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Fábula de Pla Ventura

DESENCANTO

  • Número de capítulos publicados: 100
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  Publicación del próximo capítulo: miércoles 19/12/2018  
 
   DESENCANTO: Capítulo # 56 01/12/2010
  COMPROMISO ADQUIRIDO  

E

l Mago escuchaba con atención al empresario que, estaba ansioso por contratarlo. La firma del contrato, para ambos, resultaba un negocio muy rentable; más para el empresario, como siempre sucede. Ramiro Carmona Carrasco le decía a Rodolfo que estaba de acuerdo con la lidia de los toros del maestro César Rincón y, la pregunta   crucial, en este momento giraba en torno a las preferencias del Mago en lo que a sus compañeros de cartel se refiere.

-No tengo predilecciones, señor. –Respondía Rodolfo- Para mí todos los compañeros son igual de importantes; porque todo el que se juegue la vida, como pueda ser mi caso, tiene mi respeto.

-Siendo así, montaré dos carteles con diestros colombianos y, lógicamente, usted será la base, centro y cabecera de cartel. Debo de confesarle que, por todas las pesquisas que he realizado antes de tomar esta decisión, su contratación será un éxito consumado de cara a la celebración de los festejos venideros; y debería de callarme todo esto porque todavía no hemos hablado de sus honorarios.

-No se preocupe por ello que, verá como llegamos muy pronto a un acuerdo. Yo soy muy sencillo de contratar, -decía El Mago- puesto que, cuando vislumbro que puedo  hacer atisbar el arte dentro de una plaza de toros, muy pronto me dejo querer. Como quiera que el dinero nunca ha sido el motor que ha movido mi vida, si le parece, firmamos ambos contratos por cien  mil dólares. ¿Le parece bien?.

-No está usted por hacer regalos. –Sentenciaba el empresario- . Es mucho dinero pero, haré el esfuerzo.


Una vista panorámica de Cali donde El Mago es felíz.

-¡Oiga! –Dijo El Mago- que todavía no he acabado con la contratación. No crea usted que ya está todo dicho. A dichos emolumentos, amigo, tiene usted que incrementarle dos cheques, uno por cada festejo, de diez mil dólares cada uno que, en mano, se los entregaremos a la madre de Luís Arango, mi querido  amigo, que Dios lo tenga en su gloria.

-¿Está usted loco?. –Respondía el empresario-. Eso es una temeridad. Imagine que no concita usted tanta gente como yo supongo y, entonces sería mi ruina. ¿No lo comprende?.

-Para eso usted el empresario y yo el artista que le proporcionará, en definitiva, la ganancia. Usted arriesga su dinero y yo arriesgo mi vida. La balanza, como comprenderá, se inclina a su favor, ¿no le parece?. Es cierto que usted puede perder su dinero, pero yo puedo dejarme la vida dentro de una plaza de toros. Si está usted de acuerdo en todo, rellene entonces el contrato con todo lo que hemos hablado y firmamos de inmediato.

Ramiro se quedó pensativo. No pensaba que la contratación iba a ser tan complicada; le habían hablado mucho del romanticismo de El Mago pero, a fin de cuentas, el diestro dejaba momentáneamente el romanticismo del lado y quería, en todo su derecho, llevarse la parte que honradamente entendía que le correspondía. Al final, había poco  que objetar; era cuestión de ponerse de acuerdo ambas partes y, pese a las discrepancias monetarias, ambos se sentían propensas a por firmar.

-Me ganó usted la partida, Rodolfo. – Afirmó el empresario-.  Nada que objetar. Ya tengo listo el contrato. Léalo y, si le parece, firmamos de inmediato. Como verá, hemos fijado las fechas para los dos primeros domingos de diciembre; será primero en Bogotá y, al domingo siguiente, en Cali. Ya casi nos aproximamos a las fiestas y, los aficionados están ávidos de presenciar las corridas de toros. Ahí tiene usted todos los datos, si le parece bien, firmemos.

El Mago leyendo el contrato, con gafas de leer, ponía un gesto adusto y, su cara denotaba la de un intelectual o un gran hombre de empresa en la revisión de un escrito comercial. Pero lo real, era que así, muy por encima revisó Rodolfo  “todo”;  porque  leyó  muy de prisa y, de repente estampó su firma. Estaba todo muy claro; determinado los toros a lidiar y estipulado la cantidad a cobrar y lo demás, apenas tenía importancia. Lo pedido para la madre de Arango, vio que también figuraba, tal como lo solicitó, por lo tanto, nada tenía que objetar. Él sabia que, el peso de la responsabilidad caía sobre sus espaldas. Y poco le importaban los compañeros puesto que, los ídolos de España que hubieran sido de su gusto, por cuestión de presupuesto, no podían actuar junto a Rodolfo, por lo tanto, eso era algo que ni lo preocupaba en  lo más mínimo.

Al final, juntos, como dos amigos, el empresario y el diestro se dieron un abrazo y sellaron  de esta manera, además de haberlo hecho ya con su firma, la feliz proclama de que hubo entendimiento entre ambas partes y que, los espectáculos que soñaba el empresario para sus plazas, ya eran una realidad. La empresa, lógicamente, anhelaba llenar los cosos taurinos para recaudar mucho dinero; El Mago, además del dinero, lo que en verdad soñaba era que aflorara su arte en dichas plazas colombianas, algo que  por ese solo hecho, ya  lo tenía  muy ilusionado.

Rodolfo estaba feliz. Se estaba cumpliendo otro de sus sueños y, una vez más, sentía que Dios estaba con él. Era el otoño dorado de su vida y, tenía la sensación de que estaba recibiendo lo que hasta ahora se le había negado. El hecho de pensar que, por fin, hasta podría debutar en Colombia tras treinta años como matador de toros, lo colmaba de ilusiones, como a nadie. Ciertamente, se le salía el corazón del pecho; eran muchas las emociones y El Mago tenía el deseo de agradecerle a Dios tanta dicha, razón por la cuál, de pronto, se marchó a la capilla de San Antonio que, justamente se ha hallaba a escasas manzanas del hotel.  Para él, era maravilloso, poder darle las gracias a Dios por tantas bendiciones.

Tras el recogimiento en la iglesia y la íntima satisfacción se sentirse correspondido por la propia vida, se dispuso salir a caminar de vuelta al hotel. Estaba gozoso.  Sus vivarachos ojos lo delataban. En su cara, se palpaba la felicidad que sentía y trasmitía a cuantos lo rodeaban. Posiblemente, el puro que saboreaba le sabía mejor que nunca. Paseaba por las calles caleñas como si de un galán cinematográfico; el buen gusto de Rodolfo a la hora de vestir, tan elegante en la plaza como en la calle, era el detonante de su agradable imagen. No es que el hábito haga al monje, pero siempre resulta gratificante ante los ojos de los demás la imagen que proyectamos. Y en este menester, como en el arte taurino, Rodolfo es un maestro.

 

 
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