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Autor: Jesús Alberto Gil
20/06/2017
LA MÚSICA PRENDE LA LUZ EN MI

T

odo empieza en mis recuerdos. Mi abuela Susana cantándome una nana para que me duerma, luego vendrían los cuentos, pero primero fue la música que ella me cantaba.
Después trinaban las cardelinas, los gorriones  y las perdices a la vez que recorría los caminos de mi pueblo.

Y me hice mayor y la música siempre me acompañaría haciéndome vibrar, iluminando mi alma.

Mis ojos dejaron de ver, pero la música siempre estuvo ahí junto a su letra.

Sonidos de guitarra y piano, de violín y dulzaina, de castañuelas y laúdes acompañando a las historias que se extienden en mi alma para proyectarse al horizonte de la sensibilidad.

Una melodía para cada momento, como un libro para cada ocasión. 

Las jotas castellanas, tan preñadas de tierra y vino, de cortejos y requiebros cercanos a mis raíces. Las baladas celtas tan evocadoras de duendes y robles, de héroes y poetas. Los años ochenta con su Movida que, sin haberla vivido, se llena de nostalgias, solitario adolescente entonces, amado de las palabras ahora.

Los clásicos del siglo XIX con sus romanzas y brindis que visten de elegancia mi rutinaria existencia. Los ritmos de hoy también, por qué no.

Y cada canción apareja imágenes que vislumbro sin ver. Praderas inmensas, llenas de vida; mares en calma, lamen mis pies desnudos de frustrado enamorado, apasionados abrazos que explotan al ritmo final de la batería y las guitarras eléctricas.

La música, qué preciosidad. No, el ruido, no. Música sencilla, música sublime que emociona y evoca.

Escucho una canción y siento no sólo con los oídos. Mis manos se yerguen queriendo acariciar como acaricia el piano el viejo Sam en Casablanca o el desdichado violinista en la plaza de Praga. Huelo aromas a cuero viejo y alcohol en decrépitos bares de Nueva Orleans o París. 

Saboreo el desgarrado dulzor de la trompeta mientras me intuyo cenando en la terraza del Titánic. No importan los naufragios ni la miseria ni la sordidez, la música hace el milagro de engalanarlo todo. También mi vista que, gracias a ella, se puebla de rutilantes campanitas.

Sí, mis ojos velados se prenden de luz gracias a la magia de la música.

No soy un pájaro para cantarle a la aurora ni un compositor para componerle baladas a quien tanto debo ni un intérprete que sepa tocar instrumento alguno, pero cuánto le debo a la música. Ella me enseña cada día. Sí, me enseña que no importa que no tenga con quién bailar porque cuando ella suena la brisa baila conmigo. Tampoco importa que no pueda ver a la danzarina que es la fuente de la que brota porque mientras ella suene sé que alguien podría estar dispuesta a bailar para mí.

Sí, la música prende la luz en mí. Ilumina mi mundo de tinieblas con las fanfarrias y los timbales de lo que augura increíbles acontecimientos. Se alza el telón, sentado en la primera fila del patio de butacas del Teatro Real de Madrid, me dispongo a sentir la ópera. 

Alguien especial está a mi lado para contarme o, tal vez, quien realmente esté sea Puccini.

Yo qué sé. A ello se solapa otra canción, La senda del tiempo de Celtas cortos invitándome a recorrerla porque al final me aguardan Jaime Urrutia con sus cuatro rosas para mí y Amaya Montero, que le coge la mano, queriéndome decir tan solo una cosa: que cantará porque quiere ver la luz que envuelve mi corazón.

No hay oscuridad en mí si la música suena. 

 
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