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Autor: Nilda Machado
04/11/2013
FLORES

E

n estos días millones de personas han visitado el Campo Santo en que, por supuesto querían honrar la memoria de sus seres queridos con su recuerdo. Allí dejaron sus oraciones para los seres que amaron y que nos precedieron en ese viaje que todos tenemos asegurado. No soy, así lo confieso, una “devota” asistiendo al cementerio puesto que, es cierto que existen muchas personas que, casi a diario, allí acuden para recordar a los suyos. Yo les recuerdo de igual modo pero, no dejo de reconocer la paz que allí dentro reina.

Era un día radiante en el que, para mi fortuna, como siempre me sucede cada vez que allí acudo, cientos, miles de ramos de flores adornan las tumbas de aquellos que se nos adelantaron en el camino. Flores que adornaban lo que yo llamaría la “casa eterna” porque allí estarán todos eternamente. Flores que me hicieron reflexionar. Flores que pude oler; flores que me llenaron el corazón; flores que alegraron mi vista; flores que me sabían al homenaje más bello; flores entregadas con amor, con ese recuerdo maravilloso hacia los seres que tanto amamos y que nos dejaron para siempre.

Y en dichas reflexiones que allí me hice, hasta tuve el valor de pensar que, ¿cómo es posible que seamos capaces de honrar a nuestros muertos y seamos incapaces de hacerlo con los vivos? Siempre se dijo que, para ser bueno no hace falta otra cosa que morirte. ¿Cabe dislate mayor? ¡Qué buena persona era! Decimos todos cuando estamos frente a la tumba de alguien. Claro que, la reflexión viene ahora: ¿Fuimos nosotros buenos antes con dicha persona que ahora alabamos? Esa es la lectura que ayer pude tomar mientras oraba en el Campo Santo. ¿Tuvieron en vida, todos los que ahora están muertos, el reconocimiento que se merecían por parte de los suyos? Llorar al muerto es lo más sencillo del mundo; lo difícil, como la vida nos demuestra, es saber reír junto a los vivos.

Esa paz que sentimos en el Campo Santo es la que deberíamos de gozar en nuestras casas, en nuestras calles y plazas para que todos viviésemos llenos de alegría para, como diría el poeta, cantando, esperar a la muerte. No esperemos decirles que te amo a nuestros viejitos una vez que hayan muerto, que lloremos tras su pérdida; riamos junto a ellos mientras les tengamos vivos, digamos ese te amo en cada instante de nuestras vidas para que ellos lo disfruten en plenitud que, llenos de amor, sin duda, les estaremos preparando para la muerte pero que, una vez que ésta les llegue –y nos puede llegar a cualquiera- les encuentre dichosos y felices.

Hagamos este tránsito que es la vida, un bello camino hacia la eternidad; un tránsito que solo se puede hacer con amor, con respeto hacia los que amamos, para que riamos junto a ellos antes que lloremos cuando ya les hayamos perdido. Como digo y siento, regalémosle flores a los que amamos para que ellos sientan su perfume; esas flores que, llenos de vida nos agradecerán muchísimo más que cuando se las entreguemos una vez hayan muerto.

 
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  Autor: Olga Godoy 04/11/2013
  Regalar flores me parece extraordinariamente bello, pero en vivo no a nuestros seres muertos, para mi es buscar consuelo y querer expresar nuestro amor tardiamente, aunque nuestros espiritus logren comunicarse,pero es aqui donde es bueno expresarnos amor. Me encanta cultivar flores y plantas en general, por lo tanto tambien las abejas que son unos seres divinos que se alimentan de flores.