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Autor: Jacobo Herrera
23/06/2016
LA INTEGRIDAD DEL ABUELO

E

sta mañana, un señor septuagenario, acudía, mal informado, a una tienda del centro de la ciudad. Mal informado, digo, porque, cargado de un aparato tecnológico de tamaña consideración, con el propósito de su devolución, había acudido a un local donde no hacían tal operación.

“Sí, señor, no es usted el primero que viene con el mismo asunto; el operador telefónico les manda aquí, y eso no lo hacemos nosotros; es más, ya hemos informado varias veces a la empresa para que sepan que dan mal la dirección, porque vienen ustedes cargados y, tras hacer la cola de espera, no consiguen su objetivo”.

El señor protagonista de esta historia, lejos de insistir en la conversación, rogar y pedir más explicaciones, se ha limitado a zanjar el asunto con una recta sentencia: “llamaré al teléfono que me han informado de esto incorrectamente, y les echaré una bronca, o mejor, un broncazo, porque llevo toda la mañana perdida con este aparato en lugar de pasar la mañana con mi nieto, y eso no se lo perdono a nadie”.

Acostumbrados a discusiones sin fundamentos en situaciones similares, nuestro buen hombre ha demostrado, ante todo, integridad. Porque dime tú si no te lo estás imaginando llevándolo de paseo, enseñándole los rincones de su ciudad, con esa dicción tan humana que hará que el niño no olvide nunca que en esta plaza, hace mucho, había un lagarto que se comía a la gente, y no era leyenda sino realidad; y dime tú si no te imaginas al niño, de haberle contado esta historia esta mañana, la tarde de miedo que hubiese pasado, y la noche pensando en la gente del barrio, y si mañana no iba a preguntar al abuelo que cómo acabaron con el lagarto.

Me estoy imaginando a ese niño, y a ese abuelo, y a todos los abuelos del mundo y a todos los nietos del universo, comiendo en la terraza que saca el bar de la esquina cuando llega el verano, y los niños quietecitos, escuchando atentamente las sabias palabras del abuelo, con un helado en las manos y los mofletes llenos de nata y fresa, mientras el abuelo despacha un café solo.

Y los estoy viendo en la parada de autobús, porque el abuelo se cansa y el niño también, y es que el abuelo quiere enseñar la catedral a su nieto, que su profe la nombró en clase y, desde ese momento, el niño no para de hablar de las grandes torres que llegan al cielo.

Y cuando este domingo acudan al parque, juntos como cada domingo de sol y buena temperatura, con la bicicleta que le echaron los Reyes, a reconocer que todo, gracias a Dios, sigue siendo igual que cuando el abuelo iba al parque con su abuelo y luego echaban gusanitos a los patos que había en el lago.

Pero hoy al abuelo no le dejaron hacer nada de esto, porque una maquinita y una información mal dada le echaron la mañana por alto. Y el abuelo sabe que su nieto estará pegado a la televisión. Y eso su integridad de abuelo no se lo perdona.

 
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