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L a Tierra es parte de una totalidad, por eso en cualquier lugar se puede ser poeta o asesino, todo puede ser si uno ha nacido y ha trabajado para ser un humano, es decir, consciente de la muerte y dotado de un lenguaje, además de valiente para enfrentar los cambios de la vida. Todo es patria si uno se da cuenta, de lo contrario, son todos extranjeros, es decir son todos homicidas y suicidas, que es como se sienten ahora todos en el mundo, además, todos venimos del mismo Padre, aunque se haya manifestado en la Plaza de Atenas o en la cosecha de la papa de Balcarce, en el París de Rodin o en la Lima de Chabuca. Todos somos huéspedes de todos, por eso es una tontería peligrosa menospreciarnos o maltratarnos porque nacimos un poco más cerca de la selva o un poco más lejos de las montañas. Somos de naturaleza cósmica, parte de un proyecto que nunca conoceremos, orden de un aparente desorden, estamos para acomodarnos dentro de un orden anterior a nosotros.
Regreso a Lima a contar algunas cosas a la televisión, la querida Lima donde se discute si se le declara o no la guerra a Ecuador, entre muchas cosas terribles que pasan en el planeta, pero detrás siempre nos espera la luz, de donde viene el fuego que alimenta a mis salmos (cada instante de mi vida es un salmo), que cada día armonizan más con las infinitas sinfonías de la vida. De juego en juego pasan los años, que no me preocupan porque sé, desde los salmos bíblicos, que la hierba que brota en la mañana es segada en la tarde, al fin y al cabo, la vida es un solo día que se alarga, y mi día ya ha sido más largo que el de Jesús y el de Rimbaud.  El maestro con José Luis Perales.
Sigo siendo un hombre esperanzado, pero mis esperanzas son más prudentes, ya no se alargan tanto, lo que quiere decir que ahora soy mesuradamente optimista (a esta edad, uno comprueba que lo malo no era tan malo ni lo bueno tan bueno, como a esta edad se comprueba que el arte sucede). Sólo me dejé llevar, entonces no es un mérito mío haber llegado a esta edad, en la que por suerte estoy fuerte porque de aquí en más comenzarán a irse los amigos, es más, ya comienzo a sospechar el sillón en el que me sentaré a esperar a la eterna vencedora, la que, seguramente, me encontrará leyendo, tal vez a Goethe, que llamó soledad progresiva a este ir perdiendo amigos.
Desde el presente agiorno al pasado, por eso cada día lo veo con más benevolencia, por eso avanzo hacia el futuro tranquilo, si es que hay algo más que el instante (el transcurrir del tiempo sólo se puede ver a la distancia, en el ahora mismo es imposible notar al devenir, es más, si todavía siento al ayer, el ayer es hoy porque sólo puede ser pasado lo superado, por lo tanto para mí nunca serán pasado ni Shakespeare, ni Manet, ni Eliot). No hay eternidad para recuperar el instante que perdí, por eso debo vivirlo permanentemente, y es mía, sólo mía la decisión, y un instante vivido con plenitud perdona todos los errores. La vida me lleva de un extremo a otro, pero en mí está la unidad, de cerca parecen fragmentos pero de lejos se ve la totalidad (a la distancia, esas notas sueltas conforman una melodía). Plantado en mí mismo, puedo atreverme a todas la corrientes (estuve tan atento a mí mismo que pude ir del niño abandonado al patriarca que cobija a todos, y se me ocurre pensar esto recordando a mi madre, que cuando le pregunté qué venía después de viejo, me dijo: Patriarca!)
Tuve mucha suerte, por ejemplo viví los años sesenta, y el que no los vivió no sabe lo que es vivir poéticamente, eso es lo único que me da pena de los jóvenes de hoy, de todas maneras, al Universo no le van ni le vienen las felicidades o las desdichas de los humanos, como sigue creciendo la hierba en los campos de batalla. Después, los setenta y los ochenta fueron muy duros, pero me sirvieron para comprobar que ya no tenía miedo y que, si de la cuna a la tumba es una escuela, lo que llamaba problemas eran lecciones, y así, entre colibríes y montañas, fueron creciendo mis canciones, que es mi vida atomizada (a veces, como ahora, me siento poseído por la pura inspiración, hace un instante sobre la Tierra y ahora a diez mil metros de altura, por eso la pluma juega sola sobre el papel, la pluma alemana sobre el papel mexicano, por eso siento como sueños a lo que los académicos llaman ensayos, y en estos momentos uno siente al destino, como aquellos días en la Isla de Pascual, en el Cuzco y en Chetumal, días en que, en un instante, vivencié a la eternidad). 
Yo pensaba que a esta edad uno comienza a apartarse del mundo, y sucede todo lo contrario: lo contemplo con más claridad, y desde adentro, desde su propio corazón, es decir, del presente en constante ebullición. Estoy en el centro de esta excitante batalla, entre todos pero sólo, para no perder consciencia (poco a poco me fui apartando de las apariencias, pasé de la sombra a lo que la provoca). Ya soy capaz de respetar mi propia historia, y al verme con simpatía soy una totalidad (ahora soy un patriota, si la patria es la Tierra, por eso me siento siempre en mi lugar, y aunque me moviera poco sigo siendo el rey, como en el ajedrez).
Los muertos del papel me inspiran más que los vivos del asfalto (Sterne, Mallermé, Nietzsche, Stendhal), me remodelan, es decir, me mejoran a cada lectura, me excitan de tal manera que los continúo escribiendo este interminable Diario que, atomizado, será mis libros, los que conformarán la obra que será el espejo de mi vida y, por supuesto, yo seré (es más, ya soy) mi propio editor porque no estoy dispuesto a perder tiempo o independencia con las editoriales (que no son nadie), con las escuelas o con los grupos donde se debilita y asfixia el individuo, que es lo único verdadero porque sólo a partir de él existe todo.
El presente me tiene tan atareado que nunca releo mis libros (en realidad, cuando van a la imprenta dejan de pertenecerme, comienza a ser parte de la vida de los demás, ya no de la mía, como seguramente yo tengo más presente a la obra de Bradbury y que él mismo como yo le recordaba a Borges líneas suyas que había olvidado de tal manera que alguna vez me preguntó: ¿Esa línea tan bella es mía?, el querido Borges que hablaba en francés con el alemán Ernst Fünger, al que una mañana le interrumpieron la lectura de Heródoto con la noticia de que debía alistarse para la segunda guerra mundial, a él, que ya había estado en la primera, de la que tanto escribió).
Estoy tan en mí que el éxito me asombra más que alegrarme, pienso de concierto en concierto (Mazatlán, Culiacán, los Mochis, Tampico, Veracruz), como pienso que tanto hubo antes para que las cosas sucedan ahora mismo, todos los siglos en este instante, tanta gente para que esto me suceda a mí en esta caliente mañana de Veracruz: el amor de los que me escuchan, las palmeras, el puerto, es decir la promesa del mundo, la ardiente comida mexicana, el recuerdo de los días en que Estambul era Constantinopla. Tanto hubo antes para que todo sea ahora, esta Plaza de Armas, el Zócalo donde los Veracruzanos se juntan en los atardeceres a bailar danzón, el Capitán, tal vez el último de los piratas románticos, que aquí se enamoró de una morena y aquí se quedó, como un alegre guía porque nadie sabe como él dónde están las aventuras y las diversiones.
Hicieron falta muchos siglos para este momento en este cuarto de hotel, frente a los barcos que alberga el golfo.
A cada rato aparece una nueva Gioconda, pero tantas no desvalorizan a la que Leonardo pintó sobre madera de álamo con una técnica tan sutil que no hay rastro de pincel, magnífico estudio de la luz crepuscular, juego de lo claro y lo oscuro que recrea la pintura antigua, la vida. Detrás, el paisaje da una idea total del mundo.
Pintores y escultores inspiraron a Dylan Thomas (en homenaje a él, Robert Zimmerman se llama Bob Dylan), que los transcribía para que fueran palabras, que era el mundo en el que vivía, él, que sobrevivía entre la pobreza y la cerveza, él, que quería una voz para advertirá los ríos y a las rosas de que en cualquier momento caemos en la nada, algo que aprendimos los hombres que con nuestras lágrimas fecundamos a la Tierra, una voz para que la hierba sepa que la juventud, a veces, se dobla como ella por los vientos con que la vida nos prueba, una voz para alertarnos que el viento de la muerte bebe de las fuentes de la vida, que la sangre que cae del cielo cierra todas las heridas, que las estrellas son trampas urdidas por el tiempo. |