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Autor: Lilian Elízabeth de Marco
30/08/2011
LA CALLE DE LOS OLVIDADOS

P

osiblemente todo a tu alrededor este formidable. Posiblemente tengas una vida rotundamente llena de alegrías y de satisfacciones, posiblemente tu vida vaya por los carriles normales de quien se levanta a diario, sale a trabajar, sabe que cumple bien con sus deberes y sabe que además por ello será recompensado. Todo ello hará de ti una persona feliz y según creo, eso te hará ser agradecido a Dios por cuanto tienes.

Ahora bien, si te pones a pensar en la prolijidad con la cual se va desarrollando tu vida entre tus quehaceres y tu familia, posiblemente encuentres un espacio que no utilizas o no sabes cómo utilizar y es un buen momento para que te preguntes; ¿Alguien necesitará de mí una palabra? ¿Un gesto bondadoso? ¿Y por qué no, un abrazo?


 
Será entonces una decisión acertada de tu parte y podrás darte cuenta que es tanta la prisa que llevamos entre nuestras obligaciones que no hemos reparado en tanta gente que deambula solitaria por la vida, niños durmiendo en los bancos de las plazas, mujeres pidiendo algo para alimentar a sus hijos y tantas de esas miserias humanas con las cuales nos hemos acostumbrado a vivir.
 
Una vez hayas puesto tus ojos en esa realidad podrás notar que, a diferencia del rico que está desesperado por cómo va la bolsa, ellos están esperando que alguien, una sola de las miles de personas que les pasan por al lado, reparen en ellos, los reconozcan como parte de una sociedad desaprensiva que no sólo los ignora, también los castiga por el simple hecho de ser pobres, de ser como suelen llamarles "Indigentes".

Esos indigentes son seres como tú y como yo, son personas que sufren enfermedades del cuerpo pero sobre todo, enfermedades del alma. Las enfermedades del cuerpo pueden llegar a encontrar un alivio parcial o total, pero ¿las del alma? esas no son tan simples de curar, para saber hacerlo no es necesario haber acudido a ninguna universidad, no hay donde enseñen a ser solidarios con el prójimo, eso se trae con uno cuando se nace.

Lamentablemente vemos que sobran médicos, sobran iglesias, sobran predicadores pero falta lo elemental; el amor hacia el otro.
 
No es pérdida de tiempo entonces detenerse en la vereda de "ellos", ofrecerles una palabra que pueda ayudarlos a recuperar algo que en su mayoría han perdido y que es; la esperanza. La esperanza de una vida decente, una vida que les recuerde que son personas y no animales que duermen dónde les agarra la noche, se cubren con sucios cartones y comen lo poco que encuentran en la basura.
 
Por eso, si en tu vida todo es maravilloso, si te sobra un minuto, un abrigo, un trozo de paz y una palabra no dudes en detenerte en la calle de los olvidados. Podrás reconocerlos de inmediato y no tendrás que pedirles sus credenciales de pobres, con sólo mirar sus ojos sabrás de lo que te hablo y posiblemente entenderás lo que te pido.
 
 
Ya lo decía el gran maestro Facundo Cabral;
 
“Ayuda al niño que te necesita, ese niño será socio de tu hijo. Ayuda a los viejos, y los jóvenes te ayudarán cuando lo seas. Además, el servicio es una felicidad segura, como gozar a la naturaleza y cuidarla para el que vendrá. Da sin medida y te darán sin medidas.”

Y yo agrego a tamañas palabras del inolvidable Facundo:
 
"No hay que perderse en la vida la oportunidad de hacerle sentir a alguien lo mucho que le importas, si lo haces no dudes que renovarás tu lugar en el cielo” 

 
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