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Fábula de Pla Ventura

  • Número de capítulos publicados: 42
  • Publicación semanal cada miércoles
 
  Publicación del próximo capítulo: miércoles 18/07/2018  
 
   : Capítulo # 22 14/03/2012
  LA EXPERIÉNCIA  

T

ras haber tenido Sara aquel sueño fantástico, ya pasado ese momento, su cara seguía demostrando dicha; si la cara es el fiel reflejo del alma, la de Sara lo decía todo de ella. Estaba feliz y así en ese estado  acudía ese día, al trabajo, con más ilusión que nunca.

Allí, la esperaban todos sus compañeros y, el motivo, por supuesto, no era otro que las ganas de hacerle todas las preguntas que le querían hacer todos, respecto a su experiencia en el jurado del que tomó parte.

Directivos, compañeros y subordinados, todos estaban pendientes de las palabras de Sara. Para ellos era una situación de mucha relevancia. Saberla arte y parte en lo que a la justicia se refiere, les producía admiración, sobre todo porque había sido convocada, para llevar adelante un menester tan delicado como es juzgar a una persona y, declararla inocente, como fue en este caso, para dicha del inculpado y posiblemente de todos.

A nadie simple y honesto, le gusta condenar a alguien a cumplir una pena, sobre todo si hay dudas acerca de su actuación. Incluso, hasta cuando hay certeza de su culpabilidad, bajar el dedo para decir “culpable” y por lo tanto “debe cumplir tal pena o condena”, a algunos les pesa, sobre todo a los que son conscientes que todas las variables del problema, sólo las conoce Dios, y la justicia humana puede, incluso aún cuando se imparta con absoluta transparencia y consciencia, estar viciada de diversas pasiones, que ponen los dedos sobre los platillos de la balanza, produciendo un tendencioso desequilibrio.

Es por todo esto que todos la veían con admiración, ya que todos, no pudieron dejar de imaginarse, que eso que ella vivió, también les podría haber tocado y ella, en su caso, había salvado con solvencia, la tan temida o quizás mejor es decir, la tan siempre no esperada “carga pública”.

Ella se percató de la situación y, para satisfacer la lógica curiosidad de sus compañeros, tras el almuerzo, en la sala de reuniones, citó a sus más allegados para contarles todo lo ocurrido.
Sara se sentía contenta de poder hacer esto y, porque era como un deber moral que tenía de contarles a todos lo que había sentido, lo que había vivido, en dicho acto junto a la justicia. A alguien, seguramente, podría llegar a servirle alguna vez.

Os cuento, dijo Sara:

Para mí resultó una experiencia inolvidable. Fue algo dramático en principio; digamos que me sentí invadida por el tema; si bien algo, ya conocía por los antecedentes que el juzgado nos había hecho llegar previo al juicio, no conocía todo; de ahí de que me sintiera tan intranquila y, lo que es peor, por momentos me sentía hasta incapaz de llevar a cabo aquella dura tarea que se me había encomendado. Pero, gracias a Dios, primó por sobre todas las cosas la cordura y la solidaridad y nos apoyamos entre todos los compañeros del jurado, porque éramos consciente que esa era una tarea que teníamos que resolver en conjunto por unanimidad y con ecuanimidad – dos características claves, que nos remarcó el Juez que debía tener nuestro veredicto - y, entre todos, con paciencia, inteligencia, consciencia y buena voluntad, supimos salir airosos de aquella “encerrona” en la que nos sentimos metidos, pero que como ciudadanos era nuestro deber y responsabilidad, afrontar.

A cualquiera le puede tocar alguna vez. A nosotros en particular nos tocó ahora y al igual que otros, antes que nosotros pudieron con el envite, nosotros también.

Cuando comprendimos que la libertad de un hombre estaba en juego, nos hicimos cargo, porque estábamos ante una situación, de las más complejas, que se nos pueden presentar en la vida.
Estuvimos varias horas deliberando y, las necesarias que hubiesen hecho falta, estábamos todos dispuestos a invertir, si no hubiéramos podido arribar al veredicto que nos pareció justo. Pudimos analizar los hechos, constatar todas las pruebas que nos llevaron hacia la disipación de toda duda que nos pudo albergar. Y les confieso, que cuando ya habíamos decidido que el muchacho era inocente, nos sentimos todos muy aliviados; respiramos todos de forma profunda. Y no lo decidimos por capricho; todo ocurrió por convicción. La más pura y absoluta convicción, fue la que nos llevó a emitir el veredicto de inocente, que tan feliz nos hizo a todos, y de forma my concreta, al inculpado que... ¡pobre muchacho! ... cuando escuchó el veredicto de ¡INOCENTE!, se desmayó de la alegría o el alivio  que sintió.

Sin duda alguna amigos, como os digo, esta es una experiencia única en la vida.

Un aplauso general recibió Sara por parte de sus compañeros que, también la colmaron de abrazos; todos entendían a la perfección todas las tensiones y disyuntivas de la situación vivida por su compañera, porque a todos les bastaba, con levemente imaginarse lo que hubieran sentido ellos ante tal situación.

Sin duda alguna que la experiencia vivida por Sara, seguramente que le serviría a ella para ser aún mejor persona; por unas horas se había adentrado en el complicado mundo de la justicia y, comprobar luego, para su fortuna, que salvo este acercamiento, su vida habitualmente discurre al margen de todo esto que tenga que ver con la problemática de la administración de justicia, le hacía sentir una satisfacción y un agradecimiento muy grande a la vida.

Y como todas las cosas, esto también pasó y Sara volvió a su normalidad cotidiana, un modelo de existencia del que posiblemente, mucha gente querría tomar lección, para mejorar la propia.
En el diario vivir todos aprendemos de todos y siempre -gracias a Dios- habrá algunos más despiertos que uno.

 
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