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Autor: Jacobo Herrera
08/08/2016
JMJ. DIEZ DIAS

H

ace meses que nuestro protagonista, uno de esos jóvenes inquietos e inconformistas que tan propicios son para generar historias de esperanza, se empeñó en hacer un viaje a Polonia, sin tener un objetivo concreto, pero sí muchas aspiraciones: llegar a los propios rincones que la cotidianeidad oculta, conocer nuevas personas e ideas, encontrar perspectivas hasta ahora desconocidas, disfrutar de la fiesta de la vida…

Su objetivo era la Jornada Mundial de la Juventud, un encuentro internacional que, cada tres años, reúne a cerca de un millón de personas en torno a Dios. Amigos suyos que en ediciones pasadas habían participado en tal evento, desplazándose algunos incluso a Brasil para ello, y que ahora repetían, le daban la mayor confianza para confirmar que no sería una experiencia más.

Y es que a nuestro amigo no desde siempre, pero sí de un tiempo para acá, le motivó esto casi como forma de vida: acumular experiencias. Desde que, pasada la veintena, descubrió la Vida, con mayúscula, con la misma mayúscula que se escribe “Dios”, sintió poco menos que haber renacido. Y Polonia lo esperaba. Y Polonia lo encontró.

Desde el primer día, ya de noche, cuando casi tras un día viajando llegó a una pequeña casa de un pueblecito verde, de casas sueltas y gente amable, donde sería acogido, sintió un paso más, desconocido e ilusionante, ni mejor siquiera, pero sí donde poder encontrar algo nuevo.

Con estas perspectivas, y con esta apertura de corazón que llevó nuestro protagonista desde el primer día, nada podría fallar. Imagínese el lector lo que vino después; saquela libreta, coja el lápiz y el estuche de colores, y, cerrando los ojos, vaya dibujándola fraternidad con amigos de los cinco continentes, a los que quizás no vuelva a encontrar en este mundo, pero que propiciaron un encuentro sorprendente; pinte también la misericordia y la devoción, aunque sean tan dispares, pero únalas y no tenga miedo del resultado, que a veces necesitamos un Dios con domicilio, o una Virgen, como Jasna Gora; pinte, si es necesario en papel pautado, los ritmos que se escucharon, porque cantó Brasil, cantó Jamaica, toda África cantó, cantó España, cantaron todos; en sus ojos cerrados siga dando color a las palabras del Papa, que motiva a los jóvenes, los llena de Vida e ilusión, fuerzas y arrojo, a través del mensaje de Jesús; pinté nombres, imagine caras, cree sonrisas, trace caminos, no deje de pintar hasta que su alma esté inquieta como la de nuestro protagonista, que todo empieza ahora, como dijo el Papa.

Con el alma removida aún, estrujada, casi nerviosa y llena de energía, nuestro amigo comprobó que valió la pena, que mereció la alegría, y que lo que no se da, es perdido. Me consta que su mayor regalo fue hablar con Dios: dice que lo consiguió, y que entre risas y llantos, canciones y silencios, ha conocido más del perdón y la misericordia. En Polonia hubo un millón de jóvenes, quizás más, nadie lo sabe, qué importan los números; Dios sabe que allí estuvieron todos los jóvenes, todos, hasta los que aún no le han encontrado.

Él seguirá con ellos, en ellos, esperando que un día renazcan, que les llegue su día, su momento, su Polonia, y se abran a las cosas sencillas. ¿Quién no lo sintió? Totus tuus. Juan Pablo II, que fue joven hasta los ochenta y tantos años que se fue con Dios, anduvo como uno más entre nosotros.

 
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