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Autor: Jesús Alberto Gil
12/11/2016
LA ESTRELLA QUE SE ENAMORÓ DEL MAR

C

armen se llama la estrella que un día vio el mar y se enamoró de él. Le gustó tanto que quiso vivir para siempre junto a él.

¿Carmen una estrella? No puede ser. Las estrellas tienen nombre de sol o qué sé yo.

Bueno, están también las estrellas de mar y las estrellas de cine, pero Carmen no es ni de las unas ni de las otras. Carmen es una niña preciosa, de las que iluminan la noche de sus padres con la luz de la sonrisa y la ingenuidad.

Un día Carmen vio el mar. Vio que por cabello tenía olas, que por boca, espuma y por cintura, el horizonte. Según le miraba tenía un color azul chulo o verde bonito o transparente diamante.

Se enamoró del mar, sí. De ese mar mágico y lleno de aventuras. Ella se imaginó surcándolo en un barco de vela de papel a lomos de un delfín para hacer de él su jardín y su casa y su universo..

Sus papás le dijeron que tenían que regresar a la ciudad en que vivían, que el cole la esperaba para que siguiera con sus estudios. Pero Carmen quería tanto al mar que no podía dejarlo así como así.

No sabía qué hacer. En su ciudad no había mar y ella se había enamorado del mar hasta las trancas. Ponía los pies para que las olas se enredaran en ellos, ponía las manos para que la espuma las lamiera con su risa, ponía su cuerpo para que el horizonte le abrazara con su inmensidad infinita.

Pensó entonces que le escribiría cartas de amor desde su ciudad. Aunque… y si el mar no sabía leer, ¿quién se las leería?

No, esa no era la solución. Tenía que buscar otra manera de no separarse de su amado aunque se fuera lejos de él.

¿Y si…? ¿Si se lo llevaba con ella? ¿Cómo? En una botella no cabía; en la maleta, tampoco. Además, la arena de la playa se quedaría huérfana, sola sin su mar. No podía ser, no. Carmen no quería que la arena estuviera triste porque también le gustaba mucho esa arena fina y calentita con la que había jugado a construir palacios de princesas. Esa arena como de confites y azúcar.

Entonces vino un viejo marinero y al verla triste le preguntó qué le pasaba. Y Carmen se lo explicó. Y el viejo marinero puso su mano ruda y nudosa en la mejilla fina y lisa de ella y le dijo:-Toma mi gorra. Cada vez que te la pongas… el mar irá contigo. Mira… es azul, huele a sal marina y en su interior tiene olas.

Carmen la cogió entre sus manitas, era tan grande que casi no podía abarcarla. Al hacerlo sintió que podía sonreír.

-Pero… si me regala su gorra, usted tendrá frío por la noche y se mojará cuando llueva.

-Ah, no. Tengo otras. Aunque ésta es especial y por eso te la quiero regalar.-¿Es especial?

-Sí, la compré en el puerto de Terranova en una tienda en la que se vendían los mejores aparejos para pescar ballenas. La he llevado muchas veces por todos los mares en que he navegado.

-¿Todos los mares son igual de bonitos? ¿Es que hay más mares? Yo no quiero conocer otro que no sea éste. Este mar mola tanto…

-Ay, niña mía. Cuando seas mayor querrás descubrir otros mares.

-No, señor. Yo siempre me quedaré junto a este mar.

-Anda, ponte la gorra. A ver cómo te queda. Uy qué chula. Jejejeje. Te tapa las orejas y la visera te da un aire de grumete la mar de divertido jajajaj.

-No se ría, oiga… Uaaala, si siento que el mar se ha subido a mi cabeza. Qué guay.

Pasó el tiempo, la estrella Carmen y sus papás retomaron la rutina en la ciudad que no tenía mar, pero Carmen nunca se separaba de su gorra. Casi no se la quitaba ni para dormir. ¡Una estrella con gorra! ¿Qué curioso.

Porque sí, Carmen siguió siendo la estrella que iluminaba las noches de sus papás con su sonrisa y su ingenuidad.

Hoy, esa misma Carmen, esa misma estrella, vuelve a su mar. Han pasado los años. Se ha hecho mayor. Ya la gorra de marinero no le queda grande, no le tapa las orejas ni le pone pinta de grumete. Carmen es una mujer hermosa, soltera, eso sí, pero que no ha perdido su brillo de niña. Durante todos esos años la vida la mantuvo alejada de su mar, más aún de lo que lo estaba cuando vivía en la ciudad. Sus padres tuvieron que emigrar por causa del trabajo. No ha podido volver hasta hoy.

Y hoy, cuando por fin puede regresar esperando recibir de nuevo el abrazo del horizonte y la sonrisa de la espuma se pregunta también si volverá a encontrarse con aquel viejo marinero.

Qué bien se siente sentada sobre la arena recibiendo aquellas mismas sensaciones que la hicieron enamorarse del mar. Se quita la gorra y…Una gaviota se la lleva alto, muy alto, al cielo. Carmen verá reflejarse, mientras mira cómo desaparece su vieja gorra del viejo marinero, su rostro en una ola gigante que la envuelve. Y Carmen, entonces, oh, maravilla de las maravillas, se convertirá ella también en ola y ya para siempre vivirá en su amado mar.

¿Y sabes qué? Que cuando alguien llega por primera vez a cierta playa, una ola gigante sale a saludarles sonriendo. Una ola en forma de estrella alargada y con el color azul marino y rayas amarillas. Si es tú caso, fíjate bien en ella. Es Carmen que sale a tu encuentro para enseñarte lo que es el amor de verdad.

 
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