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Autor: Jacobo Herrera
08/07/2016
EL CASTILLO DE LAS BENDICIONES

C

uentan que, allá por Castilla la Baja, en plena sierra, hay un lugar no muy poblado que se dedica al cultivo de sus tierras y a la explotación de las ganaderías que la rodean. Se llama Castillo de las Bendiciones, y en él viven poco más de mil habitantes.

El trascurso de sus días, durante el invierno, es tranquilo, apacible, lejos del trepidante ritmo de la capital, de la que se encuentra a no mucha distancia.

Hay quien dice, incluso, que no mucho tiempo atrás era común encontrarse en el camino que la une con la gran urbe a algunos de sus habitantes que, a pie, enlazaban ambas poblaciones. Ahora no; los tiempos son otros, y Castillo de las Bendiciones es uno de los lugares más requeridos de la sierra, lo que le ha favorecido en este aspecto sin perjudicar su carácter trabajador y humilde.

En verano, en cambio, tal vez por la amabilidad de su termómetro, sufre algún condicionante, aumentando en mucho el número de la población. Y es que los hijos y nietos vuelven a la raíz de su tierra, a la sombra de los mismos árboles de antaño y a la alegría de las fiestas donde les llegó el primer deseo de sus vidas.

A decir verdad, el pueblo sigue siendo el mismo que dejaron: el castillo en lo alto del cerro, las calles empedradas, las casas blancas de dos plantas, el puente, el pósito… y una plaza mayor que es tan coqueta como castiza: el edificio del Ayuntamiento, poblado de balcones y banderas, da sobriedad al espacio; el personal monumento central de la plaza, significativo y original; la casa del médico, señorial como su persona; la tiendita de Josefina, que a sus sesenta años lleva desde que nació despachando verduras y frutas a los vecinos; los soportales; etc.

Pero es al llegar el verano, con la vuelta de sus gentes de siempre, cuando el pueblo recobra todo su esplendor. Y es entonces cuando se celebra la festividad de la Virgen del Castillo, donde, llegados los días de festejo, se corren, hasta la misma Plaza Mayor, bravos novillos que a la tarde serán lidiados por los jóvenes torerillos que andan de talanquera en talanquera por los pueblos cercanos durante todo el año, y es que, cuentan, como si se tratase de una leyenda, que a la Virgen le gustaban los encierros, y a una anciana se le apareció para contárselo, se corrió la voz, y la tradición quedó impuesta.

En estas fechas el pueblo es una pintura costumbrista: colgaduras no faltan en los balcones, ni macetas, ni farolillos en las calles, ni faltan los bailes de salón, ni el karaoke, ni la fiesta de la espuma para los más pequeños, ni el cuentacuentos, ni la discoteca portátil, ni las comidas de las peñas, ni la alegría, ni el deseo de parar el tiempo, nada, nada falta en Castillo de las Bendiciones, ni las muchachas apuestas, ni las señoras engalanadas cotilleando de cualquier nombre, ni la procesión, ni los cohetes, ni los maridos haciendo memoria de los que un día dejaron el pueblo, ni faltan las barras en la calle, ni el empedrado lleno de tierra, ni el pregón de las fiestas, ni la dama de honor, ni el padrino, nada, nada falta.

La alegría se respira, las caras denotan que la juventud no pasa aunque pasen los años, y el pueblo está entusiasmado. La charanga está animando desde hace tres días, sin parar, como si no durmiera, a golpe de platillo y tambor, y el castillo reluce desde el cerro más si cabe estos días. El alcalde no para de saludar a unos y a otros, y el ambiente no puede ser más festivo. Han venido gentes de todo lugar de la comarca, y la felicidad es absoluta.

 
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