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Autor: Eyael Luca
22/03/2012
EL ÍNDIGO

F

ue su rostro el que me hizo buscarlo….ese rostro angelado de mirada profunda y aura de oro…

Mezcla de niño y de hombre, típico índigo buscando respuestas, buscando como sostenerse en este mundo de injusticias e incomprensiones.

Le tendí mi mano sin pensarlo, escuché su sueño, sequé sus lágrimas y le ayudé a abrir sus alas… y le dije: volemos… y comenzamos a volar…!!

Su risa contagiosa sembraba de campanas las paredes de la casa, su torpeza casi infantil nos distraía del letargo y su sabiduría ancestral armonizaba cualquier diferencia.

Llegó para quedarse en nuestros corazones y fue sembrando flores a su paso y liberando mariposas en cada amanecer.

Piel de canela, ojos de almendra, besos de chocolate. Todo era dulce en él, todo era amorosamente encantador.

Y comenzamos a andar por el camino de la luz, cómplices de la misma aventura, sin edades, sin tiempos, rompiendo estructuras, venciendo miedos, derribando prejuicios, ardua tarea para una maestra a la que el desanimo había vencido.

Tímidamente pero convencido fue adueñándose del sol y comenzó a colgarse de las estrellas, se hizo cómplice de mis lunas y logró conocer mi llanto, pudo abrirme el corazón cerrado por el dolor y  llenó mi jardín con su verde esperanza.

Con sus manos aladas acariciaba nuestras almas mientras su sonrisa nos hacía olvidar los desencantos y los ángeles danzaban a nuestro alrededor compartiendo la alegría.

Y yo que pensé que era un alumno..!! Era un maestro escondido que vino a sorprenderse y sorprendernos con su magia, su sabiduría y su desenfado, con su humildad y su grandeza, con sus ojos grandes que se sorprendían hasta con el canto de las aves que anidaban en la palmera.

Compartimos lágrimas y risas entre vinos y medias noches, compartimos silencios y secretos mientras las conciencias se activaban para darnos respuestas que jamás imaginamos.

Transcurrimos otras vidas, nos reencontramos con hermanos, bebimos del cáliz que ilumina y nos arrodillamos ante el Dios que nos había reunido, honramos nuestras almas y le dimos permiso a nuestro niño interior a asomarse sin miedo a la nueva aventura que de la mano de otros Maestros comenzábamos a transitar.

La casa se vistió de fiesta, todos sentimos el placer del reencuentro,  había vuelto el hermano perdido, el hijo pródigo, el que hablaba a través de la música y descalzo se quedaba meditando en el jardín…

Su locura nos agitaba y su cordura nos serenaba y con su ternura fue abriendo puertas selladas por las pérdidas y las frustraciones.

Caminaba lentamente, sonreía a todos y las calles parecían senderos floridos a su paso, todos se encariñaban con él, todos se sorprendían con su candidez, con esa casi ingenuidad de niño y esa respuesta amable siempre a flor de labios.

Su nombre ya signaba su esencia y su espíritu contagiaba su paz que no era poco después de tanta guerra.

Venía como perdido a encontrarse y nos permitió encontrarnos a todos con la misma intensidad que provoca un despertar inesperado.

Venía buscando respuestas y nos las sirvió en bandeja mientras bebía sediento de conocimiento todo aquello que se le enseñaba.

Venía a recibir y terminó dando…..

Venía a cosechar y sin embargo sembró…

Venía a limpiar su espíritu y armonizó la casa con el perfume de su ser….

Venía creyéndose poco y mostró lo mucho que era y tenía…

Venía a aprender y terminó siendo ejemplo….

Venía para irse y se quedó prendido en nuestros corazones para siempre.

Inquieto, juguetón, cálido y compañero, con un pasado duro y muchos pesos en su espalda, con culpas inexistentes y miedos que se fueron disipando a medida que su espíritu se adaptaba al nuevo hogar como que siempre estuvo ahí.

Los animales lo seguían como a San Francisco de Asís y los niños le extendían sus brazos confiando ciegamente.

De su boca solo desprendía miel aún cuando del otro lado golpearan su mejilla.

Y aún así le costaba aceptar su enorme luz y la misión que lo trajo a esta vida.

Pintó las tardes con sus sueños de colores, iluminó las noches con sus pasiones, hizo florecer los jazmines a destiempo y fue el Peter Pan que nos llevó a todos al país del Nunca Jamás donde siempre somos niños.

Hasta que llegó el día de su partida…. y todos quedamos vacíos.

La casa quedó en silencio y los pájaros prudentemente acallaron sus gorjeos…

Su azul energía solo dejó una estela celeste que cada tanto se percibe en el aire como un ángel que ronda la casa.

Y sentimos su pena tan auténtica como la nuestra, pues una vez más el hermano perdido retomaba el camino quizás para no volver.

Y fueron inevitables las lágrimas que como glicinas en flor caían de nuestros ojos aún cuando intentábamos parecer fuertes.

Y al marcharse casi, casi se lleva nuestra alegría en su mochila y casi casi nos deja nuevamente solos cerrando las ventanas que abrió con su alegría.

Pero en su nombre, en honor a que su alma nos honrara con su presencia y nos eligiera para su despertar, las  mantenemos abiertas esperando tal vez que aparezca como el Peter Pan que nos hace volar lo suficientemente lejos como para olvidarnos de los problemas o dolores que la vida a veces nos presenta.

Gracias a su luz ahora entran mariposas por mis ventanas y el humo de los sahumerios danza recordando las canciones que tarareaba en voz baja….

Gracias a su luz y al alto sentido de justicia propio de los índigos aprendimos a suavizar las diferencias y a mantener la esperanza en pie.

Gracias a sus miedos tomamos coraje y gracias a sus desenfrenos vencimos todas las estructuras que nos quedaban.

Pequeño gran hombre que viniste a sembrar sonrisas entre mis helechos y dejaste gotitas de luz sobre los azahares del limonero, hermoso índigo cuya locura fue lo mas cuerdo y hermoso que pudimos compartir….

Gracias por tu magia y por permitirnos el reencuentro.

Honra tu vida, honra tus dolores que solo fueron aprendizajes, honra tu luz y tu coraje disfrazado de miedo para que nadie lo avasallara, honra tu existencia que es paz en medio del caos, honra tu sabiduría que ha comenzado a manifestarse, honra tu fe que te mantuvo de pie a pesar de todo y honra al niño que soportó los embates para que pudieses llegar hasta donde has llegado.

No detengas tu búsqueda, no aquietes tu energía, no bajes los brazos ni dejes de seguir tu sueño, porque ustedes los índigos vinieron a abrir caminos, a romper estructuras, a sembrar justicia y a enseñar el amor…

No te quedes a mitad de camino, ni permitas que el desánimo o los mediocres interrumpan tu vuelo, no dejes nunca más que nadie te diga quien o qué eres porque ya lo sabes y lo sabemos y te honramos por ello.

Abre tus alas sin temor y lánzate al vacío, porque no estás solo, Dios siempre va contigo a todas partes y por dondequiera que vayas habrá almas que te esperan adormecidas para ser despertadas con tus besos.

No escuches a los desertores, ni a los tibios, ni a los miedosos, no escuches a los que por temor eligieron el dolor, no escuches a los que quieren acallarte ni ensombrecerte, solo escucha a tu alma que nunca se equivoca y déjate llevar por esa voz del Padre que nunca te abandonó.

Sigue soñando, sigue confiando, sigue buscando, sigue encontrando, sigue adelante sin mirar hacia atrás y si de pronto tropiezas o te caes, toma mi mano, levántate y anda pues tu nombre te guía y tu corazón ya sabe cuál es el camino.

Mi alma honra tu alma.

 
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  Autor: Ingrid Matta 23/03/2012
 
Eyael, amiga querida!

No te imaginas la emoción que me causó leer tu ensayo, vertiste todo el amor, la ternura, la luz sobre el…

Ese lindísimo “ÍNDIGO”, al que haces referencia, creo reconocerlo, se me hace muy familiar, muy allegado a mi vida, tanto como tú. Lo describiste de una forma impecable, perfecta. Su sola presencia, Eyael, su sonrisa y sus grandes ojos tenían el don de difundir paz y una alegría infinita. Un índigo lleno de amor, liderazgo, originalidad, creatividad, carisma, entusiasmo, un ser angelical, que nos ayudó a reconocer que tenemos un amigo íntimo que no conocíamos, dentro de nosotros mismos, el que nos ayudó a discurrir el velo para ver más allá de los espectros de la luz, ese, un añil, azul profundo, ese, que sin querer dejaba denotar sus energías superiores, un sanador de almas, un drenador de dolores y de odios, un equilibrador de energías, que con su frecuencia vibratoria, despertó consciencias, él, el que tiene su alma de loto azul, el que pese a haber padecido una enfermedad, el vigor no abandonaba su cuerpo, ese cuyo nombre permanecerá escrito en las “estrellas”, en el firmamento sin límites, ese al que tanto amaste, y que tanto amamos, vivirá por siempre.

Gracias Eyael, este ensayo, con seguridad que te inspirara este índigo incomparable, también tiene mucho de ti, razón de almas gemelas, verdad?

Te quiero,
Samita
 
  Autor: Cristina 23/03/2012
  ¡¡¡ HOLAAAAAAA GENIAAAAAA !!!

¿ Cómo estás ?.

Por lo que leo ... ¡ MÁS VIVA QUE NUNCA ! ...

Con un nuevo amigo en tu vida ... un nuevo ángel azul ... que si bien pasó rasate por tu Cielo ... no ha dejado ninguna estela celeste en el él ... sino que sigue estando ahí ... en tus días ... y en tus noches ... y que volverá a brindarte toda esa dulcería de sensaciones, ni bien vuelva a sobrevolar la Cordellera.

Creo que es una muy buena noticia Amiga ... “ El AMOR NO HA MUERTO ... “

Sigue ahí, y vos lo has expresado ... como siempre ... como cada vez que “ te escapás de la botella “ ... es decir ... ¡ GENIALMENTE ! ...

“ El hombre es una pequeña botella de agua, a la deriva en un mar infinito. ¿ Te animás a imaginar lo que sería ... si lograra romper la prisión de la botella ? “ ...

Más o menos así .. lo dijo ... en su momento ... el que ya está en el Mar.

Yo lo veo ... lo veo con vos .. GENIA Eyael, todas las veces que se te ocurre escaparte de la botella, sobre la que tenés el absoluto control del tapón.

¡ ME ALEGRO MUCHÍSIMO ... LINDA AMIGA ... de verte así ... IRRADIADA e IRRADIANTE de LUZ de ALTA FRECUENCIA ! ...

Un fuerte, fuerte, fuerte ... abrazo.

Te quiero.

Cris