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Fábula de Pla Ventura

DESENCANTO

  • Número de capítulos publicados: 100
  • Publicación semanal cada miércoles
 
  Publicación del próximo capítulo: miércoles 18/07/2018  
 
   DESENCANTO: Capítulo # 36 19/05/2010
  UN TRIUNFO AMARGO  

A

llí estaba Luís en la puerta de cuadrillas de la plaza más grande del mundo. Todo un espectáculo. Él  era ajeno a cuanto estaba sucediendo a su alrededor que no estuviese relacionado con su presentación. Su visión del momento no era otra que, su cometido del instante en que estaba viviendo. Su alma estaba plagada de ilusiones. Había logrado lo que hacía muy poco tiempo era un sueño, una quimera; verse confirmando su alternativa en el coso de la avenida de Insurgentes. La plaza estaba completamente abarrotada; el cartel, así lo demandaba. Mariano Ramírez como padrino; Juan Salvatierra como testigo y, el confirmante, Luís Arango. Todo un lujo en dicho cartel.

Luz se había sentado detrás de la barrera del tenido uno, donde los toreros dejan sus capotes de paseo tras el paseíllo. Allí llegó Luís Arango para depositar su capote con la imagen de la Virgen de Guadalupe de la que era devoto. Se lo entregó a su amada para que ésta lo extendiera en dicha barrera. Como primer espada, por tratarse de la confirmación de su alternativa, Arango tenía el privilegio de matar el primer toro de la tarde; el primero por ser el novel en semejante cometido y, el último, por ser el torero más joven de la terna. Arango le insinuó un beso a su novia. El momento era trascendental para el diestro; se jugaba gran parte de su futuro. Luz, por su parte, con el corazón roto, deseaba que pasaran pronto aquellas dos horas que duraba el festejo; sin duda alguna, como lo denotaba  su corazón, sería un tiempo eterno para ella.

Tras el paseíllo, los aficionados irrumpieron en una calurosa ovación para la terna. Ellos, Ramírez y Salvatierra, los mexicanos, dejaron paso a que Arango disfrutara de aquella ovación y le situaron en primer lugar del terceto que formaban. Daba gloria ver aquella afición ovacionando a los diestros; todo un presagio de lo que más tarde sería el discurrir del festejo. Sus compañeros mexicanos sentían admiración por el diestro caleño; todo México sabía del gesto que Arango había tenido tiempo atrás con el diestro mexicano muerto en Bogotá. Le admiraban como artista y, en este caso, en su calidad de hombre de bien.

Salió el primer toro a la arena. Bonito de hechuras; astifino y musculoso, con un trote que albergaba todas las esperanzas ante  el  diestro, con la finalidad de que el toro mostrara su bravura y, a su vez, que permitiera la faena grande que Arango soñaba  regalarles a dichos aficionados.  La estampa del toro era preciosa. Veleto, alto de agujas como se denomina a los toros que tienen los cuernos muy acentuados. Capote en mano, Arango, sin pensarlo dos veces, le endilgó unas verónicas de buen trazo; el toro mostraba lo que el diestro anhelaba; mucha bravura. El animal repetía una y otra vez para que, Arango, como se demostraba, llevara a cabo una faena de capote digna del mejor de los toreros. Picado y banderilleado el toro;  Mariano Ramírez, en compañía de Juan Salvatierra, le entregaba a Luís Arango los trebejos de torear y matar. Muleta y espada  pasan de las manos de Ramírez a las de Arango, para que el diestro de Colombia se luciera en La México e intentara hacer que vibraran los aficionados.

Arango brindó a la concurrencia desde el centro del ruedo. La ovación resultó clamorosa. Allí, en el centro del platillo, el diestro cita al toro a lo lejos y éste empieza una carrera inmensa; Arango no se mueve y, cuando el toro tiene que pasar por la jurisdicción del diestro, éste le saca la muleta por la espalda y, el pase resulta de escalofrío. Con los pies clavados en la arena le endilga cinco ayudados por alto sin moverse del lugar; es decir, sujetando la muleta con ambas manos y levantándola en el embroque con el toro. Ya, con el toro vencido, empieza la faena por derechazos; el toro es muy noble; el torero, entregado por completo, a medida que discurre la faena va notando la conquista de su arte para con dicha afición. Los vítores se suceden; la faena está alcanzando proporciones extraordinarias. Tanto con la diestra como con la zurda, Arango está bordando los naturales y, como sabemos, con la mano de la verdad, la izquierda, está conquistando al público azteca. El toro tiene presencia y esencia; un toro bravo de verdad que, como vemos, le cupo en suerte a un diestro ilusionado que, lleno de arte, con el mismo, estaba conquistando a la afición capitalina. Su labor estaba siendo un constante clamor frente a los aficionados. Ni él mismo podía creer que le hubiera caído en suerte un toro tan bravo, tan noble y colaborador que, como estábamos viendo, propiciaba un éxito sin precedentes. Derechazos, naturales, pases de pecho, trincherillas, ayudados por bajo, pases del desdén; todo un repertorio que, como vimos, cautivó al entendido público capitalino. La faena estaba hecha; Arango se perfiló a matar desde la distancia corta; muy cerquita del toro. Montó la espada y con la izquierda, le entregó la muleta al morrillo del toro. Recetó el diestro una estocada hasta la empuñadura y, en ese preciso instante, entre el embroque de toro y torero, el toro cogió al diestro y lo empitonó lanzándolo al aire; cayó el diestro al suelo al tiempo que caía muerto el toro. No hubo cornada, a Dios gracias. Luís Arango quedó maltrecho por la voltereta. Conmocionado como estaba era recogido por los asistentes. Tras unos pocos segundos en que no sabía donde se encontraba, recobró la conciencia y pudo ver que el toro había rodado a sus pies por la certera estocada que le había propinado.

Luz, en esos instantes de confusión se sintió morir y rogó a Dios por Luis. Respiró aliviada cuando vio que su amado reaccionaba bien.

Los aficionados estaban consternados, la voltereta espeluznante sufrida por el diestro los había conmovido a todos; pero les había calado en el corazón su bella faena que, con el refrendo de la estocada, pedían a gritos la concesión de las orejas para el torero colombiano, toda una revelación para dicha plaza.

Sin objeción alguna, el juez de plaza, concede los trofeos al diestro triunfador que, todavía conmocionado por la voltereta y posterior caída dramática en la arena, procede a dar la vuelta al ruedo para recibir las ovaciones del respetable público presente.

Triunfo de ley era el logrado por Arango que, pese a sentirse maltrecho, estaba feliz. En el envite, el toro le había roto la taleguilla que, previamente, antes de la vuelta al ruedo, su mozo de espadas había suturado con esparadrapo; era, claro está, la imagen del gladiador que había triunfado ante la fiera, en este caso, del artista que mediante el efluvio de su arte había vencido  al toro.

Al pasar a la altura donde estaba su amadita, el diestro le hizo un guiño especial; ella intentó sonreír porque, sin duda alguna, pese a todo el dolor que le atenazaba en su interior, aparentemente, estaba gozando del éxito de su amado. Toda la plaza era un clamor.  Es probable que, desde los tiempos de David Silveti, no  se viera antes una plaza tan enfervorizada con un diestro, al  que consideraban su ídolo, en este caso, Luís Arango, el torero caleño.

No cabía más dicha dentro del alma de Arango. Primer toro en La México, confirmación de alternativa y éxito de clamor; un triunfo al que había que añadirle la bendita suerte de ser cogido por el toro, haber sido lanzado al aire y caer con fortuna. En la caída, como a tantos otros diestros les han sucedido, podría haberse desnucado o haberse dañado la columna vertebral; sin duda alguna, Dios estaba con él.

El primer objetivo ya estaba cumplido. La salida en hombros ya estaba asegurada. No podía Luís pedir más. Tras la apoteósica vuelta al ruedo, se le veía entre barreras como rezando y dando gracias a Dios por todo lo que había logrado. Luz,  si bien, seguía apenada, también daba gracias a Dios por su presencia, y en el fondo, no podía ocultar sentir, la felicidad inmensa que le brotaba por su amado y su merecido triunfo, aunque su cara estuviera empapada de lágrimas. Solo ensombrecía su corazón, pensar en el después, cuando tuviera que darle a Luis, la dura noticia que de momento ella escondía. ¿En qué momento lo haría? ¿Ahora, tras el triunfo? ¿Al finalizar la corrida? Los minutos para Luz eran siglos; nunca antes había deseado que transcurriera el tiempo tan prontamente como en dicho día. Quedaban cinco toros por lidiar y, en realidad, mucho tiempo para lo que ella quería; apenas sería una hora y media pero, dicho tiempo, Luz lo veía como un siglo. Luís estaba feliz por el éxito logrado  y Luz también, aunque la angustia de su “secreto” le atenazara el pecho.

Ninguno de ambos sospechaba que, en el tiempo que quedaba del festejo, sus ojos contemplarían atónitos una escena increíble  y que además muchas cosas más sucederían.

 

 
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  Autor: Cristina 25/05/2010
 
¡ Hola Luis !

Este capítulo ... me resultó ... vibrante ... tremendamente emocionante. Hiciste que estuviera ahí ... Pude ver la lidia de Arango ... ¡ Increíble ! ... ¡ Me gustó !.

Te juro que cuando describías los pases ... veía al torero y al toro en movimiento ... ¡ Qué maravilla como has logrado transmitir esta experiencia !.

Y una buena ... ¡ por fin ! ... aunque para Luz, tanta magia estuviese empañada por la tremenda tristeza de saber lo que sabía ... pero pese a esto, la situación le arrancó momentos de felíz emoción. Y ... era inevitable que así fuese ... Arango estaba triunfando.

Me inquieta un poco la última frase ... pero bueno, tiempo al tiempo ... si bien resta algo muy duro ( que Luz le diga a Arango acerca de Roberto ), no todo lo que este por suceder tiene que ser del mismo tenor.

¡ GRACIAS amigo ! ... Me encantó este capítulo y, sobretodo me encantó “estar en La México presenciando una lidia ” ... y con la suerte de que todo haya sido ... ¡ perfecto ! ... al menos hasta el momento.

Un abrazo.

Cris
 
  Autor: Ingrid Matta 19/05/2010
  Luis!!!
He seguido paso a paso tu estupenda novela, aunque a veces no deje mi opinión, estoy siempre pendiente de ella.
Los últimos capítulos sin duda han sido conmovedores, la muerte de Roberto por ejemplo en un accidente tan absurdo como posible, la presentación impecable de Luis en una de las plazas más exigentes del mundo y la situación tan dolorosa que esta viviendo su amada Luz. De ella admiré mucho su prudencia, no debe ser fácil reservarse tan delicada noticia pensando que lo mejor era avisarle tan pronto la corrida hubiese terminado. La verdad me he preguntado sí yo hubiera hecho lo mismo estando en su lugar. Se necesita valor para hacerlo, tanto como el de Luis para enfrentarse al toro fiero que le correspondió torear...

Me quedé pensando que la vida discurre muchas veces entre penas y alegrías, es contrastante, y la verdad solo espero o deseo que entre las cosas que nos falta leer, las cosas que faltan por pasar no sean más duras que la noticia para Luis y el regreso a Colombia para acompañar a su familia y despedir a su hermano hasta la última morada.

Gracias Luis por tu creatividad, además por darnos una nítida e impecable clase de toros, lo haces estupendamente bien. Felicitaciones

Mi abrazo eterno
SAMITA