su comportamiento. Se preguntó cuánto hacía que no paseaba en soledad. En seguida se respondió que, después de que se marchara Iván, no había vuelto a pasear junto a nadie.

“No, sola. Tú sola”, se volvió a preguntar. Por un momento se sintió desconcertada.

Ana paseaba sola y comía sola y dormía sola y... todo sola. Sola y triste.Tardó poco en entender lo que quería decir aquella expresión.

Y es que, en verdad paseaba sola y comía sola y dormía sola, pero siempre estaba Iván. Siempre Iván. En su pensamiento no había sitio para nada ni nadie más que no fuera él. Él y, por supuesto, su ausencia.

Fue entonces cuando Ana decidió acercarse a la orilla del río y pasear por la rambla.

No esperaba nada en concreto, solamente intentar pasar lo mejor posible aquella tarde, en la que, por supuesto, Iván no le había dedicado ni un segundo de su tiempo.

Simplemente comenzó a poner un pie delante del otro y se dejó llevar.Al poco tiempo de estar caminando, comenzó a hablar de nuevo consigo misma. “¿Ves?, no se está tan mal, ¿verdad?” “Habías olvidado lo que se sentía, ¿eh?” “¡Adelante, disfruta!”

Y, como por arte de magia, Ana comenzó a sonreír. Miró a su alrededor y fue plenamente consciente de dónde estaba: era su lugar favorito. Allí donde no necesitaba nada, donde no necesitaba a nadie. Allí donde era ella. Donde era ella.

Se dio cuenta del tiempo que había estado perdiendo, de todas aquellas personas que se habían quedado sin una parte de ella. Se dio cuenta de que se había perdido. Se había perdido.

Recordó todos esos sueños e ilusiones que un día tuvo. Mientras pensaba en ello, se le iluminó la cara y su sonrisa se hizo más amplia. Se acordó de aquellas frases que repetía antaño: “Cada día es como una vida en miniatura” “Comienza cada día como si fuera una fiesta”… Se horrorizó al contar todas las vidas que había dejado pasar, todas las fiestas que se había perdido...

Y así fue. Así de simple. Ana volvió a la vida. Sí, volvió a vivir para recuperarse a sí misma y no para intentar recuperarle a él. Cada día se dedicaba más a ella y a hacer las cosas que le gustaban y que había dejado de hacer. Y, aunque en ningún momento se arrepintió del tiempo que pasaron juntos, sí se dio cuenta de que se dejó “atrapar” por el mundo de Iván, renunciando, sin ser ella consciente, a su propio mundo.

Ahora solo el tiempo sabrá si de nuevo volverán a estar juntos. Solo el tiempo sabrá si volverán a cruzarse sus caminos.

Por su parte, Ana aprendió una valiosa lección, camuflada, eso sí, en un inmenso dolor, pero totalmente necesaria.

Y es que, no importaba si volvía a caminar junto a Iván, si volvía a rehacer su vida con otro hombre o si continuaba viviendo en soledad; jamás, jamás permitiría que se volviera a consumir su esencia.

 
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