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Autor: Jacobo Herrera
02/09/2016
ELLA

E

s de piel clara, no destaca por su altura, no es excesivamente guapa, aunque sí elegante, tendrá unos quince años, sonríe tanto que sonríe con los ojos, con las mejillas, con la misma boca, con el gesto, todo sonríe, de modo natural, como si hubiese nacido así y no llorando.

Tiene la nariz menuda, las cejas finas sin exceso, la mirada expresiva y limpia brota de sus ojos oscuros, y en ella se percibe que está aquí y está más allá, que disfruta el momento e imagina grandes cosas, sanas ilusiones del mañana porque no hay mentira, ni hay maldad, en ella.

Le cubre el pelo un pañuelo casi blanco anudado bajo la nuca, asomando una perfecta raya que divide en dos su pelo castaño y, también, hacia la espalda, dos larguísimas trenzas que le llegan prácticamente a la cintura, perfectas, que acaban en dos marañas que dan informalidad a su presencia. Le asoman, ligeramente, las orejillas por el paño que le cubre, bien planchadas a su piel pecosa y delicada, desprovistas de pendientes.

Se mueve con agilidad, vivaracha y serenamente a la par, mueve los dedos, los codos, los brazos enteros como si estuviera bailando, y cuando le sigue su cuerpo menudo, sus movimientos se asemejan a los de una barcarola. Porque ella parece italiana, sí, aunque puede ser francesa, rusa, griega o española. Al caminar apenas hace ruido, ni aunque camine sobre hojas secas del otoño, que ni las parte, ni las cruje. Es perfectamente armónica, frágil y profunda, y enamora, también, por la naturalidad de sus gestos.

Además del referido cubrecabezas, viste una camisa blanca y suelta embellecida por tres botones que la cruzan y unos discretos bordados, rematando su traje una falda que va más allá de las rodillas, de pliegues que le dan la sensación de echar a volar en cualquiera de los arranques que inocentemente duran dos o tres metros de carrera. Usa medias negras y zapatos oscuros recién limpios. En las muñecas, dos pulseras, juveniles, comunes a la niña que es.

La conocí tocando el violín en plena naturaleza, rodeada de enormes árboles que la hacían aún más vulnerable aunque no más pequeña. Los ramajos que salían del suelo parecían las raíces que la unían a la tierra de tan sencilla y natural como era ella. Apenas sacó su instrumento del estuche, interpretó una música que llenaba todo el espacio, llegando a cada hoja para hacerla vibrar, a cada piedra, incluso daba otra sensación al entorno, más dulce, más delicado, más juguetón, como ella misma, y como hacía sonar las cuerdas de su violín. Cuando terminó aquella interpretación, recogió decididamente sus escasas pertenencias y se marchó, arboleda adentro, como si ya hubiese cumplido con su cometido en este mundo. Y tan sigilosa como había llegado, sin despedirse siquiera, se marchó, temiendo, para mis adentros, no volver a verla nunca más.

 
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