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Autor: Jacobo Herrera
02/01/2017
LIBREROS CLÁSICOS

S

i la practicara más, diría que es una de mis manías, pero como en ello gasto menos energía que más y no por gusto propio ni voluntad, sino por falta de recursos, dejemos que la palabra afición, o interés, o diversión es la que acompañe esta actividad que me causa diversión y hasta felicidad.

Es tan sencilla que la gente no la practica, pero poco me importa a mí esto. Si caudales tuviese, si fortuna, en libros gastaría, o mejor, invertiría, más no en cualquiera de ellos, no en los últimos, no en los de tinta todavía fresca que termináronse de imprimir, a coincidir con el santo patrón de cualquiera causa, en los últimos años. No.

A mí me gusta mirar en los catálogos, en las revistas, indagar entre las sugerencias escuchadas y, entonces, una vez seguro de la decisión, llamar a una librería de viejo, de ocasión, de segunda, tercera u octava mano de alguna ciudad con solera, como Toledo, con arte, como Sevilla, o lejana, como Pamplona, y preguntar por ese libro, y tras hablar con el librero, encargarle el mandado.

Suelen tener estas gentes empaque en la voz, educación y respeto: ¡hasta me dan trato de usted a mis cortos veinte años, mero estudiante! Yo pásome por señor mayor, eso sí, aunque mi tono no case bien a mi intención, mas poco me importa mientras ellos, graves, digan cualquier minucia de la reliquia que van a despachar. Y es que yo me los imagino pasando sus horas entre esas repisas, leyendo títulos y contraportadas, capítulos sueltos y catalogándolos en su máquina de escribir Olivetti verde, cla, cla, cla, con su pantalón gris y su chaleco, sus negros zapatos y sus gordas gafas de pasta que no podrían tener otro mejor oficio que éste.

Te dicen: “en dos días lo tiene, mañana mismo se lo mando. ¿Por mensajero?”. Y ahí que viene la paloma de Correos, o la de cualquier empresa o empresilla que ellos conocen y que lleva sirviéndoles sin una falta sabe Dios la de tiempo, con el paquete envuelto en el papel de las montañas del árbol de Navidad, o en estraza, o en un periódico, y de haber pedido un libro, al mismo precio el mensajero ha traído tres: uno sobre tu ciudad y otro con la misma temática que pediste. 

Porque así son ellos, los libreros clásicos, los amantes de nuestra cultura, los que sostienen nuestras letras desde su tiendecilla, elegantes, señores, dispuestos, preocupados e interesados, mientras nervioso rompo el papel y pongo imagen a lo que pedí: es de tapa blanda, pesa poco, lomo así, de color verdoso, con esta letra, en este número; qué bonito este, qué pinta; y éste, ay, cómo huele…al tiempo que agradezco su generosidad y dedicación.

 
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