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Autor: Juan Ramón Díaz
23/04/2019
UN MUNDO SIN CARICIAS

H

abía venido a este mundo a acariciar, a sentir la vida a través de sus manos, a dar y recibir el amor de su corazón a través de las yemas de sus dedos. 

Acarició a su madre nada más nacer, cuánto amor. 

Acarició los pétalos de una amapola, cuánta delicadeza. 

Acarició un lápiz sobre un papel, cuánta belleza. 

Acarició a un perrito, cuánta ternura. 

Acarició la arena, cuánta suavidad. 

Acarició el agua, cuánta frescura.

Creció en el mundo de los hombres. 

En el colegio había empujones, golpes, palmetazos… pero nadie se acariciaba, ¿por qué? 

Siguió creciendo, la universidad, los amigos, los contactos físicos eran toscas, secas, muchas veces violentos, pero no existían las caricias, ¿por qué? 

Si nadie lo hace, no lo voy a hacer yo, que vergüenza, pensaba. 

¿Por qué las flores, las plantas, los animales, se dejaban acariciar, y las personas no? 

Parece que el acariciar con cariño y delicadeza a otro ser humano adulto era algo mal visto, vergonzoso, hasta prohibido. 

Siguió viviendo en este mundo aceptando esa realidad, pero su corazón, sin caricias, se marchitaba.

Siguió buscando en las relaciones de pareja, pero se encontró con personas que rechazaban las caricias y los abrazos. ¿Por qué?

No podía entender nada, y su corazón se marchitaba cada vez más. 

Qué mundo más raro, a las personas les encantaba acariciar los billetes, acariciar las pantallas de sus móviles, acariciar su coche nuevo, acariciar su abrigo de pieles, ¡pero prácticamente no se acariciaban entre ellos! 

Al final encontró personas que aceptaban sus caricias, las agradecían y las devolvían. 

¡Qué alivio, qué dicha, que conexión! 

Por fin su corazón encontraba sentido a este mundo. 

Y decidió que merecía la pena superar la vergüenza y acariciar más a quien lo aceptase. 

"Este mundo está muy necesitado de caricias", pensó. 

Acariciar con cariño y ternura no es nada malo, nada vergonzoso, es algo necesario para la estabilidad emocional de las personas, ya sean niños o adultos. 

¡Vivan las caricias! 

Doy las gracias a todas las personas que han aceptado mis caricias, que me han dado sus caricias, porque han hecho feliz a mi corazón. 

Dedicado a mi ángel, Teresa.

 
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