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Fábula de Pla Ventura

DESENCANTO

  • Número de capítulos publicados: 100
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  Publicación del próximo capítulo: miércoles 26/09/2018  
 
   DESENCANTO: Capítulo # 68 23/02/2011
  LA RÚBRICA  

Y

a había terminado las tres vueltas al ruedo, pero los aficionados de Cañaveralejo seguían soñando despiertos. La faena que El Mago había llevado a cabo era increíble; le había hecho honor a su apodo y, todo  había sido magia lo que había brotado del fondo de su ser. La plaza había hervido de pasión mientras que, Rodolfo, con su particular forma de hacer, había  logrado una faena perfecta. La cara del torero denotaba una felicidad increíble; jamás pudo soñar El Mago con  aquello que le estaba sucediendo en ese momento, jamás hubiera podido tan siquiera imaginar que un día de la vida pudiera lograr un éxito tan grande y, lo que es mejor, con todos los condicionantes que se dieron para llegar a dicho triunfo.

La faena del Mago había  alcanzando proporciones bellísimas; todo había sido creatividad en sus manos y sentidos y, para su dicha, el toro fue su más fiel “amigo”.
El clamor seguía siendo inmenso por parte de los asistentes. El Mago estaba feliz, pletórico porque, el indulto de su colaborador le permitía saborear el más grande éxito puesto que, cuando se indulta un toro, al diestro se le otorgan los máximos trofeos.

Judith, observaba a su amado – quien ya se había acercado, a besar su mano y a llevarse un ramo de rosas rojas que ella le obsequió; y, que a ella le sabían a poco, porque ella, si hubiera podido, en ese preciso momento, le hubiera entregado a Rodolfo,  su único y desbordado  corazón – y llena de dicha disfrutaba a plenitud el triunfo de ese  hombre al que amaba.
Sus compañeros de terna no tuvieron suerte o quizás no supieron estar a la altura del acontecimiento. Todo  confabuló en la citada tarde para que fuera El Mago el auténtico héroe de tan magno espectáculo.

Varios cientos de personas se habían quedado  fuera del coso, por no haber conseguido  boleto. Estas,  aguardaban en los aledaños de la plaza que finalizara el espectáculo para saber, de primera mano, el resultado del festejo. Se escuchaban los vítores desde adentro  de la plaza  y, los aficionados ausentes presagiaban – en función de ellos – lo mejor respecto al ídolo mexicano y, estaban en lo cierto.

A Rodolfo, le quedaba aún otra oportunidad para jugarse nuevamente la vida y, ahí apareció de pronto entrando al ruedo por toriles, como una tromba, su segundo enemigo en la arena. La plaza de Cali estaba exhausta de felicidad; y,  los allí presentes anhelaban un nuevo triunfo del diestro traxcalteca. Los primeros lances con el capote a su segundo enemigo tuvieron usía, es decir, el empaque profundo de su toreo que, con vitola de mago, asombró una vez más a los graderíos. Cumplidos los primeros tercios de la lidia, muleta en mano, Rodolfo Martín se puso en el centro del ruedo para citar desde muy lejos al toro. Cuando lo tenía bajo su jurisdicción le dio un pase cambiado por la espalda que conmovió a los aficionados. El toro tenía muchos problemas en sus embestidas y, El Mago tuvo que echar mano de su ciencia lidiadora, amén – por cierto – de su creatividad. Hasta una voltereta tuvo que soportar, eso sí, con la suerte de salir ileso del trance.

En esta ocasión, tuvo que hacer uso, más de su gallardía frente a su enemigo,  que de su propia magia. Los aficionados, sabedores de las dificultades que tenía el toro, comprendieron la actitud del diestro, puesto que, con dicho animal, éste sólo podía demostrarles su ejemplo constante, acerca de que era capaz de jugarse la vida como debe hacerlo todo buen torero–artista, que se precie de serlo. Maltrecho como estaba tras la cogida, incluso con el vestido hecho jirones, empuñó la espada y de una certera estocada acabó con su enemigo.

Cal y arena en su actuación, pero con el regusto de haber realizado la faena casi perfecta en su primer toro para dejar, de esta manera, su tarjeta de presentación en Cali porque, en Cañaveralejo había actuado un verdadero Mago de la torería. El apodo de Rodolfo Martín, no era en vano, puesto que estaba demostrado que su arte, casi siempre, embelesaba a los aficionados. 

 
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