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Fábula de Pla Ventura

  • Número de capítulos publicados: 42
  • Publicación semanal cada miércoles
 
  Publicación del próximo capítulo: miércoles 18/07/2018  
 
   : Capítulo # 20 29/02/2012
  EL JUÍCIO  

E

ste, se le presentaba complicado a Sara, desde temprano.

Si bien, lo tenía muy presente y había leído todo el material el Juzgado le habían mandado, al repasar su agenda, como todos los días, allí encontró apuntada, la cita. Era hoy a las doce horas, entonces, que tendría que ser arte  parte de ese jurado popular, en el que en verdad no quería participar pero que lo hacía, porque siempre era mujer de asumir  sus obligaciones.

Se dirigió entonces al Palacio de Justicia para tomar, sin duda alguna, la decisión más trascendental de su vida, porque lo que decidiera sumaría para perjudicar o beneficiar a otro ser humano, de manera muy directa.

Fue bastante larga toda la mañana en la sala de acusación, con extensas exposiciones, del Abogado de la Defensa y del Fiscal.

Tras la disertación del Fiscal, el Juez pidió al jurado que se retirara a deliberar. Aclarándoles que disponían de todo el tiempo que precisaran, y el veredicto, culpable o inocente tenía que ser por unanimidad.

La tarea era complicada.

Una vez en la sala de deliberación del jurado, junto a sus compañeros, Sara se sentía nerviosa, como lo estaban todos. Para todos ellos era una experiencia muy compleja. Tenían que juzgar a un hombre, el resultado de ese juzgamiento se aplicaría de inmediato, y ellos eran los responsables absolutos y directos de esa suerte, algo que jamás habían pensado que les ocurriría pero, como buenos ciudadanos costarricenses que se consideraban todos los allí presentes, no podían eludir la tarea que se les había encomendado.

Se presentaron unos a otros y, tras unos breves comentarios, con la documentación al respecto procedieron a la consideración  de los hechos, valorándolos, ponderándolos, analizándolos, para así sin prisa y sin pausa, tratar de tomar la decisión correcta que sus conciencias les requerían.
Trataban de ser justos; pero siempre, la situación se les enredaba y se les tornaba más compleja, y se les agravaba mucho más aún, porque de ella depende la libertad o encarcelamiento de por vida de este joven muchacho.

Y lo peor de todo este asunto es que todas las pruebas “demostraban” la culpabilidad del chico.

¡Dios! ... entonces... ¿qué hacer?

Ese era el dilema.

Encima, estaba esa cláusula mandataria sobre la unanimidad del veredicto, es decir que ninguno luego iba a poder excusarse diciendo “yo no estuve de acuerdo“; culpable o inocente, era la opción y todos tenían que coincidir en ello.

El ambiente en aquella sala era tenso. Todos sentían la densidad de la responsabilidad que los atenazaba.

De lo que decidieran ellos doce, dependería el futuro de un chico que, según los autos procesales, estaba sindicado como el presunto asesino de su padre.

¡A su padre, decían los autos, que había matado! Inevitablemente un conflicto en el alma les originaba el hecho, a todos los miembros del jurado.

Llevaban más de tres horas y no habían decidido nada al respecto. No importaba. Según la ley tenían “todo el tiempo del mundo” y si al final, cuando lo decidieran, no lograban la unanimidad por el sí o el no, recién ahí podrían dimitir y la sala elegiría a otros miembros para constituir un jurado nuevo.

Buscaban pruebas, analizaban detalles, comprobaban los hechos, pedían apoyo a los letrados asignados para auxiliarlos en las cuestiones puntuales, de la interpretación de la ley y se dirimían en un mar de dudas a las que se sumaban lo propio de cada uno, por más que el Juez, les había destacado también, que tenían que ser ecuánimes. Todo seguía confuso. La complejidad de la labor que les habían encomendado les iba quitando el humor. Nadie reía. Y pasadas las horas, apenas nadie pronunciaba palabra alguna; todos estaban ensimismados en el análisis personal de todo el material expuesto, cada cual con la finalidad de ser justos; porque les aterraba la idea que por un error de ellos, el chico sufriera cadena perpetúa ó, si siendo en verdad un asesino, quedara en  libertad por las calles.

El chico enjuiciado y su vida, en sí misma, ya era un caso complejo. Ésta – su vida -, nunca le había sido sencilla. Su padre lo había maltratado durante toda su existencia y por esta correlación de hechos, todo hacía suponer que el muchacho, harto de humillaciones, al final decidió vengarse y matar a su padre.

Así lo indicaban los hechos que, aparentemente todos debidamente probados, “invitaban” al jurado para emitir el veredicto de culpable.

Sin embargo, Sara vio algo en toda la probatoria, que la llevó a tomar la palabra y ser, en cierta medida “la voz cantante” del grupo. Ella supo indagar un poco más y descubrió un pequeño detalle, que les sirvió a todos para ajustar al máximo la reflexión final; detalle que, al fin de cuentas sirvió para emitir un veredicto justo.

Definitivamente, tal como se había comprobado, a la hora del crimen el muchacho estaba en su casa. Siendo así, era el presunto asesino más probable. Tenía todos los motivos y estaba en el lugar del crimen a la hora del homicidio. Pero, Sara por un detalle que su atención descubrió, intuyó que había una mano negra que quería que el muchacho fuese inculpado.

Le llevó a Sara, muchas horas dirimiendo, profundizando y alentando al resto a profundizar también en ese detalle, para probar su intuición. Al final, logró la prueba definitiva.

Según el forense, el asesinato se cometió a las 20 horas y, un poco más tarde el chico estaba en la casa de un amigo. Es cierto que a la hora del asesinato, el chico estaba en su casa; pero porque el asesino lo retuvo, con engaños, en una habitación contigua a la habitación donde estaba su padre, con el propósito que cuando llegara la policía lo hallaran junto al cadáver de su progenitor; incluso, hasta le había hecho empuñar el cuchillo para que sus huellas quedaran allí marcadas. Pero, el chico a raíz de una paliza que le había dado el padre antes del hecho, tenía para sí un  único deseo, escapar de allí y que este tipo se las arreglara con su padre, si al fin y al cabo ellos eran amigos. No entendía, porque de pronto el tipo, se interesaba en él y lo intentaba de consolar cuando otras veces se había burlado metódica y brutalmente de él, estando borracho como una cuba, igual que su padre. Ellos dos, este tipo y su padre, tenían negocios juntos, desde siempre, eran carne y uña. Andaban con el asunto de la venta de droga. Él no quería saber nada de eso ni de nada. Y ni bien tuvo la oportunidad, escapó para refugiarse en la casa de su amigo. Pero, el muchacho nunca imaginó, cuáles eran las verdaderas intenciones del tipo.

Hasta que luego, se enteró, cuando la policía lo fue a buscar a la casa de su amigo, porque a su padre lo habían matado con el mismo cuchillo que el tipo, le hizo sostener a él. Cuchillo que no perdió sus huellas, porque evidentemente el asesino uso guantes.

¿Pero quién iba a creerle la historia que relataba, si todas las pruebas apuntaban contra él? Cuándo se estaba yendo de su casa, alcanzó a ver por la rendija de la puerta entreabierta a su padre vivo y encolerizado discutiendo con el amigo, y sin demorarse a escuchar más, huyó. No pensaba volver nunca más a su casa. Esta vez, su padre borracho, drogado y enloquecido le había desecho la cara a golpes.

Pero la hora... la hora entre la cuál se constató la muerte del sujeto y la de la llegada del muchacho, a la casa de su amigo, fue la clave para instalar al menos la duda fehaciente de esa otra posible tercer persona, también con motivos, que incluso - por el desparpajo que le daba al verdadero asesino, sentirse impune – se había presentado como testigo en contra del muchacho.

La verdad, resultó ser que este tipo a raíz de una desavenencia de dinero con el padre del muchacho, por el tema de la venta clandestina que llevaban ambos de estupefacientes, había decidido hacer desaparecer a su socio, y cuando ese día llegó para ajustar cuentas con el futuro occiso, se percató que tenía una oportunidad única - presentada en bandeja - al ver como su socio había dejado morado y sangrante a su hijo, de la golpiza que le había propinado. ¿Qué mejor día entonces para matar a su cómplice que ese, e inculpar al muchacho  para que nadie sospechara de él?, ya que, si bien tanto él como el padre del chico eran dos pobres pirinchos del mercadeo, el jefe de la banda, tenía un alto aprecio por su socio. Y más que la policía, al tipo le preocupaba su jefe, pero a su vez, no quería dejarle pasar a su socio esta falta de lealtad que había tenido para con él y que él había descubierto. De él nadie se burlaba así, tan burda y desfachatadamente.
Al final, gracias a la iluminación que Dios, le dio a Sara y a la buena voluntad, que pusieron el resto de los miembros del jurado, que no solo debatieron con ahínco sus dudas sino también sus prejuicios,  triunfó la verdad y desenmascararon al verdadero asesino y el que parecía un asesino en verdad resultó inocente, como lo proclamó el jurado en la sala y dictaminó el Juez.
Fue un día muy intenso, pero tuvo un culminar muy feliz. Y eso a Sara la dejó, muy satisfecha.

 
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