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Autor: Nerea Peris Brines
04/04/2009
CAFÉ HELADO

L

as lágrimas corrían raudas por sus mejillas, sus sollozos incontrolables morían contra la mullida almohada que abrazaba. Los recuerdos teñían cada una de las gotas de rocío que descendían de sus ojos y la nostalgia se apoderaba de cada rincón de su alma, sumiéndola poco a poco en un profundo abismo del que no había escapatoria.

Levantó la cabeza ligeramente, el olor dulzón del café que habían preparado esa tarde aún empapaba cada rincón de la casa, al igual que lo hacía cada mañana de antaño, cuando aún había una taza caliente para desayunar y un periódico doblado en la sección de deportes encima de la mesa.

-¡Ya estoy en casa!-una voz en la lejanía la devolvió a la realidad. Observó vagamente a su alrededor. Su cama seguía en el mismo sitio, el escritorio, lleno de papeles y lápices seguía en aquél rincón empapelado de pósters de sus cantantes favoritos. El piano, como siempre, enfrente de ella, llamándola, pidiendo a gritos ser acariciado de nuevo por aquellos largos dedos repletos de sentimientos contenidos. Apartó la mirada y la concentró en la puerta. Había oído una voz y ahora unos pasos se acercaban. ¿Quién sería? pensó desconcertada. De pronto una luz se encendió entre la neblina que poblaba su mente. ¡Mamá! Había vuelto a casa antes de lo esperado. Rápida como el viento, se levantó, se secó las lágrimas con el dorso de la chaqueta que aún llevaba puesta y se arregló el pelo. Mientras se iba abriendo la puerta de su habitación, cogió el primer libro que encontró y fingió concentración. Pocos segundos después, su madre hizo su aparición.


Nerea Peris, nos regala su cuento con el que ganó el primer premio en el Concurso de Narrativa de La Valldigna.

-Cariño, ¿qué haces? –la hija siguió con la mirada baja, intentando ocultar la hinchazón de sus ojos y la humedad de sus mejillas.

-Estaba leyendo un libro, mamá. Está muy interesante.-la madre sonrió, con una alegría que no le llegaba a los ojos.


-Me alegro de que te guste. Voy a preparar algo de cenar, ¿de acuerdo?-ella sólo asintió, incapaz de seguir hablando.

La puerta se cerró, y las letras impresas se volvieron borrosas, ahogadas por un rocío que arrasaba indiscriminadamente todo a su paso: Recuerdos, memorias, nostalgia, culpa, pasado, presente…futuro.

Observó la fotografía impasible, su rostro una máscara del más puro cemento. A ojos ajenos, aquella muchacha de cabellos oscuros y mirada almendrada, era la muestra más perfecta de calma y firmeza. Nada parecía perturbarla, nada parecía importarle. Reía con la más fría de las risas y pronunciaba siempre las palabras exactas. Ni una más, ni una menos. Era como un gran iceberg, como un muñeco de nieve que creen los más inocentes que nunca se derretirá y que, sin embargo, lleva deshaciéndose desde el primer momento de su nacimiento. Sus duras facciones no dejaban traslucir ni una pizca de sensaciones. Como una caja vacía, observaba alrededor con mirada helada y expresión seria. No importaba, a ojos ajenos, nada le importaba.

Y no obstante, como el gran muñeco de nieve, ella se deshacía con cada pedazo de recuerdo que acudía a su mente, con cada risa pasada que turbaba sus oídos, con cada voz parecida a la de él. Se deshacía cada vez que notaba cómo la fría cadena de plata rozaba su pecho, cerca de su corazón y su máscara de hueso se volvía más fuerte siempre que aquellas dagas puntiagudas que son los recuerdos atravesaban su alma.

Pero sabía que debía mantener las apariencias, sabía que no debía dejar que nadie se adentrase en sus pensamientos y descubriese el dolor que explotaba en sus venas a cada segundo. Porque había que seguir adelante, había que dejar el egoísmo de lado, pensar en las necesidades de los que aún estaban con ella, arroparlos y hacerles reír, como antaño él hiciese.

Alguien se acercó a ella y le tomó la mano. Giró el rostro, aunque sabía de antemano a quién se iba a encontrar. Su mejor amiga le devolvió una sonrisa triste, eclipsada por las gotas marinas que rodaban por sus mejillas. Sin hablar, pues no hacía falta, las dos se fundieron en un abrazo de hermanas, transmitiéndose así calidez y esperanza. Una esperanza perdida hacía tiempo entre una marea de impotencia.

-Sigue estando aquí, con nosotros.-le susurró su casi hermana, estrechándola con fuerza-Siempre lo estará, recuérdalo, Nadia. -la susodicha asintió repetidamente, intentando guardar esas palabras, deseando que fuesen ciertas.

-Gracias por todo lo que has hecho por mí, Cris -musitó Nadia con la voz quebrada. La muchacha le guiñó un ojo, llorosa.

-Para eso estoy, mi ama-bromeó, consiguiendo arrancar una pequeña carcajada de su amiga.

-Claro, esclava-terminó el juego la otra. Las dos se miraron y se sonrieron con sinceridad, mientras se encaminaban de nuevo hacia la pequeña capilla.

-¡Mamá, le has puesto demasiada sal!-Nadia miró enfadada a su pequeña y quejica hermana.

-Pues la próxima vez cocinas tú, enana-respondió antes de que pudiese hacerlo su madre. Ésta rió por la reacción de la mayor y le besó la mejilla.

-No te pongas así, cariño. Ya sabes que Lucía es un poco quisquillosa.-la joven bufó, disgustada porque su mimada hermana siempre se saliese con la suya. Le lanzó una mirada de odio a la pequeña, que le sacaba la lengua satisfecha de seguir siendo una malcriada, y se levantó de la mesa, recogiendo sus platos y cubiertos.

Se apresuró a llegar a la cocina de forma discreta, para evitar que su madre y hermana se percatasen de su jugarreta, pero esta vez no tuvo suerte.

-¡¡¡Eh!!!!-oyó la voz infantil de Lucía chillar y muy a su pesar, soltó una risita. A veces era tan graciosa.- ¡Hoy nos toca a mamá y a mí lavar los platos! ¡No es justo que Nadia lo haga dos días seguidos! ¡¡No es justo!!

Su madre rió de buena gana mientras cogía a la chiquilla en brazos y la llevaba hasta la cocina.

-Hoy vamos a hacerlo todas juntas, ¿qué os parece?-las dos hijas soltaron un grito de guerra y empezaron una pequeña batalla que acabó con todo el jabón esparcido por la habitación y unas cantidades ingentes de risas soltadas.

Una hora después, luego de haber acostado a Lucía, que empezaba el colegio al día siguiente, madre e hija se pusieron a limpiar la vajilla que, con tanto jugar, había quedado por hacer.

-Cariño, ve a ver la tele un rato, mamá hará el resto.

Nadia la miró desconcertada.

-¡Ni lo sueñes! Sé que lo que quieres es hacer tú sola todo esto, pero no te dejaré ese placer a ti-y acto seguido se puso a reír, acompañada poco después por su madre.

Al mismo tiempo, en el infinito cielo teñido de brillantes luces, la diosa de la noche observaba majestuosa su reino y su luz, misteriosa y atrayente, se colaba en los corazones de todos aquellos que la admiraban. Como en el de la pequeña Lucía, que apretando una fotografía contra su pecho, susurraba dulcemente la frase que hacía que su mamá y su hermanita hubiesen vuelto a sonreír:

“Mientras nosotros estemos, tú seguirás viviendo… Buenas noches, papá”.

El olor dulzón del café volvía, ahora, a impregnar cada rincón del hogar.

 
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