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Autor: LINDA D'AMBROSIO
10/09/2018
DOMO ARIGATO, GENEROSO JAPÓN

U

na generosa actitud que ha sido una constante en todos los japoneses que nos hemos ido cruzando, en particular en el Hospital Universitario de Tokio.

Hace poco, un estudio realizado en España puso en luz que la mayoría de los españoles no quiere informarse porque percibe que los periódicos solo comunican malas noticias. Sin embargo, el análisis de contenido demostró que solo el 8,55% de las novedades publicadas en los diarios que circulan a nivel nacional son negativas. Lo que pasa es que a menudo se confiere más visibilidad a los sucesos infelices, que ocupan los titulares y surten mayor impacto. 

Este énfasis en las malas noticias no deja de tener consecuencias: según señala Patricia Ancines, en un artículo publicado en el diario Mediterráneo, “acrecienta nuestro miedo, nos hace ser desconfiados y a veces, incluso perversos con los demás. Por otro lado, también puede favorecer una habituación a este tipo de noticias que disminuya la sensibilidad social hacia ciertas realidades, haciendo que se piense que no se puede hacer nada para evitarlo”.


El hospital aludido por nuestro compañera en su ensayo

En la prensa, como en la vida, es preciso llevar el inventario de las cosas buenas que sí pasan. Es una perspectiva más realista, porque así es efectivamente el mundo: todo viene entremezclado. Pero nos centramos en lo “malo” porque es lo que desequilibra nuestro entorno, lo que nos amenaza, lo que amerita que se intervenga para realizar un cambio, lo que nos reclama que seamos cautos y tomemos previsiones para protegernos. 

La realidad es que, en cualquier lugar, cada día, la rutina es buena: nos movemos, respiramos, con mayor o menor dificultad, pero dentro de unos límites “normales”. Las cosas “malas” son obvias porque ocasionan una disrupción en ese continuo de serenidad. 

Hoy quiero compartir mi profunda gratitud hacia la generosidad nipona, que se ha manifestado profusamente ante la indefensión de un ser humano. 

Como expuse en mi columna titulada Hiroshima, mi hija de 25 años lleva muchos días recorriendo Asia, los últimos de los cuales han transcurrido en Japón. 


El Templo de las Flores de Tokio

Como es normal que ocurra cuando uno está expuesto a factores ajenos al propio medio, contrajo un virus, con la mala suerte de que le ocasionó una neuritis vestibular, una afección que sume al paciente en el vértigo continuo y limita las posibilidades de que se valga por sí mismo. 

El propietario de la casa en la que se alojaba decidió hacerse cargo de ella, acompañándola a los dos hospitales en que tuvo que ser atendida, haciéndose cargo de los gastos médicos, proporcionándole una tarjeta SIM japonesa para que pudiera comunicarse mediante su teléfono celular y, cuando se produjo el alta en el hospital, la llevó a su casa, en donde él y su pareja le han cedido su propia cama y la alimentan, a la espera de que el tratamiento surta efecto y le permita regresar a su hogar en China. 

No pretendo convertir esta columna en un repositorio de experiencias personales: pero ¡que alguien me diga que no resulta esperanzador el hecho de que todavía haya una persona en el mundo capaz de hacerse cargo de otro ser humano desinteresadamente! 

El personaje en cuestión le contó a mi hija que, estando en la India, cayó gravemente enfermo. Cuando quiso recompensar al hombre que generosamente lo había asistido en ese trance, éste repuso que él no había hecho más que lo normal, lo que había que hacer, y que ya sabía cómo comportarse en caso de que alguna vez viera un caso similar… 

Debo decir, además, que esta generosa actitud ha sido una constante en todos los japoneses que nos hemos ido cruzando, en particular en el Hospital Universitario de Tokio, en Shinjuku, a quienes quisiera poder agradecer lo que han hecho, tanto a nivel médico, como a nivel humano. 

Una poderosa lección que apenas me permite concluir: Domo Arigato, generoso Japón. 

 
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