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Fábula de Pla Ventura

TIEMPOS AÑORADOS

  • Número de capítulos publicados: 4
  • Publicación semanal cada miércoles
 
  Publicación del próximo capítulo: miércoles 19/09/2018  
 
   TIEMPOS AÑORADOS: Capítulo # 3 15/10/2014
  LA SEÑORA ROSAURA  

A

quella niña flaquita, menudita y tan vital, era la admiración de todo el barrio. Ella, junto con los suyos, moraban en una vivienda carente de todo lujo, incluso casi de todas las cosas o utensilios elementales para todo ser humano. El habitáculo era de una sola planta y, las líneas divisorias de la casa eran puras cortinas que separan a los unos de los otros.

La casa, situada al extremo de la calle tenía detrás un patio grande que, en el mismo, se vertían las aguas residuales y, a su vez, se guardaban los cántaros y vasijas con las que se traía el agua de la fuente más cercana que, la misma, quedaba a dos cuadritas de la vivienda. Convengamos que, el agua, ese líquido elemento que ahora derrochamos, para Sara, en aquellos años, era un tesoro irrepetible. 

A diario, el esfuerzo por traer el agua a la casa, era de proporciones inimaginables. Ella cargaba con dos vasijitas propias para que su cuerpito pudiera arrastrarlas, pero era algo que tenía que hacer durante varias veces al día. Nada le importaba con tal de sentirse útil a los suyos. Ella era, como se demuestra, pura vocación en sus acciones y sentimientos. 

Sara no pudo nunca ser niña; aquel cuerpito menudo y escuálido jamás supo de la gloria que la vida, casi siempre, les entrega a los niños, cuando menos, a todos aquellos que, en condiciones, digamos normales, disfrutan de unos padres que luchan por ellos. 

Esta muchachita, como se comprueba, jamás gustó de los manjares de la infancia. Creció, sino físicamente, sí tuvo que hacerlo psíquicamente puesto que, el camino que la vida le ofrecía era un camino sin retorno y, lo que es peor, sin el horizonte propio de los niños de su edad. 

Sara recuerda, con especial cariño, a la señora Rosaura. Una mujer que, tras conocerle, le admiraba puesto que, Rosaura, no llegaba a comprender la grandeza de aquella niña, para ella, tan admirable. La señora Rosaura vivía a varias cuadras de donde Sara pero, cuando ésta vendía leche por las calles, es cuando Rosaura le conoció. Le pareció tan lindo verle en su trabajo que, la señora, no dudó un instante en tratarle y conocerle. 

Todos los días, ante el encargo de la señora, Sara, le traía leche fresquita, de las vacas recién ordeñadas que, traídas de los pastos cercanos, tanto le gustaba a dicha dama. A diario, siempre, Sara recibía las propinas de los clientes; apenas moneditas de centavos pero que, juntitas, al final de la semana, formaban un capitalito para la economía familiar. Igualmente, al comprobar la sagacidad de la niña, Rosaura le invitaba a merendar todos los días a lo que, la muchachita, agradecía con muestras de cariño y, ante todo, con enormes dosis de ilusión en ayudarle en las tareas domésticas. 

Estaba claro que, para aquella niña, no existían barreras entre el día y la noche. La luz del sol servía para que Sara cumpliera sus obligaciones de “madre” prematura y, en la noche, para recoger cartones, cuidar del niñito de doña Rosaura y otros muchos quehaceres. 

Raro era el día que Sara se acostaba antes de las tres de la madrugada. Ni el sueño era capaz de vencerle. Era mucha la ilusión que corría por sus venas para que, “Morfeo” hiciera mella en su vida, en todito su ser. Sara se sentía contenta puesto que, todas sus tareas, como se evidenciaba, su sonrisa era su estandarte más emblemático. Era cuestión de ponerle corazón, alma y, por consiguiente, la vida que ella derrochaba a favor de los demás.

 
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