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Autor: Jesús Alberto Gil
03/04/2017
RUIDO

S

e sienta en la gastada mesa de mármol en el viejo café. Pide un coñac aunque sabe que no debería hacerlo. Qué más da. Abre su vieja libreta a juego con la mesa y su lápiz se dispone a rasgarla cual si fuera la blusa de una doncella. Quiere penetrarla pero no sabe. Bebe un sorbo. Vuelve a intentarlo. No puede. 

Hay tanto ruido que ensordece las ideas, sus ideas tan gastadas como la mesa y tan viejas como la libreta. Como un bebé, el lápiz balbucea una primera letra y otra y otra y otra. Cuatro letras: a m o r. . 

Ruido de tazas y cafetera vertiendo líquido negruzco, juramentos y embates, ruido. Tanto que, incluso, amordaza a los olores a fritanga y tabaco rancio. Una vieja libreta vieja como su dueño ensordecido por el ruido del lápiz alborotado y bullanguero.

No escucha. Apura de un último trago la copa al tiempo que las páginas. ¿Una hora? ¿Una noche entera? ¿Una eternidad? Qué ha de saber el viejo de la libreta vieja y el lápiz alborotado. O quizá no sea tan viejo, si no fuera porque el ruido le hizo envejecer. 

Ruido de bar, sí; pero también de la sirena que le embrujó para que rasgara el papel, ¿o era la blusa? Qué habría de saber él sí sólo oye ruido. Ruido al desplomarse para siempre en el abismo del eterno silencio.

 
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