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Autor: Javier de la Nava
03/12/2013
ENGANCHADOS A LA PALABRA

S

egún el diccionario de la RAE narrar es contar, referir, relatar lo acontecido, para ello se vale de las palabras como herramientas. Este año se celebra el tricentenario de la creación de la Real Academia de la Lengua. Guardiana de la palabra, ve como la misma guía o desorienta, cura o mata, abre o cierra, tranquiliza o aterra, duerme o despierta, pero siempre rasga la gruesa tela del desconocimiento. En ocasiones, con mis amigos Enrique Martín y Alberto Martín Baró, he comentado las  sensaciones que me producen las palabras, su dual significado: en el diccionario o en la calle. El particular uso y abuso de aquéllas por los narradores provoca el “daño colateral” de la risa, efecto sobrevenido de la mano de la improvisación. Como señala Juan José Millás, autor de la obra “La Lengua Madre”, magníficamente interpretada por Juan Diego, “las palabras dirigen la vida de los hombres, lejos de conquistarlas, son ellas las que nos colonizan”. Uno y otro pulieron el texto y perfilaron un personaje entrañable y tierno, de esos que nos encantaría tener como vecino, un humilde narrador a años luz de los manipuladores e impostores profesionales de las palabras que pululan por los medios de comunicación.

Hace tres siglos el marqués de Villena  fundó la Academia de la Lengua, guardiana de la palabra en el idioma español, al que “pule, fija y da esplendor”, según se autodefine. Su actual sede está ubicada en un palacio proyectado en 1890,  próximo al Jardín Botánico y vecino de la Iglesia de los Jerónimos y del Museo del Prado. El rojo intenso de su fachada envuelve un pórtico central de cuatro columnas dóricas rematado por un sobrio frontón, rodeado de un cuidado jardín que aporta al conjunto una sencilla belleza. En su interior todos los detalles, por humildes que sean, rezuman  historia. Por los alfombrados y pulidos peldaños de sus escaleras han caminado prácticamente todas las glorias literarias hispanas, incluido nuestro antiguo convecino Ramón Menéndez Pidal. En cada perchero de latón, en los confortables sofás o en las mesas de trabajo de maderas nobles, aparece escrito en cursiva el nombre del académico o académica al que está asignado. Algunos de estos escritorios  fueron construidos por el fabulista Hartzenbusch, quien entre fábula y fábula dedicaba a la ebanistería parte de su tiempo libre. Las estanterías acogen cientos de miles de libros con lomos de tonos cálidos y relucientes nombres dorados. El mobiliario de este santuario de la palabra escrita y hablada proyecta respeto e invita a una sosegada reflexión, entorno perfecto que da la bienvenida al mundo a aquéllas, acogiéndolas y arropándolas en el complicado momento de su nacimiento. La vida se abre ante ellas y ellas se entregan a la vida.

En el último decenio se han procesado 60.000 nuevos vocablos, seguro que alguno de ellos los hemos oído en estos trece años en las múltiples interpretaciones realizadas en nuestros centros culturales. En el camino hasta la incorporación definitiva al diccionario, previamente al erudito análisis de los académicos, intervienen la inspiración propia,  ocurrencias personales o  sugerencias de colegas, frases oídas al pasar, la contemplación estática o en movimiento de circunstancias que nos rodean. De pronto, espontáneamente, el caótico magma de sensaciones originales se ordena y surge la palabra como un dibujo de lo que representa. “Lo importante no es el nombre de las cosas, sino lo que significan”, decía Antonio Machado. En su infinito universo semántico, la denominación, su seña de identidad, las unirá de por vida a un concepto y a unas emociones, que hábilmente manejadas por los narradores permitirá a los escuchantes seguir enganchados a la palabra.

 
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